El eco

Lo comencé a notar desde que era niña justo después de un accidente. Había un extraño edificio en medio de mi ciudad que solo yo podía ver. Mis padres decían que estaba loca; los doctores decían lo mismo. No tenía sentido. En los periódicos nunca aparecía y tampoco se reflejaba en los espejos de los edificios de al lado. El edificio solo existía cuando yo lo miraba directamente, en cada esquina donde sabía que debía estar.

Cuando cumplí ocho años, fuimos con mi familia a volar cometas cerca del lugar donde yo veía aquel extraño edificio. Mi cometa subía alto y decidí dirigirla hacia esa imponente estructura. El viento la llevó hasta que, al acercarse, lo atravesó como si no existiera, como si fuera un fantasma. En ese momento, creí que estaba realmente loca. ¿Cómo podía ver un edificio que no existía? Mis padres me prohibieron volver a hablar del tema, pero nunca pude sacarlo de mi cabeza.

Cuando cumplí quince, mi primer novio me invitó a salir. Fuimos al mismo parque donde solía volar cometas. Mientras tomábamos un helado y caminábamos, decidí acercarme al edificio fantasma y ver que sucedía si caminaba más allá. Íbamos de la mano.

—Oye —le dije. Me miró—. ¿Te imaginas si construyeran un edificio justo al frente de nosotros?

—¿Un edificio? —preguntó. Me miraba como lo hacían mis padres.

—Sí, uno con paredes blancas, altísimo, casi tocando el cielo...

—Gaby —Me interrumpió con un tono serio—. ¿De qué estás hablando?

Sonreí incómoda y le dije que no era nada, solo un pensamiento al azar. Pero, mientras nos acercábamos, sentí cómo traspasaba el edificio. Por primera vez en mi vida, hice lo mismo que había hecho mi cometa. Mientras atravesaba la pared un paisaje de otro mundo se levantó ante mis ojos. Había espejos por todas partes, en las paredes, en el techo. Al fondo, vi a una mujer rubia, de piel pálida y uniforme blanco, sentada tras lo que parecía una recepción.

—¿Tiene cita? —Le alcancé a escuchar a la extraña mujer.

Me detuve en seco, soltando la mano de mi novio y mi helado y comencé a caminar hipnotizada hacia lo que parecían ser personas. Él se giró, confundido.

—¿Qué pasa Gaby? —preguntó, justo cuando una persona pasó a través de mí como si yo fuera un fantasma. Esa persona se dirigió a la recepcionista y dijo algo que no alcancé a escuchar porque mi novio seguía hablando. Me acerque a la extraña mujer hasta que su voz se escuchó fuerte y clara.

—El señor Smith la está esperando. Piso quince, ascensor dos —dijo ignorando completamente mi presencia.

Miré hacia arriba, fascinada. Escaleras que se movían solas, personas elegantemente vestidas caminando de un lado a otro, puertas que se abrían y cerraban automáticamente. No sé cuánto tiempo me quedé maravillada, pero finalmente noté que mi novio me miraba, desconcertado.

—No sabía que te gustaba tanto el aire libre —comentó con una risa nerviosa.

Los años pasaron, y me mudé cerca de aquel edificio fantasma. Eran mis veintes, mi época de rebeldía. Todos los días trotaba por el parque de las cometas y atravesaba la pared del edificio y siempre me encontraba con ese paisaje futurista. Las cosas dentro fueron cambiando con el tiempo. Vi recepcionistas diferentes, peleas, incluso accidentes.

A mis veinticinco años, presencié algo que me marcó para siempre. Iba trotando y vi como una de las ventanas se partía en mil pedazos y a lo lejos vi a un hombre cayendo. Apuré mi paso y mientras me acercaba los gritos de horror del hombre se hacían más altos. Ocurrió muy rápido. El piso lo recibió sin piedad al frente mío. El sonido y la imagen quedaron grabados en mi mente.

Fue en ese momento que conocí a Vance. Estaba en el parque y corrió hacia donde yo estaba, probablemente atraído por mi grito de horror. Estaba en shock, con lágrimas en los ojos. No era tristeza, sino el impacto de ver aquel cuerpo destrozarse contra el suelo bajo mis pies. Parecía haber sangre, pero sabía que era imposible porque cayó de un edificio que no existe. Mientras Vance se acercaba, personas fantasmas de, ningún lugar, comenzaron a llegar, unos tomaron fotos, otros pedían ayuda. Vance se acercaba y policías de ningún lugar comenzaron a llegar.

—¿Estás bien? — preguntó. Haciéndome olvidar por un segundo de mi pesadilla. No pude contenerme y me quebré en llanto.

—Estoy desesperada —respondí entre sollozos. Lo intenté abrazar, pero me contuve—. Perdón, no quiero molestarte. Yo me entiendo.

Vance me tomó de la mano y rodeó mi espalda con su brazo. Sus orejas parecían brócolis.

—Vamos a un lugar más tranquilo — dijo.

Fuimos a una cafetería cercana y me invitó un capuchino. Recuerdo que le puse demasiada azúcar por los nervios. Él, en cambio, pidió un café negro, sin nada. Por primera vez en mi vida, alguien me escuchaba sin juzgar. Le conté todo, el edificio, los espejos, las personas, lo que acababa de presenciar. Tenía tanto acumulado en mi cabeza, y por fin podía desahogarme. Él me miraba con atención.

—Entonces, ¿puedes ver el futuro? —preguntó. Ya lo había pensado también, aunque habían pasado veinte años y nadie hablaba de construir algo en ese lugar.

Vance era amable. Se ganaba la vida como luchador de kickboxing, de ahí la forma peculiar de sus orejas. Me prometió ayudar a buscar una explicación.

Nuestra relación se fue haciendo más estrecha. Fue la época más bonita de mi vida. Una noche llegó de improvisto. Le abrí la puerta e inmediatamente me entregó una hoja de periódico. Su cara de sorpresa no se podía disimular.

“El alcalde aprueba la construcción del que será el edificio más grande del país”. Decía el titular de la noticia. La zona del edificio estaba marcada, y era exactamente el lugar donde lo había visto toda mi vida.

Vance permanecía de pie, en el umbral de la puerta, frente a mí observando incrédulo. Pobrecito, tenía un morado en uno de sus ojos. Yo estaba impresionada. Más abajo de la página, había una imagen de cómo se vería el resultado final. El edificio que conocía, ahora iba a comenzar a construirlo. Era cierto. Podía ver el futuro.

Un año después, ya habían colocado los cimientos y construido los primeros cinco pisos. Ya no se podía ingresar al lugar, ahora estaba completamente demarcado con cintas amarillas de precaución. Me encantaba observarlo desde lejos. Podía ver el edificio real alineado perfectamente con lo que se estaba construyendo. Era como mirar el presente y el futuro en una misma imagen.

Vance finalmente se mudó a mi departamento. La vida se volvió más fácil entre los dos. Nos entendíamos en todo. Yo lo apoyaba tanto como podía. Nunca me perdía ninguna de sus peleas.

Un día algo extraño ocurrió. Había un rayo de luz naranja que se colaba por la ventana de la cocina. Ese resplandor me despertó. Volteé y Vance dormía profundamente. Me levanté con cuidado rumbo a la cocina. Noté como la luz teñía todo de rojo. Al llegar, miré por la ventana y vi un cielo completamente incendiado, como si alguien hubiera envuelto la tierra en llamas. En el horizonte, una gigantesca bola de fuego caía hacia nosotros.

Corrí hacia la habitación y sacudí a Vance, aterrada.

—¡Vance, levántate! ¡Vamos a morir! —grité mientras lo movía por los hombros.

Vance me abrazó para calmarme, y rápidamente quedó sobre mí, mirándome desconcertado.

—Cálmate, mi amor, no pasa nada —susurró—. Dime, ¿Qué viste?

—¡Vance! —respondí, agitada—. ¡Un maldito meteorito viene hacia nosotros! ¡Tenemos que irnos ya!

Vance sonrió mientras se incorporaba y me tendía la mano para ayudarme a levantar.

—Vamos, te mostraré que no pasa nada.

Caminamos hacia la cocina, y mientras avanzamos, pude escuchar claramente el sonido de brasas encendidas sobre nosotros. Al llegar a la ventana, Vance señaló hacia el horizonte con tranquilidad.

—Mira, amor —dijo—. Todo está bien.

Pero no podía ser cierto. Me acerqué lentamente a la ventana y vi cómo esa gigantesca bola de fuego impactaba contra el edificio, levantando una nube de polvo que cubría todo el paisaje. Vance solo miraba el horizonte, mientras yo veía carros y escombros volando por los cielos y cayendo sobre las personas. Vi un magma brillante que comenzó a extenderse por la zona de la explosión, mientras un humo denso y lleno de ceniza negra cubría toda la zona. Vi cómo los escombros de nuestro piso atravesaron a Vance como si fueran hologramas. Todo parecía tan real.

Después de ese día, nunca volví a ver el edificio. Solo quedaba el paisaje de la construcción, como si nunca hubiera estado ahí. Aunque, pensándolo bien, en realidad, nunca estuvo.

Pasaron los años, y me mudé de país junto con Vance. Aquellos días de ver edificios fantasmas habían quedado como simples anécdotas. Vivía tranquila con Vance, quien ya se había retirado de las peleas justo el año en que el edificio se iba a inaugurar. Yo ya tenía treinta y seis años. En una década, la humanidad había logrado construir aquella obra arquitectónica imponente. Le pregunté a Vance si podíamos ir a verlo. Planeamos el viaje para la semana siguiente.

Cuando llegamos, estaba emocionada. Cada detalle que había visto en mis visiones cobraba vida frente a mis ojos: la recepción, los espejos, las escaleras eléctricas, los ascensores. Incluso la recepcionista era la misma rubia que vi por primera vez tantos años atrás. Era como si el tiempo no hubiera pasado. Sabía perfectamente cuáles ascensores llevaban a los pisos pares y cuáles a los impares. Estaba anonadada, perdida en mis recuerdos, hasta que una voz conocida me sacó de mi trance.

—Disculpe, señorita —dijo la recepcionista, con tono cortés—, ¿tiene cita agendada?

—Solo estamos mirando —respondió Vance con una sonrisa tranquila.

—Por la inauguración estamos ofreciendo un tour —agregó ella—. En diez minutos arranca el grupo. ¿Les gustaría esperar?

Asentí con entusiasmo, como una niña en Navidad. Por primera vez iba a explorar esos pisos que nunca pude alcanzar cuando todo era solo un espejismo. Subimos hasta el piso sesenta, y al llegar no pude evitar recordar al hombre que vi lanzarse desde aquella altura. Recordé que llevaba un traje, pero no recuerdo bien su rostro; solo la masa inerte que quedó tras la caída. Pero había algo que no se me olvidaba. Su reloj de oro, un reloj de oro exactamente igual al que tenía nuestro guía.

Después de visitar la terraza, el guía nos llevó al piso cuarenta, donde ofrecieron refrigerios y vendían recuerdos. Mientras los demás disfrutaban del descanso, el hombre comenzó a hablar en voz alta para llamar la atención del grupo.

—¡Todos me oyen! —exclamó mientras agitaba los brazos—. Los vitrales que cubren cada piso cuentan con la última tecnología en seguridad. Tanto así que podría apostar mi vida en ello.

De repente, sin previo aviso, el hombre empezó a correr como loco hacia el vidrio. Sus intenciones eran claras. Mis instintos me hicieron gritar con todas mis fuerzas.

—¡No! —Mi garganta se desgarró.

El guía no se detuvo. Corrió con todas sus fuerzas hasta que chocó contra el vidrio, rebotando hacia atrás y cayendo al seguro suelo del piso. Todo el público soltó un suspiro de alivio al unísono. Una ancianita dulce me tomó de la mano.

—Niña, estás muy nerviosa —me dijo con una sonrisa que logró calmarme un poco—. Ven, vamos a sentarte. A mí tampoco me gustan esas bromas. Qué joven tan irresponsable, jugar así con su vida.

Vance me ayudó a llegar a un sofá cercano. Mientras intentaba calmarme, el hombre que había hecho la broma se acercó con un gesto de arrepentimiento.

—Oye —dijo con voz de niño regañado—. Invertimos más de cincuenta millones en estos vitrales. Estamos seguros. Solo era una pequeña broma.

Lo miré con miedo y le respondí, todavía temblando:

—Por favor, no lo vuelva a hacer.

Regresamos al departamento que habíamos alquilado. Traté de distraerme, pero no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Había algo en ese hombre que no me dejaba tranquila. ¿Era él, el mismo que vi caer cuando tenía veinticinco años?

Esa noche, mientras Vance dormía, me senté en una mesa y con una libreta comencé a hacer cuentas. Había entrado por primera vez al edificio fantasma cuando tenía quince años. A los veinticinco vi a aquel hombre caerse. Nunca había visto el edificio construirse; solo lo veía cuando ya estaba completo en mis visiones. La recepcionista rubia siempre había estado allí, desde el principio. Y ahora, cuando el edificio era real, era la misma mujer que nos atendió durante el tour.

Si mis cálculos eran correctos, al hombre del reloj de oro le quedaban aproximadamente diez años de vida. Esa noche no pude dormir. Las pesadillas me invadieron. Si esa rubia era la misma, también lo seria ese asteroide. Vance terminó despertándose. Eran las dos de la madrugada.

—¿Qué pasa, bebé? —preguntó tiernamente.

—Creo que debo de advertirle —dije, con la voz cargada de ansiedad—. Tenemos que ir al edificio mañana.

—Claro amor —dijo—. Pero recuerda que mañana volamos a casa.

—Lo sé —respondí—. Aunque si lo hacemos a primera hora estaremos justo a tiempo en el aeropuerto. Solo le decimos a la recepcionista que nos deje hablar cinco minutos con él y ya.

—¿Y si no está?

—Le dejaré una carta.

Y así lo hicimos. El plan era cargar el equipaje en el carro rentado, pasar por el edificio para advertirle al guía que se cuidara, especialmente en los próximos diez años, luego devolver el carro y finalmente tomar un taxi al aeropuerto. Si todo salía bien, llegaríamos con dos horas de anticipación.

Entré al edificio por la puerta de cristal y hablé con la recepcionista. Le pregunté por el guía que nos había acompañado el día anterior.

—Lo siento, señorita, pero no ha llegado. Si gusta, puedo dejarle su razón.

—Por favor, entréguele esto. Es de vida o muerte.

La recepcionista lucía confundida, pero asintió. Salí del edificio, Vance me esperaba. Le conté que me había tocado entregarle la carta. recuerdo muy bien lo que escribí:

“Por favor, ten mucho cuidado. En diez años, no te vayas a lanzar.”

Logramos llegar al aeropuerto a tiempo. Me sentía importante. No todos los días se salva una vida. Aunque, claro, el resultado de mi acción solo se confirmaría en el futuro.

Era mi cumpleaños número cuarenta y seis. Vance me despertó con el desayuno en la cama.

—¡Feliz cumpleaños, preciosa! —dijo mientras colocaba una bandeja con café y pastel en mis piernas.

Sonreí, sabía que este era el año que esperaba con ansias.

—¿Trajiste el portátil? —pregunté mientras cortaba un trozo de pastel.

—Mira —respondió y lanzo suavemente el computador sobre la cama con la pantalla ya abierta—. No hay nada sobre suicidios de personas con relojes de oro.

Reí aliviada. Desde que comenzó el año, Vance se había suscrito a la página web de prensa de nuestro antiguo país y no nos perdíamos los titulares.

Pasaron los meses y una mañana leí un titular devastador:

“¡ALERTA! METEORITO MUY CERCA DE LA TIERRA”

Era de día y los primeros rayos del sol acariciaban nuestras cortinas. Estábamos debajo de las sábanas. Agarré la pantalla de mi computador con mis dos manos y la ajusté. Era aterrador. El artículo indicaba que el meteorito se acercaría peligrosamente al planeta en aproximadamente cinco años. Recordé la explosión, pero los tiempos no tenían sentido. Según lo que vi, el meteorito impactó un año después del suicidio del hombre, lo recuerdo muy bien porque Vance se pasó a vivir conmigo para esa época.

Vance se levantó y salió a buscar agua. Comencé a leer con mayor detenimiento. Decía que el meteorito se había desviado abruptamente de su curso y que su parábola, muy probablemente alcanzaría a la tierra.

Vance comenzó a gritar desde nuestra salita. Agitado gritaba mi nombre. Salté de la cama y corrí descalza hacia donde estaba.

—Lo que viste bebe —dijo preocupado señalando el televisor con el control mientras subía el volumen. En la pantalla había una reportera en primer plano con la imagen del edificio en el fondo. Su voz fue aumentando:

“...No quedó nada del empresario. Durante lo que parecía ser un día normal, una ventana del piso cuarenta del Golden Build se rompió y un hombre cayó al vacío. Se trataba de Lord Valentine uno de los cofundadores del edificio. Dos testigos que estaban con él, presenciaron la muerte.”

El noticiero mostró a una mujer joven y atractiva hablando entre risas nerviosas.

“Estábamos interesados en rentar el piso cuarenta para nuestra empresa y de repente, Mr. Valentine salió corriendo hacia la ventana. Dijo que apostaría su vida... Perdón, no debería reírme de esta situación, pero es que es increíble… Perdónenme. Él dijo que habían invertido casi cincuenta millones en los ventanales, que eran de lo último en seguridad... Creo que no esperaba que el vidrio se rompiera...”

El noticiero cortó la transmisión, probablemente para evitar incomodar a la mujer. Yo no podía creerlo. No lo había logrado salvar, ¿habrá leído la carta? La pantalla mostró fotos pixeladas del hombre, junto con declaraciones de sus conocidos. Lo describían como alguien alegre y muy bromista, alguien que no merecía ese destino. Busqué de inmediato fotos del accidente sin censura desde mi móvil y vi la misma imagen que vi cuando tenía veinticinco. El cuerpo destrozado en la misma posición. Comencé a temblar.

—Estamos jodidos —dije. Vance se acercó tiernamente y me abrazó.

—No importa lo que pase, lo enfrentaremos juntos —respondió.

eLEco

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