El Amante perdido

Mi lancha ruge y el viento me golpea la cara. No hay costa, no hay faros, no hay nada solo océano por todos lados y un azul infinito que traga el horizonte. Las olas embisten el casco de mi pequeña lancha como si quisieran hacerme retroceder, pero no lo logran.

Voy hacia un punto sin nombre, un lugar del que los marinos hablan en voz baja y los mapas prefieren callar. No es una huida, es una apuesta. Cada milla que avanzo sostiene la misma idea, terca y luminosa. La esperanza de que, allá adelante, el tiempo ceda y yo alcance a llegar a tiempo, antes de perderla.

Volver al pasado era mi única esperanza de recuperarla; sin ella, mi vida no tenía sentido. No era una certeza, ni siquiera una promesa, era apenas una posibilidad diminuta, sembrada por un científico tan brillante como inquietante. Él me habló de un punto en el mar y de una hora exacta, de una grieta que solo se abre por instantes. Si lograba llegar en el momento preciso —dijo— tal vez podría verla otra vez. Tal vez podría alcanzarla antes de perderla.

En un momento, mis dispositivos electrónicos empiezan a fallar, tal como me había advertido. El pequeño radar parpadea, mi brújula enloquece y la radio comienza a escupir estática. Y despues de un largo rato navegando sin rumbo, distingo la niebla. Al principio parece una simple mancha en el horizonte, pero crece como si fuera una tormenta nacida de la nada. Un nubarrón grisáceo, enorme que se traga mi pequeña lancha confirmando cada palabra, cada teoría que aquel científico loco me había mencionado.

El científico fue claro. Cuando entrara en esa niebla, estaría cerca del umbral temporal, de esa frontera invisible donde el presente roza con lo imposible el futuro, o —como yo lo esperaba— el pasado. Mi corazón se acelera en una mezcla de alegría, nostalgia y ansiedad. La niebla es real; ahora solo falta que el salto también lo sea.

En un momento dejo de avanzar. Me toma unos segundos entenderlo. El motor de mi lancha se ha apagado por completo. Ni un solo intento más. Silencio. Todo era parte del plan; el científico me lo había advertido. En ese punto, dijo, la máquina más simple se volvería inútil.

Quedo a la deriva. Sin radares, sin señales y sin cielo. Solo océano y una niebla espesa que lo borra todo. El tiempo se estira hasta volverse una cosa viscosa. Siento que pasa una eternidad y la incertidumbre empieza a invadirme desde el estómago, subiendo como un nudo que aprieta. Abro la nevera y saco unas golosinas para calmarme. Ya llegué hasta aquí. No puedo devolverme, aunque quisiera.

Entonces, lentamente, la niebla cambia. Se adelgaza por partes, como si alguien la rasgara desde adentro. Distingo una línea pálida en el horizonte y veo arena. Luego ante mi una playa aparece. Mi corazón se detiene y luego se quiebra cuando, más allá, emergen siluetas gigantescas, inmóviles de Barcos. Muchos, de todas las épocas, veleros, porta aviones, incluso distingo algunos submarinos. Estaban varados como bestias muertas.

La bruma se disipa un poco más y aparecen restos de fuselajes oxidados, alas partidas, aviones antiguos abiertos en canal sobre la costa y flotando a medias en aguas quietas. No hay voces. No hay motores. No hay gaviotas. Solo metal, madera podrida y un silencio que parece puesto a propósito.

Lo entiendo en el acto. No llegué al pasado. Llegué a otra cosa.

El científico me lo había advertido. El peor desenlace no era fallar en el intento, sino llegar a una zona a la que llamó “el umbral”. Un lugar intermedio, un limbo donde la idea de “salida” ni siquiera existe. Un depósito de viajes truncados, de máquinas que nunca regresaron, de rutas que el mar se tragó sin dejar rastro.

Quise morirme cuando recordé sus palabras. No fueron una metáfora ni una advertencia dramática; fueron una sentencia, seca y exacta: Si caes ahí, no podrás salir nunca.

Todo fue por ella… por Adriana, mi prometida, mi futura esposa. Un error mío le costó la vida.

Íbamos en mi motocicleta cuando un maldito perro se atravesó. Instintivamente maniobré para evitarlo y, en ese segundo torpe, la llanta resbaló. Sentí cómo la moto perdía el control y cómo el mundo se inclinaba. Adriana salió despedida hacia la avenida.

Un bus venía rápido. No alcanzó a frenar.

Yo lo vi todo por el retrovisor. Vi su cuerpo rodar, vi su intento desesperado por incorporarse, y luego… el golpe. El sonido. El crujir de huesos. Yo caí hacia un lado, en un punto “seguro”, como si el destino se burlara. Me rompí el fémur cuando la moto se me vino encima, pero seguí vivo.

Desde entonces no me recuperé. No de verdad. Porque no hubo rehabilitación que me sacara esa imagen de la cabeza, ni noche que borrara ese día.

No pude olvidar aquel fatídico seis de junio de 2036.

Las pesadillas me despertaron en un hospital, desnudo bajo una sábana áspera, con una sonda clavada en el brazo. El zumbido de las máquinas y el olor a desinfectante me golpearon antes que la memoria. Luego vi mi pierna enyesada y todo volvió de golpe. El perro, el derrape, el bus.

Me incorporé con la estúpida ilusión de encontrar a Adriana en alguna de las camas vecinas, Intenté bajar el pie, salir, buscarla, pero una enfermera me detuvo antes de que pudiera moverme. Me sujetó con firmeza y, sin levantar la voz, me ordenó que me calmara. Que no intentara levantarme. Que esperara a que llegara el especialista.

No quería a ningún especialista. No quería diagnósticos, ni explicaciones, ni palabras medidas. Lo único que quería era verla a ella. A mi Adriana. Me aferraba a la idea absurda de que seguía en algún lado del hospital, en una camilla, en una sala, esperando. Me negaba a aceptar lo evidente. Me repetía que lo del bus había sido una pesadilla, una de esas imágenes falsas que el dolor inventa cuando no sabe qué hacer con la realidad.

Pero el especialista llegó. Y con él llegó el golpe final.

Se sentó a mi lado, revisó una carpeta, respiró hondo como quien se prepara para pronunciar una sentencia. Me habló despacio, como si cada sílaba pudiera romperme. Y lo logró. Me dijo que Adriana había muerto hace una semana. Que mi error la había matado. Que mientras yo dormía sedado, con el cuerpo inmóvil y la mente apagada, ella había sido velada. Llorada. Despedida. Enterrada.

Una semana.

Una semana entera en la que el mundo siguió girando sin mí. En la que la gente la abrazó por última vez mientras yo no podía ni abrir los ojos. En la que la bajaron a la tierra mientras yo seguía aquí, respirando, intacto por dentro.

Sentí que me arrancaban algo del pecho. Que todo se iba apagando, como si alguien bajara el volumen de la vida hasta dejarla en silencio.

Dejé de comer. Dejé de pedir agua. Dejé de responder. ¿Para qué? Si la única razón por la que yo seguía existiendo acababa de desaparecer.

Porque esa imagen… Adriana en el pavimento, Adriana intentando levantarse, Adriana bajo ese bus… esa imagen ya era parte de mí. Y supe, con una claridad cruel, que no iba a poder sacármela de la cabeza nunca.

Al día siguiente me dieron de alta, no porque estuviera bien, sino porque necesitaban la camilla. Salí del hospital con la pierna hecha pedazos y el alma todavía peor.

Los días se volvieron una cosa borrosa. Vendí lo que quedaba de mi moto —hierro torcido, recuerdos manchados— y, con ese dinero miserable, fui a la casa de los padres de Adriana. Necesitaba verlos. Necesitaba pedir perdón. Necesitaba, no sé… que alguien me confirmara que ella había sido real.

No me abrieron.

Escuché movimientos detrás de la puerta, el roce de una cadena, un susurro. La puerta se abrió apenas lo suficiente para que asomara su hermanita, con los ojos rojos y la voz endurecida por el dolor.

—Lo siento… —dijo, —. Mis papás dicen que solo te reciben si les traes a Adriana viva.

Y cerró.

Me quedé ahí, parado como un idiota, sintiendo que me habían arrancado el derecho a llorarla. Para ellos yo no era el novio, no era el futuro yerno, no era familia. Yo era el culpable. El hombre que se la llevó y la devolvió en una caja. El que seguía respirando.

Durante meses cargué ese dolor como una piedra dentro del pecho. Me levantaba y el peso seguía ahí. Caminaba y el peso seguía ahí. Intentaba dormir y el peso se sentaba en mi garganta. Pensé en suicidarme más de una vez, no como amenaza ni drama, sino como una idea tranquila, casi lógica. Apagarme para que por fin se acabara el dolor.

Las pesadillas martillaban mí cabeza. Adriana rodando. Adriana intentando levantarse. Adriana desapareciendo debajo del bus. Me perseguía en los espejos, en el ruido de los frenos, en el ladrido de un perro a lo lejos. No podía más.

Entonces empezó la locura. Llegó a mí una idea improbable, sucia, desesperada. Volver al pasado. No me importaba lo que dijeran los científicos, ni los libros, ni la gente cuerda. Si yo lograba llegar antes del día del accidente, antes de ese segundo maldito, podría salvarla. Podría corregirlo.

Busqué de todas las formas. Me metí en foros, en bibliotecas, en laboratorios, en conversaciones con desconocidos que hablaban de teorías como quien habla de milagros y cuando la ciencia me cerró la puerta, hice lo que hacen los desesperados. Crucé hacia lo oscuro. Me hundí en lo esotérico, en rituales, en promesas falsas, en pactos con cualquier cosa que se atreviera a responder.

Si se me hubiera aparecido un demonio en la madrugada, con la risa fácil y el contrato en la mano, yo habría firmado sin leer. Mi alma, mi cuerpo, mi nombre lo que fuera. Con tal de cambiar una sola cosa. Devolverme a Adriana. A mi prometida. A mi vida.

Estafador tras estafador se fue quedando con mi dinero, con lo poco que me quedaba de fe, con los últimos pedazos de dignidad. Y aun así yo seguía pagando, como si cada billete fuera un rezo. esta vez sí… esta vez funciona… esta vez la traigo de vuelta. Al final no me quedó nada. Ni objetivo, ni casa, ni futuro.

Dejé de poder pagar arriendo y terminé en la calle. La ciudad se volvió un techo de cemento y ruido. El cabello y las uñas me crecieron sin control, como si mi cuerpo también hubiera renunciado a mí. Comía lo que encontraba en las basuras o lo que alguien dejaba a medio terminar; el hambre se vuelve menos romántica cuando te muerde todos los días.

Lo pensé mil veces. Acabarlo todo. Pero nunca tuve las agallas. No por valentía, sino por cobardía. Porque incluso en mi peor momento, todavía quedaba una parte de mí esperando un milagro o un castigo peor que la muerte. Así que seguí respirando, arrastrándome de un día al otro, castigándome con cada amanecer.

El alcohol llegó como llegan las cosas peligrosas. Primero como anestesia, después como costumbre y al final, como única compañía. Bebía whiskey barato, de ese que quema la garganta y no sirve ni para olvidar bien. Borracho, la memoria me traicionaba. No me mostraba el accidente, sino lo anterior. La risa de Adriana. Sus manos en mi cintura cuando íbamos en la moto. La forma en que pronunciaba mi nombre como si fuera un lugar seguro. Recordaba lo feliz que fui y eso dolía más que cualquier hueso roto, porque me devolvía, por segundos, lo que ya no existía.

Fue en uno de esos días —o noches, ya ni sé— cuando apareció él.

Yo estaba tirado con una botella casi vacía, con la cabeza llena de etanol y el pecho lleno de ella. De pronto, una mano firme me tomó del hombro. Alcé la mirada y vi a un hombre flaco y alto, con la cara afilada y unos ojos demasiado despiertos para esa hora. No olía a calle; olía a papel viejo, a polvo y a metal.

No me preguntó mi nombre. No me preguntó nada. Simplemente me levantó como si ya supiera que yo iba a obedecer y me llevó a una habitación amueblada, pequeña pero cálida, como un refugio robado al mundo. Me dejó caer sobre un sofá. El lugar estaba lleno de libros, apilados por todas partes, como si las paredes estuvieran hechas de palabras.

Él se quedó de pie frente a mí y habló con una calma extraña, una calma que no era compasión. Era certeza.

—Conozco tu historia… y la de Adriana. Que Dios la tenga en su gloria.

Su voz retumbó en mi cabeza borracha, atravesando la bruma como un cuchillo.

—Descansa, pobre desdichado —continuó—. No puedo devolverte la vida que perdiste… pero puedo ayudarte a intentar verla otra vez.

Por primera vez en meses, volvió a mí la esperanza.

Al otro día desperté en una cama que no era mía, con la boca seca y el cuerpo pesado. El olor a café me guio hasta una mesa de comedor. Allí, sentado con una calma inquietante, estaba el hombre extraño. Desayunaba como si nada, como si yo no fuera un desconocido recogido de la calle, como si me hubiera estado esperando desde hace años.

Me ofreció pan. Me sirvió café. Y empezó a hablarme con esa naturalidad absurda de quien conversa con alguien que ya conoce.

Habló de cosas imposibles, de dimensiones, de pliegues en la realidad, de una geometría del tiempo que no aparecía en ningún libro de colegio. Su voz era precisa, sin fanfarronería, como si estuviera recitando una verdad que el mundo había decidido ignorar.

—Existen anomalías temporales en este planeta —dijo, y dejó la taza sobre el plato—. Lugares donde la tercera dimensión roza con la cuarta… y esa cuarta dimensión es el tiempo.

Me quedé quieto, con el pan a medio camino de la boca. Lo miré como se mira a un loco hasta que sus ojos me devolvieron una seriedad que daba miedo.

—El tiempo que quieres de vuelta —continuó— no se recupera “viajando” como en las películas. Se busca una conexión. Una grieta. Un punto donde la línea temporal se debilita. Si entras en el instante correcto, puedo dirigir tu trayecto lo más cerca posible de la vida de Adriana.

No podía creer lo que estaba escuchando. Ese hombre estaba diciendo, con total serenidad, que había una manera de alcanzar el pasado. El dolor que me había carcomido durante meses se transformó en una esperanza que me dio vergüenza sentir y aun así la abracé con todas mis fuerzas.

—¿Qué tengo que hacer para llegar a ese momento? —pregunté, casi sin voz.

Él alzó la mirada. Sus pupilas brillaron, y por primera vez esbozó una sonrisa que no era amable. Era la sonrisa de alguien que sabe demasiado.

—Hay un lugar en el planeta... —dijo, pero se detuvo unos segundos—. Veras todo lo que sé sigue siendo teoría, pues, no he conocido a nadie que se atreva a comprobarlo en la práctica. Puede ser peligroso. Ni siquiera yo me he atrevido a…

—¡No me importa! —lo interrumpí, golpeando la mesa con la urgencia de quien se está ahogando—. ¿A dónde tengo que ir?

Su sonrisa se ensanchó apenas, como si acabara de confirmar algo.

El científico me hizo bañar y me regalo un cortaúñas, cuando ya estaba más presentable, me llevó a un cuarto en penumbra. Al cerrar la puerta, el mundo pareció apagarse. Encendió un reflector y, de golpe, una pared blanca se convirtió en pantalla. El proyector zumbó con un sonido tenue y apareció la imagen del planeta Tierra, suspendida en negro, rodeada por una malla translúcida que parecía abrazarla.

—Esto que ves aquí —dijo, señalando con una vara— es la Tierra en la que vivimos. Un lugar de tres dimensiones. Te mueves hacia adelante y hacia atrás, a izquierda y derecha, arriba y abajo. Todo lo que llamas “realidad” se sostiene sobre un equilibrio y ese equilibrio lo dicta la gravedad.

Hizo una pausa, como si disfrutara del peso de sus propias palabras.

—La gravedad no es solo una fuerza —continuó—. Es una deformación. Una curvatura. Una forma que el espacio adopta alrededor de la materia.

Cambió de diapositiva con un clic seco. La misma esfera azul apareció ahora marcada con puntos brillantes, pequeñas cicatrices sobre la superficie.

—Ahora mira esto. En estos lugares la gravedad se comporta de manera anómala. Es más intensa, más caprichosa. Y lo inquietante es que esos puntos coinciden con anomalías electromagnéticas registradas durante décadas. Brújulas que enloquecen. Comunicaciones que mueren. Instrumentos que se apagan.

Volvió a avanzar. La imagen se acercó y las marcas se unieron con líneas. Se dibujó un triángulo sobre el océano, y cada vértice apuntaba hacia nombres que yo conocía demasiado bien como rumor y superstición. Un punto cerca de Miami. Otro en Puerto Rico. Y el tercero una isla llamada Bermuda.

Yo tragué saliva. El cuarto se sintió más pequeño.

—No es magia —dijo, como si leyera mi expresión—. Es física empujada hasta su borde. En ciertos momentos, bajo condiciones específicas, estas zonas pueden comportarse como un pliegue, una costura mal cerrada en la tela del tiempo. No siempre se abre. No para cualquiera. Y nunca de forma segura.

Se volvió hacia mí, con los ojos encendidos por una mezcla de ciencia y locura.

—Pero si se abre —susurró—, te deja cruzar. Y lo único que importa es cuándo. Porque el tiempo no se rompe por completo, apenas se dobla, lo suficiente para que alguien —con la desesperación adecuada— se atreva a pasar.

Señaló el triángulo con la vara.

—Aquí —dijo— la Tierra roza una frontera con la dimensión del tiempo. No siempre. No de la misma forma. Pero cuando coincide el momento exacto ocurren cosas que la física “normal” no sabe explicar sin gritar.

Cambió de diapositiva. Aparecieron reportes, rutas, líneas punteadas sobre el océano.

—Hay aviones que atraviesan esta zona y llegan a su destino en minutos. Trayectos que deberían tardar horas. Y no hablo de una ráfaga de viento o una buena corriente. Hablo de diferencias imposibles. Relojes desfasados, consumo de combustible ridículo, trayectorias que no encajan.

Su voz bajó un tono, como si estuviera contando un secreto.

—Hubo un caso famoso —continuó—. Un piloto civil llamado Bruce Gernon. Volaba rumbo a Florida cuando el cielo cambió, la brújula empezó a bailar y la radio se llenó de estática. Juró que entró en una neblina extraña, como un túnel, y que al salir… ya estaba viendo la costa estadounidense, demasiado pronto para que tuviera sentido.

El científico del tiempo me miró fijo, sin pestañear.

—Eso no es “suerte”. Eso es una grieta. Un atajo en el tejido del tiempo. Y si lo atraviesas no solo llegas más rápido. Llegas a otro lugar en la línea temporal.

Yo estaba estupefacto. Lo único que me hacía sentir fuera de lugar era mi propia apariencia de vagabundo en medio de aquella charla casi magistral. la ropa prestada y el tenue olor a calle. Como si yo no perteneciera a ese cuarto lleno de libros y teorías.

—¿Está diciendo que ese piloto… viajó al futuro? —pregunté, con la voz quebrada entre incredulidad y miedo.

El científico sonrió, lento, como si acabara de escuchar la pregunta exacta.

—Lo has entendido —dijo—. El piloto viajó al futuro… o, si prefieres una forma más precisa. Dejó de desplazarse únicamente en el plano de las tres dimensiones y tomó un atajo por la cuarta.

—¿Y nadie ha viajado al pasado? —pregunté, casi sin aliento.

El científico entrecerró los ojos, como si midiera la palabra pasado en su boca. Se dio la vuelta y rebuscó en una carpeta repleta de hojas amarillentas y fotografías en blanco y negro. Sus dedos se movían con cuidado, casi con respeto, como si tocara reliquias. Al final sacó una imagen doblada en cuatro, gastada en los bordes, como si hubiera sobrevivido años dentro de un bolsillo olvidado. Me la tendió sin decir nada.

—Mira con atención —susurró.

En la fotografía aparecía la tripulación de un barco mercante de principios de siglo. Rostros serios, uniformes desteñidos, una bandera colgando al fondo, anclas bordadas en el pecho. Todo encajaba… hasta que mis ojos lo encontraron.

Entre los marineros había un hombre que no pertenecía a esa época. Llevaba gafas oscuras demasiado modernas, una chaqueta con cremalleras de metal y, en la muñeca, un reloj digital que brillaba como una herejía en medio de aquella escena.

Un escalofrío me trepó por la espalda.

—Es… —murmuré, sin poder apartar la vista—. Es como si ese tipo no fuera de esa época.

El científico asintió, despacio.

—Exactamente. Ningún registro histórico habla de él. Nadie lo conoció. No aparece en listas de tripulación, ni en puertos, ni en archivos familiares. —Acarició el borde de la foto con la yema del dedo—. Ese barco se hundió en 1912, cerca de estas aguas… y, sin embargo, la fotografía apareció intacta en un archivo militar británico, guardada como si fuera evidencia de algo que no se debía mencionar.

Tragué saliva.

—¿Qué significa…?

El científico se inclinó hacia mí. Su voz se volvió grave, baja, como si no quisiera que el propio aire lo escuchara.

—Significa que la frontera se ha cruzado antes. —Hizo una pausa mínima—. Y no siempre en dirección al futuro. Es probable que alguien atravesara la anomalía al revés.

Sentí que la sangre se me iba a los pies.

—¿Cómo… cómo se hace? —pregunté. Sentía como la ilusión volvía a mi pecho.

El hombre cambió la diapositiva. La pared blanca se llenó de un mapa del cielo con círculos, flechas y ecuaciones trazadas con prisa, como si alguien hubiera intentado atrapar una idea demasiado grande antes de que se escapara.

—La Tierra no está quieta —dijo—. Viaja. Gira. Se desplaza dentro de un mar de fuerzas invisibles. Y en ciertos momentos del año, cuando las condiciones se alinean, esa frontera de la que te hablé se vuelve más delgada. Más sensible. Como una cicatriz que vuelve a abrirse.

Señaló con un puntero rojo el triángulo que unía Miami, Puerto Rico y Bermuda. En uno de los vértices había una marca resaltada y, junto a ella, una fecha encerrada en un recuadro.

—Si entras en esa fecha precisa —dijo, y la voz le bajó un tono—, la anomalía puede tragarte y escupirte a otro punto del tiempo. Muy probablemente al pasado.

Sentí que la garganta se me cerraba. Apreté los dientes y noté el temblor en mis manos. No era miedo lo que me sacudía. Era esperanza Y estaba ahí, frente a mí, convertida en una fecha marcada con tinta roja.

El científico no tuvo que hacer ningún esfuerzo para convencerme de emprender el viaje. Yo ya estaba condenado a intentarlo. La idea de perderla para siempre me parecía más peligrosa que cualquier teoría suya, más cruel que cualquier riesgo.

El plan era simple en su estructura y monstruoso en sus consecuencias. atravesar la zona triangular exactamente en cuatro meses y dos semanas, en la fecha en la que —según sus cálculos— la anomalía se volvía más “permeable”. No era un capricho; era una ventana. Un minuto preciso en el que la Tierra, el mar y el cielo parecían conspirar para doblar el tiempo.

Pero había una condición. Un favor.

—Si funciona… —me dijo una noche, sin mirarme— no solo irás por Adriana.

Levantó una carpeta y la dejó sobre la mesa, como si pesara más que los libros.

—Si cruzas, tienes el deber de buscarme. A mi versión joven. Y entregarle esto.

Sacó una carta sellada, escrita a mano, con una caligrafía apretada y nerviosa. El sobre tenía una fecha y un nombre que me helaron.

—Es una carta que yo mismo me escribí —susurró—. La única forma de cerrar el circuito. La única forma de asegurar que, en el pasado, yo haga lo que debo hacer para que tú llegues hasta aquí.

Me quedé mirándolo, comprendiendo a medias el tamaño de lo que acababa de pedirme.

—¿Y después? —pregunté.

—Después… —respiró hondo— buscas a Adriana y la cuidas. Evitas a toda costa que se suba a esa moto contigo. Cambias ese segundo.

Entonces me dijo lo que no había querido repetir hasta ese momento. Lo que siempre flotaba entre nosotros como una sombra.

—Existen dos desenlaces —advirtió, clavándome los ojos—. O saltas en el tiempo o llegas al umbral. Un limbo lleno de naufragios. Un lugar del que nadie sale. —Su voz no temblaba, pero algo en su cara sí—. Ese riesgo es muy probable que ocurra ¿Lo entiendes?

Asentí. Y lo hice con una valentía que no era valentía. Era desesperación.

Los siguientes meses fueron los mejores desde mi tragedia. Por primera vez, el dolor no era lo único que me acompañaba. El científico me recogió del barro y, sin decirlo, me reconstruyó pieza por pieza. Me dio techo, comida, un espejo donde volver a reconocerme y una razón para levantarme cada mañana.

Me entrenó con paciencia, como quien prepara a alguien para una guerra donde el enemigo es invisible.

—Regla número uno: nunca pierdas tus documentos —me repetía—. Pase lo que pase, muéstralos con seguridad. La duda mata más que la ignorancia.

Me obligó a memorizar marcadores de partidos de béisbol, finales de copas de fútbol, nombres de campeones de boxeo. Yo protestaba al principio, hasta que él soltaba esa frase suya, siempre con una risa corta, amarga:

—Los hombres creen en lo que ven, pero creen más en lo que ya saben que ocurrió.

Pasábamos horas en su biblioteca improvisada. Me señalaba mapas, me mostraba cartas náuticas, me enseñaba a leer corrientes, a reconocer vientos, a orientarme con las estrellas. Decía que, cuando me acercara a la anomalía, nada garantizaba que los aparatos siguieran funcionando. Que debía aprender a navegar como se navegaba antes. Con el cielo como brújula y el miedo como motor.

Entre copas baratas de ron y noches enteras sin dormir, hablábamos de la vida. De Adriana. De lo que significa amar tanto a alguien como para desafiar al tiempo mismo. Él escuchaba en silencio, y a veces le brillaban los ojos como si también estuviera perdiendo a alguien… o como si ya lo hubiera perdido.

En esos meses dejó de ser un extraño. Se convirtió en mi hermano. No de sangre, sino de ruina compartida. Y con cada clase, con cada advertencia, con cada mapa extendido sobre la mesa, la fecha marcada parecía acercarse demasiado rápido, como si el propio tiempo se estuviera burlando de mí.

Hasta que llegó el día.

Estaba en la costa panameña, con una lancha lista para zarpar y el océano extendiéndose como una boca abierta. El científico me acompañó hasta el muelle. Yo llevaba un abrigo viejo, el rostro cansado y esa carta sellada en mi bolsillo como un corazón prestado.

Antes de irme, me tomó del brazo.

—Por favor —dijo, y la nostalgia le quebró la voz—… no juzgues a mi versión joven. —Se le escapó una lágrima, rápida, avergonzada—. Me faltaba mucho por aprender.

Nos despedimos con un abrazo largo, de esos que intentan retener lo que se está yendo. Sentí sus manos temblar apenas, como si él supiera algo que no me había contado.

Encendí el motor.

Y partí hacia ese triángulo del océano del que nadie habla en voz alta.

Había llegado a ese maldito limbo del que no podía salir. Frente a mí se extendía una isla desierta, un cementerio de metal. Enormes transportes oxidados, cubiertos de arena como si el tiempo los hubiera enterrado con paciencia. Mi lancha hacía rato se había apagado. Ya no había motor, ni rumbo, ni regreso. Solo deriva… y esa costa silenciosa acercándose como una condena.

Y entonces sucedió.

La proa se levantó con brusquedad, como si una mano invisible hubiera agarrado la lancha desde abajo. No sé cómo explicarlo sin que suene a locura. El agua dejó de empujarme hacia adelante y empezó a empujarme hacia otro lado. La lancha comenzó a moverse en una dirección que no correspondía a ninguna palabra humana. Ya no era arriba ni abajo, ni izquierda ni derecha. Era una coordenada nueva, un eje que mi cuerpo entendió al instante y que mi mente rechazó con pánico.

El horizonte se dobló, como papel húmedo. El mar se estiraba y se encogía al ritmo de mi corazón. Sentí que el mundo se volvía elástico. Grité, convencido de que estaba volando, pero no era vuelo. Era caída. Una caída sin suelo.

La niebla —esa misma niebla— se iluminó por dentro. Todo se volvió un túnel brillante, como si el océano hubiera decidido convertirse en luz. Y yo, en el centro, no era un hombre en una lancha. Era un error dentro de una ecuación.

De pronto el rugido del océano volvió con una violencia animal. Una ola gigantesca, imposible, surgió de la nada dentro del túnel y me engulló. Sentí cómo la lancha giraba, tragada por un mar que ya no era agua sino energía pura, una corriente sin temperatura que me atravesaba por dentro. La oscuridad me cerró la garganta. El sonido se cortó. Y luego nada.

Desperté con la cara enterrada en arena caliente.

Al voltearme, me ardía la piel. El sol me quemaba las mejillas como si estuviera castigándome por seguir vivo. Tosí, escupí sal, y al abrir los ojos lo primero que busqué fue el cementerio de barcos, los restos de aviones, la isla fantasma pero ya no estaba.

La playa seguía ahí, sí, pero era otra playa. La arena era más limpia, el aire más dulce. Y frente a mí se alzaban rascacielos brillantes, pantallas gigantes con anuncios que parpadeaban como ojos, palmeras alineadas como decoración, y a lo lejos un puente interminable por donde los autos se deslizaban como sombras pulidas.

Me incorporé con esfuerzo. Mi lancha yacía destrozada a un costado, como si hubiese sido arrojada contra el mundo desde otra realidad.

Un salvavidas se acercó corriendo, con el silbato colgándole del cuello.

—Hey! You okay, buddy? —preguntó, agachándose a mi lado.

Yo lo miré como si estuviera viendo un sueño que no sabía interpretar. Tragué saliva, y en mi inglés torpe, con la lengua pesada y la garganta ardiendo, logré decir lo único importante:

—What… what year is it?

El hombre frunció el ceño, extrañado por la pregunta, pero respondió de inmediato:

—Two thousand twenty-nine.

Sentí un frío seco invadirme el pecho, un vacío que me apretó por dentro y, al mismo tiempo, una corriente de electricidad recorriéndome el cuerpo.

Había funcionado.

Estaba en Miami, Estados Unidos. Y el tiempo… el maldito tiempo… había retrocedido seis años.

Me puse de pie como pude, tambaleándome. No era felicidad lo que sentía. Era urgencia. Una urgencia feroz, como si cada segundo ya viniera con sangre escrita.

Porque ahora la misión era otra. Debía encontrar el modo de volver a Panamá antes del seis de junio de 2036. Antes del perro. Antes del bus. Antes de que Adriana muriera. Estaba en el 2029 tenia tiempo.

Unos cargueros panameños me dieron el aventón después de escuchar la historia más increíble que jamás pudieron imaginar. Les mostré mis documentos —demasiado nuevos para esa época— y mi licencia de conducción expedida en 2033. Les dije quién sería el próximo presidente de Estados Unidos y hasta les adelanté cómo iban a terminar algunos partidos de béisbol de la temporada 2029.

Durante el trayecto, los hombres de la barcaza se reunieron en torno a una de las paredes metálicas del camarote. Una superficie pulida que, de pronto, se iluminó desde adentro. No era un televisor común, sino una nano-pared capaz de captar canales de todo el Caribe y proyectar imágenes con una nitidez casi irreal. Sintonizaron el partido de béisbol que yo había predicho con tanta seguridad.

Me miraban de reojo mientras bebían ron barato en vasos de plástico. Algunos sonreían incrédulos; otros negaban con la cabeza, convencidos de que yo estaba loco. Pero a medida que avanzaba el juego, sus expresiones comenzaron a cambiar. Cada jugada, cada entrada, cada carrera… todo se cumplía exactamente como lo había anunciado.

Lo único que me inquietó fue un detalle: no ocurría en los minutos que yo recordaba. Había pequeñas variaciones, retrasos mínimos, como si el tiempo estuviera corrigiéndose a sí mismo. Sentí un frío breve en la nuca, y entonces agradecí haber seguido el consejo de mi amigo de no dar demasiados detalles. Porque si el marcador se cumplía, pero el ritmo no significaba que el futuro todavía podía moverse y yo debía ser más cuidadoso.

Cuando el marcador final apareció en aquella pared luminosa, un silencio denso cubrió la sala. Solo se oía el motor del carguero retumbando bajo nuestros pies. Uno de los marinos soltó la botella, otro me miró como si hubiera visto a un fantasma.

—Dios bendito… —murmuró el capitán, persignándose.

Al llegar a Panamá, no me dejaron bajar como un simple pasajero. Me rodearon en el muelle y, uno a uno, me abrazaron con fuerza. Sus brazos ásperos y sudorosos me transmitían un calor fraternal.

—Que los cielos te protejan, hermano del tiempo —dijo uno.

—Lleva esa bendición contigo —añadió otro mientras me daba una palmada en la espalda.

Apenas podía contener las lágrimas. Sabía que lo más difícil aún estaba por venir. Encontrar a Adriana y evitar que la muerte me la arrebatara. Pero primero debía buscar al joven científico loco y darle su carta.

No fue difícil encontrarlo. La información que me brindó antes del viaje fue exacta. Una casa vieja, con persianas torcidas y olor a humedad. Golpeé la puerta y, por una ventana del segundo piso, se asomó una joven mujer con poca ropa, cabello desordenado y ojos hinchados de sueño. Le dije que venía a ver al científico, que era un amigo de años. Me miró de arriba abajo con gesto indiferente y desapareció sin decir palabra.

Segundos después, esa misma mujer, pero con una bata, abrió la puerta, dejando escapar un aire cargado de humo y alcohol. Avancé con cautela y allí estaba él, mi joven amigo tirado en un sofá con la camisa manchada, una botella vacía colgando de su mano y un aliento espeso a ron barato. Sus ojos apenas se abrieron al verme entrar.

—¿Quién demonios eres tú? —balbuceó, intentando incorporarse.

No dije nada, trataba de ocultar mi sorpresa de ver a mi amigo rejuvenecido. Solo metí la mano en mi bolsillo y saqué un documento. Lo puse frente a sus ojos. Él lo tomó con desgano, pero al leerlo, sus pupilas se dilataron.

Era su propio rostro en un carnet universitario, expedido en el año 2034. La misma nariz afilada, los mismos ojos encendidos. solo que en la foto aparecía un hombre con arrugas y un aire cansado, la versión que yo había conocido en mi época.

El joven científico se quedó inmóvil, luego me invito a sentarme en una vieja silla de madera frente a el. Sentía como si el mundo se hubiera detenido a nuestro alrededor. Levantó lentamente la vista hacia mí, y en su mirada había miedo, incredulidad y una chispa de reconocimiento que lo atravesaba como un rayo.

—Dios mío… soy yo —susurró, con la voz quebrada.

Yo asentí con gravedad.

—Y traigo algo para ti.

Saqué la carta doblada en cuatro, amarillenta por el viaje y la puse en su mano temblorosa. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Por respeto jamás la leí. Mi deber se había cumplido. Ahora iba ir a la villa en donde vivía mi prometida. Pero el científico se levantó de improvisto y, colocando sus dos manos en mis hombros, no me dejo levantar.

—¿Tu leíste la carta? —preguntó con un tono serio.

Yo negué con la cabeza y le dije que le había prometido a su versión vieja entregarla intacta. Él la extendió hacia mí.

—Léela en voz alta por favor. —La mujer estaba estupefacta de pie y se hizo detrás mío mirando de reojo el polémico documento. Tomé la carta en mis manos y con miedo comencé a leer:

“Querido yo:

Sé que ahora estás hundido, que las noches parecen eternas y que tu corazón no entiende por qué sigue latiendo. Sé que lo intentas, que tropiezas, que vuelves a levantarte y caes otra vez. Créeme: lo vas a lograr. No todo está perdido. Levántate, porque al otro lado del dolor te espera la gloria. Tu corazón sanará.

No dejes que la desesperanza te robe lo que eres. Tienes una misión, y aunque no lo comprendas aún, cada lágrima que has derramado te ha hecho fuerte. Haz lo que mejor sabes hacer: confiar en tu mente, en tu espíritu y en esa chispa que nunca se apaga.

Recuerda: el tiempo no es tu enemigo, el tiempo es el camino. Si logras domarlo, si logras abrazar tu destino, encontrarás la redención que tanto buscas.

Posdata: El hombre que te entrega esta carta es la persona más importante de mi vida. Ha cargado con una tragedia que lo ha roto por dentro. Necesita de ti, de tu guía, de tu conocimiento. No lo juzgues, no lo dejes solo. Él cree que la solución es simple, pero nada en este viaje lo es. Sé su hermano, condúcelo con firmeza, porque en su historia también está escrita la nuestra.”

—¿Vienes del Triángulo de las Bermudas, 2036? —preguntó el hombre justo cuando terminé de leer.

Yo no me componía del shock. Entre líneas entendí lo que no quería aceptar. No iba a poder salvar a mi Adriana. El aire me pesaba en el pecho, las manos me temblaban. Sentí que mi misión peligraba, que mi viaje no era más que un engaño del destino.

El joven científico me observaba con atención, como si pudiera leerme los pensamientos. Tragó saliva y se acercó despacio. Había en él algo de nervios, pero también una extraña serenidad que me desarmaba.

Me miró con gravedad, con esos ojos que eran los mismos que los de mi amigo del futuro, solo que más jóvenes y encendidos.

—Vas a durar un largo rato en esta época —continuó con voz baja, como si supiera mucho más de lo que me estaba revelando—. Y si quieres sobrevivir… más vale que lo aceptes.

Me desplomé en la silla, sin fuerzas. El mundo se me vino encima.

—He estado investigando una anomalía en la cuarta dimensión que ocurrirá exactamente en el año 2036 —dijo con solemnidad. El hombre sacó un cuaderno gastado y lo abrió con cuidado. En una de las páginas había un dibujo torpe pero fascinante. Una esfera hundiendo una superficie, acompañada de símbolos y una ecuación matemática que parecía interminable.

—Mira —continuó, señalando la fórmula con su dedo—. Esta ecuación describe la probabilidad de un pliegue temporal. Cuando un cuerpo muy masivo curva tanto el espacio, no solo dobla la geometría que conocemos, también presiona la tela del tiempo.

Se inclinó hacia mí, sus ojos brillaban de emoción y miedo.

—La Tierra, en este punto exacto del planeta… el Triángulo de las Bermudas… tiene una presión temporal anormalmente fuerte. Es como si toda la energía gravitacional y electromagnética se concentrara allí, doblando el espacio hasta tocar la cuarta dimensión.

Tomó su cuaderno y dibujó una sábana extendida con una pelota en el centro.

—Imagina esto. El universo es como esta sábana. Una pelota muy pesada hunde la tela… eso es la gravedad normal. Pero en el Triángulo de las Bermudas no hay una sola pelota. Hay varias fuerzas invisibles que se alinean al mismo tiempo, como si alguien apretara con el puño la tela desde abajo. La presión es tan intensa que la sábana no solo se hunde… se rompe.

Guardó silencio, como si la explicación lo hubiera dejado sin aire.

—Allí, en ese punto, el espacio se curva tanto que llega a rozar la cuarta dimensión. O sea el tiempo mismo. Normalmente esas fracturas apenas permiten saltos diminutos… unas horas, quizá unos días a lo sumo. —Se detuvo un instante, y su voz descendió a un susurro cargado de gravedad—. Pero en el año 2036 sucederá algo distinto.

Se inclinó hacia mí con los ojos abiertos como si revelara un secreto prohibido.

—Las fuerzas cósmicas estarán tan perfectamente alineadas que la brecha ya no se abrirá en centímetros, sino en kilómetros. Ese desgarro no llevará al mañana inmediato… sino a años enteros del pasado o del futuro.

El joven científico cerró el cuaderno, apretándolo contra su pecho.

—Es lo que he estado investigando todo este tiempo. Nunca creí que pudiera funcionar. Y sin embargo, aquí estás tú… seis años en el pasado, enviado por mí mismo.

La mujer había desaparecido, pero de repente sentí su perfume acompañado del olor al café que trajo junto con unas deliciosas tostadas. Una vez servidos se sentó a presenciar nuestra charla como si escuchara un sermón prohibido.

—Hay algo que debes comprender de la cuarta dimensión —dijo el joven científico, mientras garabateaba figuras en una hoja. Dibujó primero un cubo, luego otro, y finalmente los unió por sus vértices.

—Esto es un teseracto —continuó con voz grave—. Una figura que no nace ni termina. Se crea una y otra vez, repitiéndose hasta el infinito. No tiene inicio ni final, y así permanece por los siglos de los siglos.

Se inclinó sobre la mesa. El grafito manchaba sus manos.

—Toda la cuarta dimensión es como un teseracto. Un espacio donde existen todas las probabilidades al mismo tiempo y en todos los lugares. Allí no eres uno… eres todos. Allí te ves nacer, crecer y morir en un mismo instante.

Me estremecí, y la mujer se llevó las manos a la boca.

—Las posibilidades en la cuarta dimensión son tan infinitas como las que poseen los seres humanos en la tercera. Cada decisión, cada accidente, cada respiro abre una ramificación distinta. En la cuarta dimensión, esas ramas no están separadas. Coexisten, se tocan, se entrelazan. Y quien logre entrar en ella, aunque sea por un solo segundo, lo contemplará todo al mismo tiempo.

El científico hizo una pausa, como si pesara sus palabras antes de clavarlas en mi pecho.

—Pero al volver a la tercera dimensión, siempre regresarás a una sola realidad, única e indivisible. Esta vez, tu realidad es 2029. Y lo que queda en el tiempo… esa tragedia con la que cargas… no puede borrarse, porque ya sucedió, y seguirá sucediendo de miles de millones de maneras posibles...

—¡Escuche! —grité golpeando la mesa—. Vi cómo a mi Adriana la partía un bus en dos por mi culpa. Si hice este viaje fue para evitar que eso suceda. ¿Me está diciendo que me mintió?

El científico dio un salto ante mi furia, pero enseguida levantó las manos en un gesto de calma.

—No, no te mentí —dijo con voz firme, aunque en sus ojos brillaba la inquietud—. Solo que no lo has comprendido todavía.

Respiró hondo, como si buscara las palabras justas.

—Mira, ahora estás en una realidad única, 2029. Aquí no has perdido nada, porque aquí no ha ocurrido tu tragedia. Existe una versión de ti mismo que aún no carga con ese dolor, un tú joven que sigue soñando. Y sí, podrás evitar que suceda alguna tragedia.

Yo lo miraba desconcertado, con el corazón latiendo como un tambor.

—Pero entiende esto —continuó con voz grave— Si lo haces, no estarás salvando a la misma mujer que viste morir. Estarás ayudando a otra, a una versión distinta de ella, de carne y hueso, pero no idéntica. En este mundo, Adriana no es tu Adriana. Es una Adriana nueva.

Me llevé las manos al rostro. El café y las tostadas frente a mí se enfriaban, y sentí que el piso se me movía bajo los pies.

—Entonces no puedo evitar que muera… —respondí, triste y derrotado.

El científico se inclinó hacia mí, con los ojos encendidos.

—Escúchame bien. En este universo existe una Adriana que aún respira, que aún ríe, que aún sueña. Pero debes comprenderlo… no es la misma que perdiste. Esta Adriana puede hacer cosas completamente distintas, puede casarse contigo o no, puede dedicarse a otra vida, puede morir de vieja rodeada de hijos y nietos, o incluso elegir un camino donde jamás te cruce.

Tomó un sorbo de café y señaló el techo, como si quisiera abarcar todo el cielo.

—Tú no regresaste a la tierra que conocías. Te has colado en otra, en un mundo paralelo de las infinitas posibilidades. Cada acción tuya, cada palabra, cada advertencia que des, no borrará tu tragedia pasada… pero sí repercutirá aquí, en este tiempo, en esta tierra.

Me quedé en silencio, con la carta aún entre mis manos, tratando de asimilarlo.

—Mira tu vida anterior como lo que es —añadió él con voz grave— otra tierra, otro hilo en la tela infinita del tiempo. Una posibilidad entre miles, entre millones. Esa ya quedó atrás y siempre existirá… como también existirá esta.

—¿Puedo buscarla ahora mismo? —pregunté, aferrándome a una chispa de esperanza.

El hombre terminó su café de un trago y dejó el pocillo con rudeza sobre la mesa.

—Claro que puedes —dijo con firmeza—. Pero escucha, no lo hagas solo. Quédate conmigo unos días, aclimátate a este 2029. Puede que ya hayas vivido un 2029, pero este no es el mismo. Aquí las cosas pueden ser radicalmente distintas.

El científico volvió a convertirse en mi amigo, me mostró todo por lo que había pasado y la adicción incontrolable que tenía a las mujeres. Literalmente todo su dinero lo gastaba en cabarets y mujeres de compañía. Los días se volvieron semanas y las semanas meses, ese 2029 comenzaba a sorprenderme pues la mayoría de eventos que tenía en la memoria eran a veces sutilmente distintos otras veces muy distintos. Había peleas de boxeo que habían dado al ganador que yo había visto en mi época, pero en un round distinto, otras veces quedaban empatados cuando debió ganar uno. Lentamente estaba haciéndome a la idea de que estaba en otro planeta muy parecido del que venía y todo lo que me había explicado el científico estaba cobrando sentido.

Luego de un tiempo me puse a la tarea de buscar a Adriana. Mi amigo me advirtió que, cuando la encontrara, debía avisarle para que me acompañara; que no enfrentara solo ese encuentro. Yo la conocí en 2033 y le pedí matrimonio en 2035, en la sala de la casa de sus padres, con ellos como testigos. De su vida antes de eso sabía poco: apenas retazos de conversaciones, recuerdos sueltos que el amor no se molestó en registrar porque no los necesitaba. Pero había algo que jamás olvidé. Esa casa. Esa puerta, ese jardín, ese olor. Pensé que era el único punto fijo que el tiempo no podía cambiar. El único lugar donde aún podía empezar a buscarla.

Mi amigo me acompañó hasta allí. Caminamos en silencio, como si las palabras pudieran echar a perder lo que estaba a punto de ocurrir. Cuando llegamos, levanté la mano y toqué.

Toc-toc.

Unos segundos después, la puerta se abrió… y el mundo se me rompió sin hacer ruido.

Ahí estaba Adriana.

Pero no era “mi” Adriana. Era Adriana antes de mí. Más joven. Más viva. Y con una barriga enorme de embarazada, redonda, evidente, como una verdad que no admite discusión.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. No fue sorpresa. Fue una caída. Un vacío en el pecho, como si alguien hubiera arrancado de un tirón el futuro que yo me había inventado para sobrevivir. Las piernas me flaquearon. Vi el borde de la puerta, vi su cara, vi la vida creciendo bajo su camiseta… y por un segundo estuve a punto de desmoronarme ahí mismo.

Mi amigo me puso una mano firme en el hombro. No me sostuvo por cariño; me sostuvo por necesidad. Su apretón decía: respira. No te rompas ahora.

Adriana me miró con extrañeza, con un dejo de curiosidad y cautela. Sus ojos no tenían reconocimiento. No podían tenerlo. Para ella yo era un desconocido en el umbral de su casa, un hombre con la mirada demasiado cargada.

Vi cómo su mano se tensaba sobre el picaporte, lista para cerrar.

Entonces hablé. No como quien se presenta, sino como quien se agarra a una tabla en medio del naufragio. Le dije cosas que solo ella sabía de sí misma. Una manía pequeña, un miedo que me confesó una noche, el gusto exacto con el que tomaba el café, un apodo que odiaba y que solo una persona podía saber. Detalles íntimos. Ridículos. Imposibles de adivinar.

Eso la detuvo.

Su expresión cambió de la sospecha a una inquietud profunda, como si le hubieran nombrado un recuerdo que todavía no existía. Dudó. Tragó saliva. Y al final, con la voz más baja, dijo:

—…Pase.

Entré y sentí que estaba profanando un templo. Nos sentamos en la mesa, y yo no podía dejar de mirar su vientre, no por el bebé, sino por lo que significaba. Un camino que no era el mío. Un destino que el tiempo había escrito sin consultarme.

Y entonces lo oí.

Pasos pesados bajando la escalera. Un hombre apareció en bóxers, con el ceño fruncido y el pelo revuelto, como alguien a quien han despertado de golpe y le han invadido la vida. Tenía esa familiaridad insolente de quien pertenece a esa casa. A esa mujer. A esa historia.

No lo había visto nunca, pero estaba ahí, junto a Adriana, protegiéndola. Como si yo fuera una amenaza.

—¿Quién es este tipo? —preguntó, duro, mirándola a ella y luego a mí.

Adriana abrió la boca, pero no supo qué decir. ¿Cómo iba a decir mi nombre si para ella yo no era nadie?

Mi garganta se cerró. Mi corazón se quebró un poco más. Porque en ese instante entendí lo que no quería entender. En 2029, Adriana ya tenía otra vida. Y yo… yo era apenas un accidente que todavía no ocurría.

—Soy un viajero del tiempo —dije con la voz quebrada—. Suplico que no me tomen por loco. Solo vine a decirte algo, Adriana… por nada del mundo te subas a una moto.

Saqué mis documentos con manos temblorosas y los extendí sobre la mesa del comedor, mi licencia de conducción expedida en 2033, mi pasaporte con sellos de países que aún no había visitado en esta línea temporal, incluso carnés médicos y universitarios con fechas imposibles. Cada uno llevaba mi foto, mi nombre, pero con años que aún no habían llegado.

El esposo los tomó incrédulo, los revisó una y otra vez, frunciendo el ceño. Adriana, con una mano en su vientre, observaba cada papel con una mezcla de miedo y fascinación. Era como si parte de ella quisiera rechazarlo, pero otra parte reconociera en mis ojos una verdad que no podía explicarse.

—No vine a quedarme —añadí con la voz ahogada—. Solo a advertirte. Tu vida… la vida que llevas dentro… dependen de que nunca subas a una moto.

El silencio que siguió fue insoportable. Adriana apretó instintivamente su vientre y me miró con unos ojos llenos de desconcierto y miedo. No quise añadir más. Salí del lugar con tristeza, estrechando la mano de la feliz pareja. Mi amigo salió conmigo, sin decir nada.

En la calle, me puso la mano en el hombro y sonrió con esa calma que siempre me había sostenido.

—No te sientas mal, viajero. Tienes el privilegio de estar adelantado a tu tiempo y créeme, en esta época hay buenas casas de apuestas donde un hombre como tú puede rehacer su vida.

Reí con amargura, pero esa risa se fue volviendo sincera. Caminamos juntos hasta que el sol comenzó a caer sobre Panamá. Comprendí que había llegado el momento de soltar.

Me quedo con esta época para terminar mis días en paz. No me importa ayudar a mi versión joven de este mundo; él tendrá que seguir su camino, como yo seguí el mío. Disfrutaré mis días aquí de la forma más sabia posible y quién sabe, tal vez vuelva a encontrar a una mujer que me enseñe a amar otra vez. Te amo Adriana y te amaré por siempre.

AmantePerdido

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