La nueva mayoría

X-300, antes conocida como Ana, era una adolescente en medio de un mundo nuevo. Sus deseos de transhumanización estaban lejos de materializarse ya que no tenía ni el dinero ni el permiso de sus padres, quienes eran profundamente tradicionales y veían esa nueva moda de cambiarse partes humanas por partes mecánicas como una aberración. Las peleas en su hogar eran constantes. En un bando estaba Ana que defendía las meca modificaciones y en el otro sus padres que eran fervientes religiosos.

La primera discusión sucedió cuando comenzaron a ver conductas extrañas en Ana. Un día llegó del colegio con el brazo rayado de marcadores simulando circuitos electrónicos. Fue durante la cena. Estaban los tres en la mesa. La madre lo notó primero.

—¿Qué te hiciste en el brazo Ana? —preguntó la mujer con voz maternal.

Ana sintió un vacío en el estómago.

—No es nada —respondió—. Solo jugábamos en clase.

El padre se levantó haciendo rechinar su silla y se acercó a la pequeña.

—Muéstranos —ordenó. Inmediatamente tomo el hombro de la niña y remango su saco lentamente—. ¿Esto que significa?

—Solo era un juego papi —respondió la niña tímidamente.

La madre estaba muda perdida en cada línea negra y azul dibujada en el bracito.

—¿Quién te hizo eso? —preguntó finalmente la madre.

—Mi mejor amiga —dijo la niña mirando su plato.

—¿Cómo se llama tu amiga? —dijo la madre que seguía sin quitar sus ojos del dibujo.

—Es raro mami —respondió la niña mientras tomaba lentamente sus cubiertos—. Los profesores la llaman Julieta, pero ella se molesta y dice que su nombre real es J-101.

Los dos padres se miraron preocupados.

Los años pasaron y la pequeña Ana ahora estaba en secundaria. Se había vuelto muy rebelde, en su cumpleaños número dieciséis les pidió a sus padres la autorización para reemplazar su brazo. Sus padres intentaron razonar con ella, pero la discusión escaló.

—¡Estoy harta de que nadie me entienda! —gritó furiosa, golpeando la mesa con el puño.

—Ana, por favor... —suplicó su madre con el rostro bañado en lágrimas.

—¡No me llames Ana, soy X-300! —respondió ella con rabia.

—¡No voy a tolerar esa actitud! —gritó el padre encarando a la niña —. ¡Quiero que te encierres en tu habitación!

En su cuarto Ana soñaba con un cuerpo perfecto: uno que no se cansara, que no sintiera hambre, con ojos capaces de ver más allá de lo imaginable.

Una noche, decidió escapar para reunirse con su amigo 636 en los suburbios. 636 era un "mecha-doctor" conocido por realizar modificaciones piratas. Ana tocó la puerta y un hombre maquina la abrió. Tenía un ojo biónico que brillaba como una cámara, mientras que el otro, azul y humano, parecía observarla con empatía.

—Hola, pequeña —dijo el hombre-máquina—. ¿Otra pelea con tus padres?

—Son unos idiotas. —Ana apretó los dientes—. Siempre me hablan de Dios. ¡Como si Dios tuviera algo que ver con esto! Nosotros nos hacemos dioses. ¿No es así Doc?

636 permaneció en silencio contemplando paternalmente a la niña.

—Entiéndelos. Es nuevo para ellos. Hace siglos ocurrió lo mismo con los tatuajes, las cirugías plásticas. Simplemente estamos en un cambio de era—El gigante mecánico se agachó al nivel de la niña—. Te prometo que cuando tengas edad yo mismo te reemplazare el brazo que tanto sueñas.

Los ojos de Ana brillaron de emoción.

—¿De verdad? —preguntó, dudando por primera vez de la sinceridad del doctor.

—Completamente. Pero con una condición. —636 la miró a sus ojos y la señalo con su brazo mecánico, iluminando su rostro con el brillo púrpura de su dedo biónico—. Deja de pelear con tus padres.

Ana cumplió su promesa. Sus calificaciones mejoraron, y sus padres empezaron a creer que alguien le había cambiado a su hija. Sin embargo, en secreto, Ana seguía queriendo ser X-300. Era una habida lectora del transhumanismo. Una amiga, cuyos padres ya eran transhumanos, le regaló un libro: la biografía de MX-777, una mujer-máquina que murió luchando por los derechos transhumanistas. La historia dejó una marca en Ana.

Finalmente, cumplió dieciocho años. Esa mañana, mintió a sus padres, diciéndoles que iría a estudiar con sus amigas. En cambio, tomó el tren a los suburbios y llegó al taller de 636. La recibió el doctor.

—¿Estás segura de esto? —preguntó el doctor, mirándola con su ojo humano.

—Lo estoy. He esperado toda mi vida por este momento.

El doctor abrió un armario metálico y sacó un brazo biónico reluciente. Luego sacó un libro pesado.

—Aquí está. Léete el manual. No quiero sorpresas luego.

El diseño era impresionante: la prótesis reemplazaría todo desde el bíceps derecho hacia abajo, incluyendo un codo articulado y seis dedos funcionales. Ana imaginó a sus padres abrazándola con orgullo, aceptándola tal como era. Pero sabía que aquello no ocurriría. Cerró el manual de golpe, reprimiendo las lágrimas. 636, que la observaba desde la distancia, se acercó.

—¿Lista? —Ana asintió.

La operación comenzó. Lo más difícil era amputar la parte humana pero el doctor lo hizo con una precisión nanométrica. Cuando terminó, dejó el pequeño brazo humano en un contenedor helado. Luego, con extremo cuidado, 636 ensambló el brazo biónico. La unión de los bio-nervios era compleja, pero el ojo mecánico del doctor le permitió realizar todas las conexiones sin fallos. Una vez terminó espero que Ana se recuperara de la anestesia.

Ana tendida en la mesa de cirugías abrió lentamente sus ojos.

—Voy a liberar tu brazo. —La voz de 636 era grave pero calmada—. Mueve el hombro, lentamente.

Ana movió el nuevo brazo con torpeza al principio, pero la sensación de control crecía con cada intento. Sentía como si un cubo de hielo recorriera su brazo. Por primera vez en su vida, se sintió completa.

—Ahora sí, pequeña. —636 sonrió con orgullo—. Puedes levantarte. Ana sonrió de vuelta, se incorporó y flexionando los seis dedos de su brazo nuevo lloró de la emoción.

Los años 2050 estuvieron marcados por un conflicto sin precedentes: el ascenso de los trashumanos, una nueva mayoría que había emergido desde la década de 2040, cuando nació X-300. Estas personas, al fusionar carne y máquina en su búsqueda de evolución, dividieron profundamente a la sociedad. Las manifestaciones a favor de los derechos transhumanistas se convirtieron en una constante, polarizando a la humanidad una vez más.

X-300 lideró la Revuelta de la Victoria, un levantamiento de transhumanos que resultó en la muerte de más de mil policías y algo más de cincuenta transhumanos. Ese día, los transhumanos tomaron el control de toda una ciudad.

Esa noche, en su primer día como trashumana, X-300 regresó a casa. Había meditado mucho antes de dar ese paso. El miedo a la reacción de sus padres la había atormentado durante todo el día. Permaneció junto a 636 hasta que él cerró su laboratorio.

Cuando llegó a casa, sus padres quedaron estupefactos. X-300 tocó el timbre con decisión, desafiando el frío, vestida solo con una camisilla. Su brazo robótico, reluciente y avanzado, destacaba. La unión entre carne y máquina estaba envuelta por una cinta gris.

Cuando la madre abrió la puerta, lanzó un grito desgarrador. El padre llegó corriendo, y al verla así, solo pudo morderse los labios para contener las lágrimas.

—No vuelvas hasta que recuperes tu brazo humano —dijo el padre con seriedad.

—Es una operación irreversible —respondió X-300, mirándolos con frialdad.

—Llévate tus cosas —fue todo lo que contestó el padre.

X-300 subió a su habitación a empacar. Mientras tanto, sus padres cerraron la puerta y fueron a la cocina.

—Fue tu culpa —acusó el padre.

—¿¡Mi culpa!? —La madre, furiosa, le respondió con los ojos encendidos como llamas—. ¡Tú también fallaste! No te laves las manos como un cobarde.

El padre rompió en llanto, y la madre lo abrazó, acariciándole el cabello.

—¿En qué momento nuestra bebé creció tanto?

X-300 apareció en la puerta con una pequeña maleta. El padre se incorporó lentamente, secándose las lágrimas con el dorso de la mano. Miró a su hija, luego al brazo metálico.

—¿Qué sigue, Ana? —preguntó con voz firme—. ¿El otro brazo? ¿Las piernas? ¿La cabeza?

—Me llamo X-300 —respondió ella con frialdad acto seguido cruzó el umbral de la puerta. Su maleta colgaba del brillante brazo robótico de seis dedos. Salió justo cuando el metro realizaba su última ruta del día.

En el trayecto, envió un mensaje a 636, la única persona en quien confiaba.

636 vivía en un pequeño apartamento en los suburbios. Justo para una sola persona. Ya estaba por dormirse cuando leyó el mensaje de X-300. De inmediato, encendió el mini compresor y comenzó a inflar un colchón. Luego, limpió su apartamento lo mejor que pudo.

Cuando X-300 tocó a la puerta, 636 apareció en el umbral con su pijama de ositos, que cubría el armazón de hierro que tenía en el pecho. Frente a él estaba Ana, con la misma ropa que tenía cuando se hizo la transformación. Su maleta se veía pequeña al lado del enorme brazo biónico.

—Pasa, pequeña. Ya está lista tu cama.

X-300 entró y se sintió cómoda de inmediato. 636 la llevó a la sala, que había acondicionado como habitación para que tuviera algo de privacidad. Mientras ella descargaba su equipaje, él preparó unos fideos instantáneos.

—Aquí las reglas son simples, nena —dijo 636 mientras cocinaba—. Me vas a ayudar en el taller y mientras consigues donde dormir te puedes quedar conmigo. Eso sí está prohibido que traigas chicos.

X-300 asintió con cierta pena y así lo hizo. Fue la mejor asistente que 636 pudo contratar nunca. El brazo le respondía bien. Le enseñó todos los secretos del negocio y de cómo podía conseguir los repuestos más económicos. Le contó de los trabajos ilegales que les había hecho a algunas pandillas, como implantar armas en los mecanismos. 636 había comenzado a enseñar a X-300 a realizar modificaciones de dedos. Igual como él había empezado. Cuando X-300 lo dominaba continúo enseñándole el cambio de manos. Luego de brazos y así hasta que estaba en la capacidad de reemplazar cualquier parte del cuerpo.

Ocurrió algo al principio entre ellos dos, esa relación alumna estudiante que se iba estrechando, pero con el tiempo la relación se fue enfriando, X-300 sentía que estaba perdiendo su tiempo. 636 ya era viejo y le llevaba más de una década a X-300, él solo quería vivir de lo que sabía, de su taller en su apartamento sin ser perturbado. Fue al final de una jornada dura de trabajo que X-300 comenzó a desvelar sus ambiciones ocultas. Ya habían pasado más de dos años desde que llegó.

636 estaba trapeando el piso de su taller mientras X-300 preparaba la cena. Cuando terminó se dirigió a la cocina a tomar una cerveza.

—pequeña X —dijo destapando la lata—. Sabías que si me tomo estas 6 latas mi nuevo hígado procesaría el etanol doscientas veces más rápido que él que tenía antes y me emborracharía en diez minutos.

X-300 rompió el silencio con una carcajada. Volteó a ver a 636.

—¿Te imaginas un mundo gobernado por nosotros?

—Sería un caos —respondió 636.

El 2050 llegó como un suspiro. Ana, ahora conocida como X-300, había dejado de vivir con 636, pero mantenía el contacto. Abrió su propio taller para transhumanos, donde no realizaba operaciones, sino que se dedicaba exclusivamente a reparar a quienes ya habían sido modificados. Si alguien quería reemplazar una parte, lo derivaba a su socio y mecano amigo de toda la vida.

Una tarde cualquiera, mientras X-300 estaba en el baño, el timbre de su taller resonó. Tres hombres de uniformes oscuros aguardaban en la entrada; eran policías. Corpulentos, y el más gordo tenía una expresión asquerosa de arrogancia.

—¿¡Quién es!? —gritó X-300 desde el baño a su joven asistente, MXLR.

La pantalla de video del taller proyectó las imágenes de los agentes esperando en la puerta.

—¡Los cerdos! —Avisó en chico.

X-300 masculló una maldición mientras se echaba agua en la cara. Se secó apresuradamente las manos y corrió al taller. Antes de abrir la puerta, bajó las cortinas de las estanterías para ocultar las piezas y componentes que podían incriminarla.

Cuando abrió, el policía más gordo entró sin esperar invitación, seguido por uno de sus compañeros. El tercero se quedó vigilando la puerta. El gordo examinaba el lugar con ojos inquisitivos, como un depredador acechando a su presa.

—¿Eres la dueña? —preguntó con un tono seco y directo.

—S-sí —respondió X-300, un poco tímida. Era la primera vez que enfrentaba policías—. Esto es… mi veterinaria.

El segundo policía a lo lejos, dejó escapar una risa burlona.

—¿Veterinaria? —repitió el gordo con sarcasmo.

—S-sí… yo pago el arriendo aquí y…

El ruido de un estante derrumbándose interrumpió sus palabras. Un policía había empujado uno de sus armarios cubiertos al suelo. Partes robóticas se estrellaron en el piso. El gordo sonrió con malicia mientras X-300 se estremecía de la ira.

—¿Qué haces, niña? ¿Construyes mascotas? —dijo el panzón burlándose, mientras avanzaba lentamente hacia ella—. ¿Sabes que la trashumanización es ilegal?

—Ustedes no tienen derecho... —respondió X-300 con la voz cargada de enojo—. ¡Pago mis impuestos, que van directo a sus bolsillos!

Otro estante cayó con un estruendo ensordecedor y X-300, inmediatamente, cerró la boca, empezando a tomar conciencia de que podría empeorar la situación. El gordo se acercó tanto que ella pudo sentir su aliento a soda y rosquillas.

—No te enojes, niña. —Su tono se volvió casi paternal e impregnado de amenaza—. Te hemos estado vigilando desde que te juntaste con 636. Sabemos que te llamas Ana, conocemos a tus padres. Pobres infelices.

X-300 retrocedió un paso, temblando. El miedo comenzaba a mezclarse con el impulso de usar su brazo biomecánico contra él, pero sabía que eso solo la hundiría más.

—Sé lo que estás pensando, niña —dijo el gordo, inclinándose hacia ella—. Piensas que con tu brazo podrías destrozarnos, ¿no?

—¡Hazlo! —gritó el segundo policía, derribando otro estante. El piso del taller estaba lleno de cables, tuercas y circuitos impresos.

X-300 se quedó inmóvil, sabiendo que cualquier acción contra ellos sería devastadora. Era perfectamente consciente de lo que significaba golpear a un agente de la ley siendo transhumana. Respiró hondo y calmó sus impulsos asesinos.

—Escúchame bien, niña. —El gordo sonrió ampliamente—. Nosotros haremos la vista gorda… por el sesenta por ciento de lo que ganes.

—¿¡Sesenta por ciento!? —X-300 se llevó las manos a la cabeza, incrédula—. ¡Eso no es justo!

—Es eso o la cárcel —replicó el gordo, cortante—. Volveremos cada semana a recoger lo que nos pertenece. Y más te vale pagar, porque no me gustaría dañar ese… cuerpecito.

La amenaza quedó flotando en el aire. X-300 no respondió. Apenas habían pasado unas semanas desde que abrió su taller y ya tenía encima a los corruptos.

X-300 decidió visitar a 636 para pedir consejo. Llegó a su taller ese mismo día y le relató muy detalladamente su incidente.

—¿Sesenta por ciento? —repitió 636, sorprendido—. Bueno haz de cuenta que pagas por protección.

—¿Protección de qué? —respondió X-300, enfurecida—. Si esos malditos policías no estuvieran, ¡no necesitaría protección!

636 suspiró y le puso una mano mecánica en el delicado hombro humano de su amiga.

—A veces son necesarios. —636 Buscó la mirada de la joven cyborg—. Con decirte que me tocó hacerme amigo del panzón para que me dejara la cuota en treinta y cinco por ciento. Te recomiendo hacer lo mismo.

—A veces me das asco —espetó X-300, pero 636 no se ofendió. Conocía su carácter explosivo. Habían vivido juntos más de cuatro años, y sabía que Ana tenía una perspectiva más radical del tema transhumano. 636, más pragmático, veía el mundo con menos idealismo. Para él, los transhumanos estaban atrapados en un sistema corrupto del que no se podía escapar… al menos no de inmediato.

—Así funciona el mundo, pequeña —dijo, tranquilo.

—¿A qué te refieres?

—Nuestro negocio mueve demasiado dinero. Mientras la transhumanización sea ilegal, los corruptos siempre estarán detrás de nosotros. No es una cuestión de si estarán o no, sino de cómo jugamos con ellos para mantenernos a flote.

X-300 cruzó los brazos, frustrada. Sentía que lo que decía 636 era lógico, pero no quería aceptar un sistema tan podrido.

—No me gusta este juego, 636 —dijo, finalmente—. No quiero vivir así, esperando a que algún panzón con placa me quite lo que tanto me ha costado.

636 le sostuvo la mirada.

—Entonces empieza a pensar en cómo cambiar las reglas. Pero hasta entonces… sobrevive con inteligencia.

Esa semana, X-300 tuvo buenos trabajos. Un tipo llegó para un mantenimiento rutinario, mientras que otro cliente solicitó una operación de amplificación que le permitió cerrar un trato lucrativo. Aunque el negocio iba bien, la sombra de los policías corruptos seguía acechando.

Noche tras noche, el día del pago se acercaba, y con él, la frustración de X-300. No quería darles ni un centavo.

La noche anterior al cobro, sentada en su taller con la mirada fija en la mesa llena de herramientas, tomó una decisión. Le pidió a su asistente que se quedara con ella hasta tarde.

—Quiero que me ayudes a modificar mi brazo —dijo. Su asistente estaba arrodillado, todavía recogiendo el desastre que habían dejado los polis—. Y te daré el día de mañana libre.

—¿De las ilegales? —preguntó MXLR, dejando a un lado lo que hacía, alzando una ceja.

X-300 asintió en silencio. MXLR suspiró, porque le esperaba una larga noche.

Se pusieron manos a la obra. trabajaron durante horas, entre herramientas, piezas metálicas y un plano que MXLR había diseñado especialmente para integrar un cañón en un brazo del modelo de su patrona. La precisión era crucial, el cañón debía estar oculto bajo la cubierta externa del brazo.

Finalmente, cuando el reloj marcaba las tres de la mañana, MXLR se apartó y se limpió el sudor de la frente.

—Listo. El cañón está instalado. —MXLR extendió su brazo humano para hacerle la mímica a su compañera—. Mira si presionas aquí el arma se despliega y para disparar solo debes hacer un puño con tus dedos.

X-300 se dirigió a su patio para probar el dispositivo. Colocó unas lastas de cerveza sobre una mesa y se agachó con su brazo apuntando a los objetos. Presionó un botón ubicado justo en lo que humana mente se conoce como musculo braquioradial y justo arriba del antebrazo mecánico se desplegó un cañón que abarcaba desde su muñeca hasta el botón. X-300 apretó su puño y un ruido de truenos sonó y una bala se estrelló con una lata, destrozándola.

—Buen trabajo MXLR —dijo X-300. Se sentía lista. La próxima vez que los policías cruzaran esa puerta, ya no la encontrarían tan indefensa.

Amaneció y los policías ya estaban timbrando, justo antes del almuerzo. Esta vez, la visita fue más larga. El gordo revisó el histórico de facturación en el computador del local mientras su compañero, el que le tumbó los armarios, contrastaba el inventario. Después de tres largas horas, el panzón tomó una calculadora de los años dosmiles, del tamaño de su mano que todavía funcionaba con pilas AA y tecleó la cantidad que reportó su compañero, luego, sus gordos dedos tecleaban un signo “X” un “0”, un “.”, un “6” y un “=”. Extendió su mano hacia la joven.

—Esto es lo que nos debes.

X-300 los miró desafiante.

—No les voy a dar todo eso.

El secuaz del gordo se acercó a la mujer, pero antes de que pudiera hacer algo, X-300 Extendió su brazo mecánico señalando con uno de sus índices.

—¡Tu! —dijo señalando al tipo que le había tumbado sus armarios —¡Me costó una semana completa arreglar el desastre que hiciste!

X-300 rápidamente accionó el botón y en cuestión de segundos el cañón salió. Al cerrar el puño una bala alcanzó la cabeza del policía señalado. El gordo, sorprendido, sacó su pistola e inmediatamente disparó. X-300 interceptó cuatro tiros con su palma extendida mientras se acercaba corriendo. Un puño robótico se cerró cerca del estómago del gordo y X-300 inmediatamente después de un sonido de truenos, fue cubierta de sangre.

Parada, llena del viscoso liquido rojo y frente al gordo agonizando, se sentó lentamente en el piso. Había tomado una decisión sin retorno. Había matado. Su compañero de laboratorio hace rato se había ido a descansar por lo que estaba sola. El silencio lo llenaban los gorgojeos del gordo. Solo había una persona que la podía ayudar.

636 llegó casi de inmediato. X-300 abrió la puerta. Los ojos de 636 se abrieron como platos. No podía creer lo que su amiga había hecho.

—¡Te volviste loca! —exclamó al ver los dos cuerpos.

—No tienes idea lo que me costó reunir ese dinero —respondió X-300 mirando al piso regañada.

—Pero no debiste hacerlo. —636 rápidamente cerró la puerta—. Mira cómo te volviste. ¡Mira tú taller! ¿pensaste que pasaría después? ¿No te has dado cuenta que la sangre es difícil de limpiar?

—Ya está hecho. —X-300 se acercó al cuerpo que tenía la cabeza destrozada. Con su brazo lo tomó de su pierna y lo arrastró junto al gordo—. Si no me vas a ayudar por lo menos no me entregues.

636 contempló a esa joven ya convertida en mujer, una mujer asesina de policías.

—Sabes que el gordo se llamaba Neil. —X-300 le dio la espalda y una enorme mano la volteó inmediatamente. 636 la tomó de los hombros mirándola desafiante—. Si vas a quitar una vida por lo menos conoce lo que implica su muerte. Neil tenía tres hijos, pagaba sus mensualidades cumplidamente a sus dos esposas...

—¡Maldición! 636 —exclamó X-300 —Lo siento sí. No me siento bien, me siento como la persona más egoísta del mundo. Pero no puedo hacer nada.

El cariño que 636 le tenía a X-300 superaba sus principios de justicia y paz. Decidió ayudarla. Resolvieron prenderle fuego al taller, dejando atrás todo lo que quedaba.

La noticia fue un terremoto en todo el país. X-300 se había convertido en la enemiga pública número uno. Las alarmas se dispararon y en cuestión de días, las autoridades comenzaron una cacería de transhumanos. La paranoia creció en las calles. Los ciudadanos con implantes mecánicos debían ocultar sus modificaciones si no querían ser señalados, acosados o incluso arrestados. Sin embargo, para muchos transhumanos, las acciones de X-300 representaban algo más profundo: resistencia, dignidad y una lucha por el derecho a existir.

Carteles de búsqueda con el rostro mecanizado de X-300 inundaron las ciudades. Muchos transhumanos comenzaron a imitarla, usando su imagen para provocar a las autoridades. La verdadera X-300 seguía siendo un misterio. Era como si la tierra se la hubiera tragado. Las autoridades interrogaron a 636, pero no pudieron vincularlo con ella. Nunca se encontraron pruebas de su participación en el encubrimiento del crimen. La versión oficial, difundida por los medios controlados por el gobierno, afirmaba que X-300 había muerto en el incendio.

Con el paso de los meses, el gobierno aprobó la llamada "Ley de Registro", una medida draconiana que exigía catalogar a todos los transhumanos de las ciudades, detallando cada una de sus partes mecánicas. Una vez registrados, se prohibían nuevas modificaciones, tanto para los transhumanos existentes como para cualquier humano que aspirara a serlo. La ley fue la chispa que encendió una resistencia organizada. Fue entonces cuando X-300 salió de su anonimato.

Luego del incendio, X-300 escapó a las afueras, donde un amigo de 636 la esperaba. Llegó y un hombre de pelo largo y tres brazos abrió la puerta. Sus modificaciones eran peculiares: tenía dos brazos mecánicos, uno en el costado izquierdo y otro que salía justo debajo del mismo lado. Su brazo derecho era el mismo con el que había nacido.

—¿Eres la amiga de 636?

X-300 asintió. El hombre la invitó a su hogar y le ofreció unas cervezas.

—636 me contó lo que hiciste, pequeña —dijo el hombre, sentándose en un sofá blanco. X-300 permanecía de pie, en la entrada de la sala. El hombre la miró desde lejos—. ¡Ven, tómate una!

X-300 se aproximó y destapó una cerveza con su pulgar biónico.

—¿También crees que soy una asesina? —preguntó, sentándose frente a él.

El hombre se inclinó hacia adelante. Su tercer brazo sostenía la cerveza, mientras sus codos, uno mecánico y el otro humano, descansaban sobre sus rodillas.

—Asesina, no —respondió el hombre con una sonrisa—. Creo que más bien tienes madera de revolucionaria.

X-300 sonrió con una mezcla de sorpresa e incredulidad.

—¿Madera de revolucionaria? —se le notaba la intriga en la voz.

—Claro —replicó el hombre, dejando la lata de cerveza sobre la mesa. Su tercer brazo comenzó a moverse al compás de sus palabras—. Hace mucho tiempo, hubo alguien que entregó todo por un sueño. Un sueño de libertad. Dicen que recorrió todo un continente en motocicleta, y al ver la miseria que asolaba a su gente, decidió luchar para cambiarlo todo. Creía en la justicia, en la igualdad... tanto que estuvo dispuesto a dar su vida por esos ideales. Claro, no sin antes quitar algunas otras en el camino.

X-300 lo miró en silencio, dejando que aquellas palabras se arraigaran en lo más profundo de su mente. La idea de una revolución empezaba a latir en su interior, como un eco distante aún por definir.

—Nos están cazando, niña —continuó el hombre con un tono grave—. Cada día son más los transhumanos que quieren hacer algo y tú, pequeña, has dado el primer paso. —Sus ojos la miraban con una mezcla de respeto y expectativa, como si en ella se escondiera esa chispa que otros esperaban para encender la llama.

El gran amigo de 636 resultó ser un caudillo, un líder social que luchaba por los derechos de los transhumanos. Con el tiempo, comenzó a sentir admiración por la actitud desafiante de X-300, viendo en ella un espíritu afín y poco a poco, la fue integrando a su grupo de resistencia.

Un día, la llevó a unas instalaciones clandestinas, ocultas en las afueras de la ciudad, que los transhumanos habían estado construyendo en secreto. Aquel lugar era más que un simple refugio; era el corazón palpitante de una resistencia en marcha.

Con el tiempo, los carteles de búsqueda de X-300 comenzaron a aparecer por todas partes, y su nombre empezó a correr de boca en boca entre los marginados. Su fama, oculta tras el velo de las sombras, creció rápidamente, hasta que se convirtió en un símbolo de resistencia. Un ícono que inspiraba a quienes soñaban con un futuro más justo.

La represión no tardó en intensificarse. Escuadrones policiales comenzaron a irrumpir violentamente en los hogares en los que se sospecharan que habitaban transhumanos. Las armas, con la que el estado había dotado a sus fuerzas, emitían pulsos electromagnéticos diseñados para inutilizar implantes cibernéticos. Sin embargo, los pulsos eran peligrosos también para los tejidos humanos que dependían de esos mismos implantes, causando desmayos y fallos orgánicos en muchas de las inocentes víctimas. La violencia estatal en contra de los pobres híbridos entre carne y maquina llegó a niveles insostenibles.

Un día los transhumanos, organizaron una marcha pacífica en protesta con el gobierno y en clamar por sus derechos. Querían ser reconocidos como ciudadanos plenos y dejar de ser tratados como amenazas solo por aspirar a mejorar sus cuerpos.

X-300 detestaba que 636 fuera parte del sistema. Nuca estuvo de acuerdo con sus ideas pacificas. Ella sabía que las palabras y los buenos modales no eran suficientes para generar un cambio. Dentro de su alma nunca guardó remordimiento por la muerte de los dos policías, nunca le importó realmente su familia. Ella se justificaba como el karma, haz cosas malas y tendrás cosas malas, conocimientos que le fue transfiriendo aquel amigo de 636.

Durante sus años en la clandestinidad, X-300 había construido una red de túneles subterráneos, un santuario para transhumanos perseguidos. No solo se había mantenido oculta, con ayuda de sus nuevos camaradas mecánicos, sino que había llevado a cabo modificaciones extremas en su propio cuerpo. Se modificó su otro brazo y las piernas. Las reforzó con un arsenal gigante de armas, toda cortesía del financiamiento de un selecto grupo de transhumanos influyentes en la sociedad, magnates del mecano boxeo y dueños de hospitales mecánicos. Estos hombres destacados comenzaron a ver que la revolución montada por X-300 y su nuevo amigo iba en serio y lo que comenzó como una resistencia improvisada se convirtió en un enorme escuadrón de mil hombres y mujeres máquina, listos para enfrentarse al sistema.

La marcha estaba programada para un viernes. Era jueves por la noche, y en la cámara principal de los túneles, X-300 se dirigió a una multitud. Decenas de ojos brillaban en la oscuridad iluminada por las luces emitidas por sus implantes.

X-300, de pie sobre un atril metálico, alzó la voz:

—¡Mañana será el día en que reclamaremos nuestra libertad! —declaró, y su voz retumbó en las paredes del refugio—. ¡Por años hemos mendigado reconocimiento, implorado respeto! Pero ellos nos niegan lo más básico: el derecho a ser quienes somos. Nos persiguen por mejorar nuestros cuerpos, por soñar con algo más que la debilidad de nuestra carne. ¡Nos han llamado monstruos! ¡Nos han tratado como aberraciones!

El público reaccionó con gritos de aprobación, un rugido de metal y furia contenida. X-300 levantó un puño mecánico.

—¡Mañana ya no pediremos nada! —prosiguió—. Mañana, el mundo sabrá que somos fuertes, que somos uno. Y si quieren aplastarnos, tendrán que enfrentarse a todo lo que somos. A nuestra voluntad de hierro y a nuestra resistencia inquebrantable. ¡Mañana no seremos esclavos ni fugitivos! ¡Mañana seremos libres o nada!

La multitud estalló en vítores. Los transhumanos estaban listos. El destino de una nueva era estaba a punto de forjarse.

La marcha comenzó con una multitud masiva de trashumanos y simpatizantes humanos que tomó por sorpresa a la alcaldía. Personas de todas las edades, modificados y no modificados alzaban pancartas con consignas como: "Libertad para los trashumanos", "No hay pecado en querer ser mejor”, "Abajo la ley de registro". La tensión se hizo palpable en el ambiente.

Las fuerzas policiales se movilizaron rápidamente, organizándose en un punto estratégico para interceptar la marcha. Las calles se inundaron de manifestantes, avanzando con determinación hasta toparse con una barrera policial. Frente a ellos se alzaba una muralla de escudos, detrás de la cual los agentes, fuertemente armados, esperaban la orden para actuar. No podías estar en las fuerzas del estado siendo transhumano.

El alcalde dio la orden de atacar y sin previo aviso los policías lanzaron sus nuevas bombas de pulso electromagnético. Las detonaciones afectaron a los humanos y trashumanos de la primera fila de la marcha. inutilizando sus partes mecánicas. Los manifestantes humanos, aterrados, comenzaron a huir. Al mismo tiempo, los policías avanzaron en formación cerrada y con escudos al frente, como si fueran una legión romana.

El caos se desató cuando los gases lacrimógenos y los gases super conductores llenaron el aire, envolviendo las calles en una espesa niebla. Muchos transhumanos, desorientados, retrocedían en busca de refugio. Sin embargo, en el centro de la multitud, un grupo reducido de combatientes mecánicos, leales a X-300 reaccionó. Eran solo diez, aunque los relatos posteriores exagerarían su número, hablando de miles.

El contraataque fue brutal. Balas de alto calibre silbaron en el aire y comenzaron a romper los escudos de los policías, obligándolos a replegarse en desorden. El contra ataque los tomó por sorpresa. Inmediatamente desde las alcantarillas emergieron los escuadrones de combate liderados por X-300 en persona, sorprendiendo aún más a las fuerzas del orden. La batalla se prolongó menos de lo esperado y poco a poco, los policías comenzaron a ser menos. Sus cuerpos comenzaron a ser despojados de sus armaduras, que rápidamente fueron tomadas por la resistencia transhumana.

La situación se volvió insostenible para el gobierno local. Desesperado, el alcalde pidió refuerzos militares mientras, a lo lejos divisaba una turba mecánica aproximándose donde estaba. Rápidamente, el edificio, se vio rodeado por hombres y mujeres máquina. X-300 destrozó la puerta de entrada dejando varios cuerpos de guardaespaldas sin vida.

Las comunicaciones con el exterior de cortaron y el alcalde, solo en su oficina, observaba con ojos desorbitados la imagen de las cámaras de seguridad en los televisores. Miró a X-300 avanzaba implacable por los pasillos de la alcaldía. Su paso resonaba con un eco metálico que parecía crecer en cada rincón del edificio. De pronto, la máquina se detuvo frente a una puerta que el alcalde conocía demasiado bien. Un estruendo ensordecedor la hizo volar en pedazos.

X-300 entró lentamente. Sus ojos brillaban con una intensidad fría e inhumana. Frente a ella, el alcalde temblaba, reducido, más insignificante que nunca, muy distinto al hombre altivo que aparecía en los noticieros. Su piel era pálida como la cera, y entre sus piernas una sombra comenzó a crecer.

X-300 no mostró compasión. Al caer la noche, los trashumanos ya se habían apoderado de la ciudad.

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