El helicóptero de las Fuerzas Militares surcaba los cielos de Colombia con rumbo al sur de Medellín.
En el interior viajaban el coronel Aureliano Buendía y Maqroll el Gaviero. El estruendo de las hélices hacía vibrar las paredes metálicas de la aeronave y obligaba a ambos hombres a elevar la voz.
Aureliano observaba por la ventanilla el paisaje que corría bajo sus pies.
—¿Qué vamos a hacer en Medellín?
Maqroll sacó una carpeta verde y se la entregó.
—Buscar a nuestra próxima recluta.
El coronel la recibió y abrió el expediente.
En la primera página había una fotografía de una mujer joven. Debajo, unas cuantas líneas mecanografiadas:
Ministerio de Defensa Nacional
Documento Reservado
Nombre: Rosario
Apellido: N/A
Alias: Rosario Tijeras
Nacimiento: Entre 1974 y 1978
Lugar: Medellín, Antioquia
Actividad conocida: Sicaria
Estado actual: Privada de la libertad
Aureliano levantó la mirada.
—¿Vamos a reclutar a una niña?
Maqroll encendió un puro.
—No se deje engañar por la fotografía.
El coronel continuó pasando las páginas.
—Es una niña.
—Una niña a la que Inteligencia atribuye más muertos de los que aparecen en ese expediente.
Aureliano cerró la carpeta.
—He conocido muchos hombres que mataban sin pensarlo. Nunca consideré que fuera una virtud.
Maqroll expulsó lentamente el humo.
—Yo tampoco. Pero si queremos que este grupo funcione y, con algo de suerte, permanecer vivos el mayor tiempo posible, necesitamos a alguien así como ella.
Aureliano lo miró.
—Necesitamos a alguien capaz de apretar el gatillo sin vacilar cuando llegue el momento —continuó Maqroll.
Aureliano no respondió. Abrió nuevamente el expediente y se detuvo en el nombre impreso bajo la fotografía.
ROSARIO TIJERAS.
Lo leyó una segunda vez.
—¿Por qué “Tijeras”? —preguntó finalmente.
—Esa es una excelente pregunta para hacérsela usted mismo.
El Gaviero expulsó lentamente el humo del puro y volvió la mirada hacia la ventanilla.
El helicóptero comenzó a descender.
Medellín apareció bajo ellos, extendida entre montañas verdes. El cambio desde Aracataca era casi una insolencia. Atrás quedaban el calor sofocante, el polvo y los zancudos del Magdalena; allí el aire era más fresco y las montañas encerraban la ciudad como enormes murallas cubiertas de vegetación.
Aureliano contempló las calles, los edificios y las carreteras desde la ventanilla.
Había visto crecer ciudades enteras durante su larga vida.
Nunca terminaba de acostumbrarse.
El helicóptero descendió en una instalación militar cercana a la antigua Reclusión de Mujeres El Buen Pastor.
Dos hombres los esperaban junto a una camioneta blindada.
Maqroll bajó primero.
Aureliano descendió detrás de él todavía con la carpeta bajo el brazo.
Los hicieron subir al vehículo. Las puertas se cerraron con un golpe seco.
Los vidrios estaban tan polarizados que desde afuera resultaba imposible distinguir siquiera una silueta. Desde dentro, Medellín desfilaba ante ellos como una película oscurecida.
Al cruzar los portones de El Buen Pastor, lo primero que vieron fue una larga hilera de ropa tendida sobre un enrejado oxidado. Camisas, pantalones, ropa interior y sábanas se mecían con la brisa tibia de la mañana.
La presencia de dos hombres desconocidos no tardó en llamar la atención.
Una interna se acercó a las rejas.
Luego otra.
En cuestión de segundos, varias mujeres se habían amontonado junto a las rejas para observarlos.
Un silbido atravesó el patio.
—¡Uy, papacito!
Las demás soltaron carcajadas.
—¡Venga, pues, que acá lo cuidamos!
—¡El del bigote! ¡Mire pa'cá, papito rico!
Aureliano continuó caminando sin alterar el gesto.
Los silbidos aumentaron.
Maqroll, en cambio, levantó discretamente una mano para saludar.
Aquello provocó todavía más gritos.
—Parece que somos bien recibidos —dijo el Gaviero—. Hay lugares donde he necesitado bastante más tiempo para causar una buena impresión.
Una guardiana que caminaba delante de ellos giró la cabeza.
—No les sigan la corriente.
Maqroll sonrió.
—Señora, a estas alturas de mi vida es la corriente la que suele seguirme a mí.
Aureliano negó lentamente con la cabeza y continuó caminando.
Rosario se encontraba en el taller de confección, inclinada sobre una larga mesa de madera. Su trabajo consistía en cortar las piezas de tela que luego serían utilizadas para confeccionar los uniformes de las nuevas internas.
Las tijeras eran grandes y pesadas, propias de costurera, aunque sus puntas habían sido cuidadosamente redondeadas.
Rosario trabajaba en silencio.
Clac.
La tela se abría bajo las hojas metálicas.
Clac.
Por momentos, aquel sonido le traía recuerdos que prefería mantener enterrados.
Su niñez.
La sangre.
La resistencia de la carne bajo el metal.
Rosario apretó las tijeras.
Clac.
—¡Rosario!
La voz de una guardiana la devolvió al taller.
Rosario levantó la mirada.
—Acompáñeme. Tiene visita.
Rosario observó a la mujer durante unos segundos. Después dejó las tijeras sobre la mesa.
Tenía los tobillos sujetos por una corta cadena que limitaba sus pasos. Antes de abandonar el taller, la guardiana le colocó también las esposas.
—¿Quién vino?
—Camine.
Rosario obedeció.
Atravesó los corredores con el sonido de la cadena acompañando cada paso.
Al llegar al salón de visitas encontró a dos hombres sentados al otro lado de una mesa.
Uno tenía aspecto de haber pasado demasiados años viajando y demasiadas noches bebiendo. El otro era diferente, delgado, de bigote severo y una mirada extrañamente vieja para un rostro que no aparentaba mucho más de cincuenta años.
Rosario tomó asiento frente a ellos. Sus ojeras eran profundas. La piel, pálida por los meses de encierro, contrastaba con el color natural de sus labios rosados. Su cabello negro caía como una cascada sin demasiado cuidado sobre sus blancos hombros.
Miró primero a Maqroll.
Después al coronel.
—¿Quiénes son?
Maqroll se acomodó en la silla.
—Es un placer conocerla, señorita Tijeras. Digamos que venimos en representación del Gobierno.
Rosario soltó una pequeña carcajada.
—¿Y qué hijueputas quiere el Gobierno conmigo?
Aureliano observó a Maqroll.
El Gaviero sonrió.
—Ofrecerle una oportunidad.
—¿De qué?
—De redimirse.
Rosario perdió inmediatamente la sonrisa.
—No me interesa.
Se volvió hacia la puerta.
—¡Guardia!
Intentó levantarse.
Aureliano extendió una mano y la sujetó por el hombro.
Rosario se quedó inmóvil.
Primero miró la mano.
Después al coronel.
—Quite la mano.
Aureliano no lo hizo.
—Podemos sacarla de aquí.
Rosario sostuvo su mirada durante unos segundos.
—Ya dije todo lo que tenía que decir.
—Todavía no sabe lo que estamos ofreciendo —respondió Aureliano.
—No necesito saberlo.
Se inclinó ligeramente hacia él.
—Ya me hice a la idea de pudrirme en este lugar.
Maqroll intervino antes de que Aureliano respondiera.
—Eso puede arreglarse.
Rosario giró hacia él.
El Gaviero apoyó los brazos sobre la mesa.
—La pregunta, señorita Tijeras, es qué estaría dispuesta a hacer para volver a ver Medellín desde el otro lado de esas rejas.
Rosario guardó silencio.
Por primera vez desde que había entrado al salón, observó a los dos hombres con verdadero interés.
—¿Vos me estás hablando en serio?
Maqroll sonrió.
—Hoy mismo puedo sacarla de aquí. Digamos que terminaría de cumplir su condena... al aire libre.
Rosario entrecerró los ojos.
—¿Así de fácil?
—Nada que involucre al Gobierno suele ser fácil.
Rosario miró a Aureliano. Después volvió hacia Maqroll.
Poco a poco, una sonrisa apareció en su rostro.
—Bueno —dijo, acomodándose en la silla—. ¿A quién tengo que matar?
Aureliano cerró los ojos por un instante.
Maqroll lo miró de reojo.
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