El escuadrón Imposible Parte 1

El sol descendía lentamente sobre las playas de Cartagena, incendiando de naranja las murallas y dejando sobre el Caribe una franja de luz que parecía prolongarse hasta el fin del mundo.

Maqroll, a quien desde hacía tantos años llamaban el Gaviero que pocos recordaban preguntarle por otro nombre, contemplaba el espectáculo desde una mesa cercana a la playa. Tenía frente a él una piña colada que apenas había probado, una botella de whisky considerablemente más atendida y un grueso puro consumiéndose entre sus dedos.

A su lado estaba Yorenis, una morena cartagenera de piernas largas, sonrisa fácil y unos ojos negros que aquella tarde habían encontrado en Maqroll razones suficientes para prolongar el encuentro.

—¿A qué hora vamos a la habitación, bonito? —preguntó ella, acercándose a su oído.

Maqroll bebió un sorbo de whisky sin apartar los ojos del horizonte.

—Cuando se oculte el sol. Hay cosas que no conviene apresurar, un buen whisky, una puesta de sol y una mujer hermosa.

—Hablas mucha mierda.

—También me lo han dicho.

Yorenis rio.

Maqroll la tomó por la cintura y la besó largamente. Su mano áspera, curtida por cabos, cubiertas y demasiados viajes, se deslizó bajo la blusa de la mujer. Ella cerró los ojos y se acercó más a él.

Durante unos instantes no hubo nada más que el rumor del mar, la música lejana y el crepitar del puro entre los dedos de Maqroll. La tarde parecía dispuesta a morir sin contratiempos.

Pero otro sonido comenzó a mezclarse con el oleaje.

Al principio era apenas un murmullo distante, fácil de confundir con el viento detrás de las palmeras. Poco a poco se hizo más grave, más cercano, hasta que Maqroll reconoció el rugido inconfundible de motores pesados.

Dos camionetas avanzaban hacia ellos levantando arena.

—¿Amigos tuyos? —preguntó Yorenis.

El Gaviero retiró lentamente la mano.

Los vehículos frenaron a ambos lados de la pareja.

Maqroll contempló durante unos segundos su vaso.

Maldita sea.

Del puesto del copiloto de una de las camionetas descendió un hombre uniformado. Luego otro. Y otro.

El primero caminó hacia él.

—¿Señor Maqroll?

El Gaviero dio una última calada al puro.

—Depende de quién pregunte.

—Maqroll el Gaviero.

—Entonces parece que no depende.

El militar permaneció impasible.

—Debe acompañarnos.

Maqroll miró la botella de whisky. Todavía quedaba más de la mitad. Aquello, pensó, era lo verdaderamente imperdonable.

—¿Puedo preguntar adónde?

—Se lo explicarán.

—Naturalmente.

Uno de los soldados puso una mano sobre su hombro.

Maqroll bajó la mirada hacia ella.

El hombre comprendió y la retiró.

—Eso está mejor —dijo el Gaviero.

Se puso de pie, tomó el puro y alcanzó la botella de whisky antes de dirigirse hacia la camioneta.

—¿Y tú para dónde hijueputas crees que vas? —gritó Yorenis a sus espaldas.

Maqroll se detuvo.

—Me reclaman asuntos de Estado, querida.

—¡¿Asuntos de Estado?! ¡Careverga, no me has pagado!

Los soldados evitaron mirarse.

Maqroll rebuscó en sus bolsillos. Encontró un par de monedas, una ficha de casino, un fósforo usado y un billete extranjero que probablemente ya no tenía valor en ninguna parte.

Suspiró.

—Cuando vuelva.

—¡Hijueputa!

Maqroll sonrió y subió a la camioneta.

—Eso último —dijo acomodándose junto a los soldados— me lo han dicho en puertos bastante más lejanos.

La puerta se cerró.

Mientras los vehículos arrancaban, el Gaviero observó por la ventana cómo Yorenis se hacía pequeña detrás de ellos, todavía insultándolo con los brazos en alto.

Después miró al militar sentado enfrente.

Destapó la botella.

—Bien —dijo—. Ya arruinaron ustedes una tarde bastante prometedora. Espero que al menos Colombia esté en peligro.

El militar no respondió.

Maqroll bebió.

Conocía aquel silencio.

Siempre era el mismo.

Y nunca anunciaba nada bueno.

Maqroll apareció poco después en un salón excesivamente blanco, de esos que tienen la virtud de hacer sentir culpable a cualquiera que entre con los zapatos sucios. En el centro había una mesa redonda. Sobre ella, una jarra de agua, dos vasos y varias carpetas cerradas.

Al otro extremo lo esperaba el nuevo ministro de Defensa, Luis Fernando Ramírez Acuña.

El Gaviero tomó asiento.

—Si ve las noticias, don Gaviero, sabrá que mi antecesor renunció.

—Algo escuché.

—Entonces también sabrá que he recibido un ministerio en una situación particularmente delicada. Las Fuerzas Militares atraviesan un momento difícil y, mientras tanto, al señor presidente le ha dado por entregarle a la guerrilla un territorio del tamaño de un país pequeño para sentarse a conversar.

Maqroll soltó una carcajada.

El ministro interrumpió su discurso.

—¿He dicho algo gracioso?

—Discúlpeme, señor.

—¿Entonces?

—Por un instante creí que usted era Andrés Pastrana.

Ramírez frunció el ceño.

—¿Cómo dice?

—Hasta que comenzó a hablar mal de él. Entonces comprendí mi error.

Hubo unos segundos de silencio.

Finalmente, el ministro sonrió.

—Tiene fama de insolente.

—He tenido famas peores.

Ramírez abrió una de las carpetas.

—Antes de continuar quiero dejar algo perfectamente claro. esta reunión nunca ocurrió.

Maqroll asintió con gravedad.

—Por supuesto.

Se acomodó en la silla.

—Ahora que lo menciona, tampoco recuerdo haber estado aquí.

El ministro lo observó durante unos segundos.

Ramírez se levantó y caminó lentamente alrededor de la mesa.

—El Gobierno está comprometido con el proceso de paz. Mi obligación es respetar esa decisión.

Maqroll permaneció en silencio.

—Pero mi obligación también es impedir que mientras los políticos hablan de paz, los hombres que están al otro lado de la mesa aprovechen cada minuto para fortalecerse.

El ministro apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tengo generales inconformes. Oficiales que consideran que el Ejército está combatiendo con una mano atada a la espalda. Después de lo ocurrido con Lloreda, lo último que necesita este país es una crisis dentro de sus propias Fuerzas Armadas.

—Colombia parece tener una curiosa afición por acumular guerras —dijo Maqroll.

—Precisamente.

Ramírez regresó a su asiento.

—Hay operaciones que el Ejército puede realizar.

Hizo una pausa.

—Y otras que oficialmente no puede siquiera considerar.

Maqroll miró las carpetas.

Comenzaba a comprender por qué lo habían sacado de aquella playa.

—Y supongo que ahí entro yo.

—Ahí entra usted.

El ministro deslizó una carpeta hacia él.

Maqroll no la abrió.

—¿Qué quiere?

—Estoy formando una unidad.

—Ya tiene un ejército.

—Esto no será parte del Ejército.

—¿Policía?

—Tampoco.

Maqroll levantó una ceja.

—Entonces empezamos a entendernos.

Ramírez se inclinó hacia él.

—Será un grupo completamente ajeno a la estructura oficial. Sin insignias. Sin nómina. Sin expedientes. Personas que puedan llegar a lugares donde nosotros no podemos aparecer y hacer aquello que ninguna institución del Estado puede reconocer públicamente.

Maqroll observó al ministro.

Había escuchado aquellas condiciones antes, pronunciadas en otros idiomas y en puertos considerablemente más miserables. Siempre cambiaban las banderas. Nunca cambiaba el negocio.

—¿Y qué espera que hagan esos hombres?

—Mantener ciertas amenazas a raya. Conseguir información. Intervenir cuando los canales oficiales no sean suficientes —dijo el ministro—. Necesito gente excepcional.

Maqroll observó las carpetas durante unos segundos antes de tomar la primera.

—Los hombres excepcionales suelen traer problemas excepcionales.

—Por eso lo necesito a usted.

El Gaviero levantó la mirada.

—¿A mí?

—Quiero que dirija el grupo.

Maqroll dejó nuevamente la carpeta sobre la mesa.

—Ministro, creo que se ha formado una idea equivocada de mí. Nunca he dirigido soldados.

—No serán soldados.

—Peor todavía.

Ramírez sonrió.

—No tendrá rango, uniforme ni despacho. Tampoco aparecerá en ninguna nómina del Ministerio. Recibirá instrucciones únicamente de mí y únicamente a mí dará cuenta de sus operaciones.

—Empieza a sonar como uno de esos trabajos que terminan con alguien flotando en un río.

—Por lo que sé de usted, don Gaviero, no sería la primera vez.

Maqroll sonrió apenas.

El ministro señaló las carpetas.

—Ahí encontrará varios candidatos. Algunos fueron seleccionados por Inteligencia. Otros por recomendación personal. Usted decidirá quiénes sirven y quiénes no.

—¿Y luego?

—Los reúne.

—¿Así de sencillo?

—Dudo mucho que lo sea.

Maqroll suspiró y abrió la primera carpeta.

Pasó una hoja.

Luego otra.

En la tercera se detuvo.

Había una fotografía en sepia.

Un hombre delgado, de bigote austero y mirada severa observaba la cámara.

Maqroll acercó la fotografía.

Debajo aparecía un nombre escrito a máquina:

AURELIANO BUENDÍA.

Permaneció inmóvil.

Observó nuevamente la fotografía. Después bajó la mirada hacia la fecha impresa en el expediente.

Volvió a mirar al ministro.

—¿Esto es un chiste?

—No lo es.

—Este hombre debería llevar décadas muerto.

—Debería.

Maqroll sostuvo la mirada del ministro durante unos segundos, como esperando encontrar en ella alguna señal de burla.

No encontró ninguna.

Cerró lentamente la carpeta.

—Ministro...

—¿Sí?

—Creo que voy a necesitar un trago.

Ramírez no respondió. Abrió uno de los cajones del escritorio y sacó una botella de Johnnie Walker Blue Label. La puso sobre la mesa entre ambos.

Maqroll contempló primero la botella.

Luego al ministro.

Después volvió a contemplar la botella.

Por primera vez desde que había entrado en aquel edificio, sonrió con auténtica satisfacción.

—Empiezo a pensar que usted y yo podremos entendernos, señor ministro.

Ramírez tomó dos vasos.

—Eso espero, Gaviero.

Maqroll volvió a abrir la carpeta de Aureliano Buendía.

Esta vez lo hizo con el whisky al lado.

Maqroll fue embarcado rumbo a Aracataca esa misma tarde.

Según el expediente, aquel había sido el último lugar donde se tuvo noticia del coronel Aureliano Buendía: sobreviviente de incontables guerras, veterano, antiguo jefe revolucionario y, según una anotación que alguien había añadido a mano, aficionado a los gallos.

Si las fechas eran correctas, el hombre que buscaba debía rondar los ciento cincuenta años.

Maqroll había aprendido hacía mucho tiempo que las fechas rara vez eran correctas.

Aracataca resultó ser un pueblo pequeño, caliente y obstinadamente tranquilo. Casas sencillas se levantaban a ambos lados de calles donde el polvo parecía haberse instalado para siempre. Los árboles ofrecían una sombra insuficiente y los zancudos atacaban con la disciplina de un ejército bien alimentado.

Se hospedó en un hotel viejo que ofrecía exactamente lo necesario para no morir y absolutamente nada para disfrutar de estar vivo.

La habitación tenía una cama, un ventilador que giraba sin convicción y una manguera instalada sobre el desagüe del baño con pretensiones de ducha.

Maqroll se bañó.

El agua salió tibia.

—Naturalmente —murmuró.

Después se puso una camisa limpia, encendió un puro y salió a buscar al coronel.

No comenzó por la alcaldía.

Tampoco por la estación de policía.

Mucho menos por la iglesia.

Conocía suficientemente bien a los hombres que habían sobrevivido guerras como para saber dónde buscar primero.

Preguntó por el antro más concurrido del pueblo.

Lo encontró antes de medianoche.

El establecimiento era una construcción enorme de madera y bambú que parecía sostenerse gracias al ruido. La música golpeaba las paredes. El humo flotaba bajo el techo y el aguardiente corría sobre las mesas con mayor abundancia que el agua en el hotel.

Había mujeres de Cartagena, Barranquilla, Cali y de pueblos cuyos nombres Maqroll probablemente había olvidado hace mucho tiempo. Bailaban sobre grandes mesas de bambú mientras hombres sudorosos gritaban, bebían y apostaban. La dama de la lujuria se movia por el lugar.

Maqroll sonrió.

Por fin había encontrado un lugar razonable.

Escogió una mesa contra la pared desde donde podía observar prácticamente todo el salón.

Pidió whisky.

No había.

Pidió ron.

Eso sí.

Encendió otro puro y comenzó a estudiar los rostros.

Pasó casi una hora.

Nada.

Empezaba a considerar la posibilidad de que el expediente del Ministerio hubiera conseguido enviarlo detrás de un muerto cuando algo llamó su atención.

Oro.

Dos pequeñas monedas atravesaron el aire y cayeron sobre una mesa al otro extremo del salón.

Una mujer las recogió inmediatamente.

Maqroll siguió con la mirada al hombre que las había lanzado.

Estaba sentado solo.

La mujer se acercó al extraño hombre y sonriendo comenzó a desabrocharse el brasier. Cuando terminó, se lo arrojó a la cara. El misterioso hombre lo atrapó sin dificultad.

Maqroll dejó lentamente el vaso sobre la mesa.

Había visto aquella cara.

Sacó discretamente del bolsillo de su camisa una fotografía amarillenta.

Miró la fotografía.

Después al hombre.

Nuevamente la fotografía.

El mismo rostro alargado.

Los mismos ojos.

El mismo bigote.

Pero había un problema.

La fotografía del expediente tenía casi un siglo.

Y aquel hombre no aparentaba más de cincuenta y tantos años.

Maqroll guardó la fotografía.

—Vaya, vaya...

El desconocido levantó su vaso mientras la mujer se acomodaba sobre sus piernas.

Entonces giró ligeramente la cabeza. Sus ojos encontraron los de Maqroll al otro extremo del salón. Durante un instante ninguno de los dos apartó la mirada. Maqroll comprendió que ya lo había descubierto.

El hombre dijo algo al oído de la mujer. Ella se levantó, tomó las monedas y desapareció entre la multitud.

Después sirvió otro trago.

No hizo ningún gesto para invitarlo.

No hacía falta.

Maqroll tomó su vaso y atravesó el salón.

Cuando llegó a la mesa, el hombre continuó mirando hacia el frente.

—Coronel Aureliano Buendía —Preguntó el Gaviero.

El hombre bebió mirando al horizonte.

—Hace muchos años nadie me llama así.

Maqroll tomó asiento sin pedir permiso.

—Hace muchos años que usted debería estar muerto.

Aureliano giró lentamente hacia él.

Lo estudió de arriba abajo y terminó su trago.

—Y, sin embargo, aquí estamos los dos —respondió Buendía.

Maqroll sonrió.

Aquello empezaba a ponerse interesante.

Escuadrón Imposible

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