Escuadrón Imposible — Parte 3

Granada, Meta.

La gallera estaba llena desde antes de caer la noche. Campesinos, ganaderos, comerciantes y hombres llegados de las veredas rodeaban el pequeño redondel mientras corrían de mano en mano el aguardiente, los billetes y las apuestas.

En aquella región había un hombre al que pocos se atrevían a desafiar.

Lo conocían como el Gallero.

Comandante guerrillero y campeón habitual de aquellas arenas, llevaba meses recorriendo los pueblos con un animal que había adquirido fama de invencible. El Palenque, bautizado en honor a una vieja canción de Vicente Fernández.

Aquella noche, sin embargo, alguien había reunido el valor suficiente para enfrentarlo.

Un humilde campesino se abrió paso entre la multitud. Llevaba entre sus manos oscuras un gallo inquieto que no dejaba de sacudir las alas.

—Logré reunir cuatrocientos treinta mil pesos, don Gallero —dijo.

Levantó ligeramente al animal.

—Todo a que mi Tifón muele a su Palenque.

Algunas risas nerviosas recorrieron la gallera.

El Gallero sonrió.

—¿Cuatrocientos treinta?

—Hasta el último peso.

El comandante observó al campesino durante unos segundos. Después sacó el revólver de la cintura.

—Si me gana, le doy un millón.

Levantó el arma.

¡BANG!

El disparo hizo estremecer el lugar.

—¡A jugar, pues!

La multitud estalló en gritos.

El campesino regresó a su esquina mientras el Gallero se acercaba lentamente a la jaula del Palenque. Abrió la portezuela y el animal salió con el pecho erguido, caminando alrededor de su dueño y cacareando como si también supiera que nadie había logrado derrotarlo.

Al otro extremo, el campesino bajó a Tifón. El gallo arañó la tierra y se afianzó sobre el terreno.

Una hermosa mulata entró al centro del redondel. De su cintura colgaba una pistola enfundada.

Los apostadores comenzaron a callar.

Los dos hombres conocían la regla.

Cuando sonara el disparo, soltarían los gallos.

La mujer llevó lentamente la mano hacia la cintura.

El silencio se apoderó de la gallera.

Sus dedos alcanzaron la empuñadura.

Entonces un portazo retumbó en el lugar.

¡BAM!

Todas las cabezas se volvieron hacia la entrada.

Un hombre delgado, de bigote severo, permanecía bajo el umbral. De una de sus manos colgaba una pesada maleta y de la otra la jaula de un gallo.

Aureliano Buendía recorrió la gallera con la mirada.

—Si alguien va a derrotar al Palenque —dijo—, será mi Arcadio.

El murmullo fue inmediato.

Aureliano avanzó.

Nadie intentó detenerlo.

Llegó hasta el centro del redondel y arrojó la maleta a los pies de la mulata.

La cerradura cedió con el golpe.

Varios fajos de billetes quedaron a la vista.

—Ahí hay diez millones de pesos en efectivo —dijo Aureliano—. Todos contra la vida de su gallo.

El campesino abrazó a Tifón contra el pecho y retrocedió.

El Gallero dejó de sonreír.

Caminó hasta la maleta, contempló el dinero y después levantó la mirada hacia aquel desconocido.

—¿Sabe quién soy?

—Me dijeron que era gallero.

Algunas personas rieron.

El comandante no.

—Podría quedarme con esos diez millones ahora mismo —dijo—. Podría matarlo, tirarlo en una zanja y repartir sus pedazos por todo el Meta.

Aureliano sostuvo tranquilamente su mirada.

—Entonces me mintieron.

El Gallero frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Me dijeron que era gallero.

Aureliano señaló al Palenque.

—Pero si necesita una pistola para proteger a su gallo, no es más que un gallero de pacotilla.

El lugar quedó en absoluto silencio.

El Gallero sintió que la sangre le hervía.

Desenfundó el revólver y apuntó directamente al rostro de Aureliano.

Varias personas retrocedieron.

Aureliano ni siquiera parpadeó.

Los dos hombres se sostuvieron la mirada.

Entonces el Gallero levantó lentamente el arma hacia el techo.

¡BANG!

—¡A jugar, pues!

El camino era brutal.

Maqroll, Buendía y Rosario, junto con un escuadrón del Ejército, llevaban horas abriéndose paso por una ruta apenas visible entre la vegetación del Meta. El Gobierno los había equipado decentemente con botas militares, uniformes de campaña, morrales y armamento. Vistos a la distancia parecían tres soldados más; había que acercarse bastante a Rosario para descubrir que bajo el uniforme holgado marchaba una mujer.

Atravesaron pantanos que les tragaban las botas hasta los tobillos, matorrales cubiertos de espinas y senderos donde cada paso parecía despertar algo. Vieron tarántulas enormes desaparecer entre las raíces y más de una serpiente escabullirse bajo la hojarasca antes de que pudieran distinguirla.

Maqroll, Aureliano Buendía y Rosario atravesando la selva

Maqroll sudaba como un condenado.

Aureliano tampoco ocultaba el cansancio.

Rosario, en cambio, parecía haber rejuvenecido.

Después de tantos meses entre muros, barrotes y concreto, avanzaba mirando hacia todas partes con una curiosidad casi infantil. Se detenía a contemplar las guacamayas que cruzaban sobre las copas de los árboles, señalaba monos ocultos entre las ramas y una vez creyó distinguir, durante apenas unos segundos, la silueta de un puma observándolos desde la espesura.

—¿Vieron eso? —preguntó emocionada.

Maqroll ni siquiera levantó la cabeza.

—Si no pretende comernos, señorita Tijeras, preferiría continuar caminando.

Rosario sonrió y siguió adelante.

A pesar de la dureza del recorrido, aquella era considerada una ruta segura. Patrullas del Ejército la recorrían con frecuencia y varios puestos adelantados vigilaban los accesos al campamento.

Finalmente, después de horas de marcha, la vegetación comenzó a abrirse.

Primero apareció una alambrada.

Después, sacos terreros, trincheras y hombres armados.

Habían llegado.

En medio del campamento los esperaba un oficial de uniforme impecable, acompañado por varios soldados.

Maqroll se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente.

—Supongo que ese es nuestro hombre.

El oficial avanzó hacia ellos.

—Brigadier general Francisco Pedraza —se presentó—. Comandante de la Séptima Brigada del Ejército Nacional.

Su mirada pasó primero por Maqroll, luego por Aureliano y finalmente se detuvo en Rosario.

Los observó durante unos segundos.

—Así que ustedes son el famoso grupo que me mandaron desde Bogotá.

Maqroll sonrió.

—Preferiríamos que no fuera famoso, general.

Pedraza no devolvió la sonrisa.

La tienda de campaña principal era el lugar más hermético de todo el campamento. Dos soldados custodiaban permanentemente la entrada y solo el personal autorizado podía acercarse.

En el interior se encontraban Maqroll, Aureliano, Rosario y el brigadier general Pedraza. Los acompañaba un soldado curtido, jefe de una de las unidades con mayor experiencia operativa de la zona. Pocos utilizaban su verdadero nombre.

Todos lo conocían como el Pantera.

En el centro había una mesa de campaña cubierta de documentos, fotografías aéreas y equipos de comunicación.

Pedraza apartó varias carpetas y extendió sobre la mesa un enorme mapa de la región.

Numerosas equis rojas aparecían marcadas entre ríos, caminos y poblaciones.

—Los guerrilleros nos tienen jodidos en este corredor —dijo.

Pasó el dedo por una línea trazada sobre el mapa.

—Mis hombres los encuentran aquí, los persiguen durante kilómetros y, cuando finalmente creemos tenerlos acorralados...

Su dedo llegó hasta un pequeño pueblo.

—Desaparecen aquí y aquí.

Rosario se inclinó sobre el mapa.

El brigadier golpeó suavemente el mapa con el índice.

—Yo no voy a ordenarles a mis hombres que disparen contra civiles. Ese es precisamente el problema. Entre esa gente hay guerrilleros que hace unas horas estaban disparándonos y ahora aparecen vestidos de campesinos.

Maqroll observó las equis marcadas sobre el mapa.

Pedraza deslizó el dedo nuevamente hacia la selva.

—Esperan a que nos retiremos. Recuperan los fusiles, vuelven a organizarse y aparecen otra vez aquí.

Marcó con el índice varios puntos a lo largo del corredor.

—Emboscan una patrulla, matan dos o tres de mis chicos y, cuando mandamos hombres tras ellos, corren de regreso al pueblo, esconden las armas y vuelven a ser civiles.

Apretó la mandíbula.

—Y así llevamos meses jugando al mismo hijueputa juego.

Aureliano permaneció mirando el mapa.

—No tiene un problema para encontrarlos —dijo finalmente—. Tiene un problema para reconocerlos.

Pedraza levantó la mirada.

—Exactamente, coronel. Necesito que entren a esas poblaciones e identifiquen a todo el personal guerrillero que puedan. Quiero nombres y rostros.

Maqroll observó detenidamente el mapa.

—Necesitamos una coartada. Tres desconocidos haciendo preguntas serían sospechosos desde el primer día.

Aureliano negó lentamente con la cabeza.

—No basta con una coartada.

Pedraza lo miró.

—¿Por qué?

—Porque en un pueblo controlado por la guerrilla no solamente hay que cuidarse de los hombres armados. La población vive amedrentada. Un tendero, un campesino, una mujer que nos vea hablando con quien no debemos... cualquiera puede delatarnos por miedo.

Señaló las dos poblaciones marcadas sobre el mapa.

—Si entramos preguntando, no vamos a averiguar nada. Solo conseguiremos que sepan que estamos ahí.

El Pantera, que hasta entonces había permanecido en silencio, intervino.

—Hay otra posibilidad.

Los tres volvieron la mirada hacia él.

El hombre señaló un punto en el mapa.

—Tenemos identificado a un comandante guerrillero que se mueve por toda esta región. Nadie parece conocer su verdadero nombre. Todos lo llaman el Gallero.

Aureliano levantó ligeramente la mirada.

—¿El Gallero?

—Es muy conocido en las veredas. Tiene hombres en varios de estos pueblos y sabemos que los viernes y sábados por la noche suele aparecer en una gallera de Granada.

—Lo interesante es que no llega solo. Muchos de los posibles guerrilleros se reúnen allí. Otros aparecen únicamente para apostar, llevar mensajes o hablar con él.

Por primera vez desde que había comenzado la reunión, Aureliano pareció verdaderamente interesado.

Se inclinó sobre el mapa.

—¿Qué saben de él?

—Que manda hombres, que tiene plata y que es bastante respetado por la zona.

Aureliano permaneció pensativo unos segundos.

Entonces hizo una pregunta que nadie esperaba.

—¿Cómo se llama el gallo?

El Pantera lo miró.

—¿El gallo?

—El del Gallero.

El hombre sonrió, convencido de que el coronel estaba bromeando.

Aureliano no sonreía.

—Bueno, dicen que le llaman Palenque —respondió—. Por acá todo el mundo ha oído hablar de ese animal.

Aureliano se incorporó lentamente.

Algo había cambiado en su expresión.

Maqroll ya lo había conocido lo suficiente para advertirlo.

—Coronel —dijo—. ¿Qué está pensando?

Aureliano volvió a mirar el punto marcado sobre Granada.

—Necesitamos un gallo y algo de efectivo.

El plan era sencillo en su planteamiento, pero difícil en su ejecución.

Una unidad de élite escoltaría a Aureliano hasta las inmediaciones de Granada y establecería un perímetro discreto alrededor de la zona. Maqroll y Rosario permanecerían entre sus filas, atentos a cualquier movimiento que indicara que algo había salido mal.

Aureliano, por su parte, tendría que entrar solo. Pero antes necesitaba preparar un gallo capaz de llamar la atención del Gallero.

El comandante había ordenado traer varios ejemplares de distintos criadores de la región. Aureliano los examinó uno por uno con una paciencia que pronto comenzó a desesperar a los soldados.

Los observaba caminar, estudiaba su temperamento y los sostenía entre las manos, como si buscara en ellos algo que los demás no podían ver.

Pasaron varios minutos.

—¿Y entonces, coronel? —preguntó finalmente el Pantera.

Aureliano no respondió.

Continuó caminando entre las jaulas hasta detenerse frente a una de ellas.

Dentro había un gallo de plumaje oscuro que permanecía extrañamente quieto mientras los demás cacareaban a su alrededor.

Aureliano se agachó.

El animal sostuvo su mirada.

—Este.

—Hay unos mas grandes —respondió el Pantera.

Aureliano abrió la jaula y tomó al animal.

—Más grandes, quizá.

Le pasó una mano por el plumaje.

—Mejores, no.

Rosario, que lo acompañaba, se acercó con curiosidad.

—¿Sabés de gallos? —preguntó con tono burlón y una mirada pícara.

Aureliano continuó examinando al animal.

—Podría decirse que crecí entre ellos.

—¿Y vos peleabas?

Aureliano levantó la mirada.

—En mi familia los gallos trajeron suficientes desgracias. Aprendimos a conocerlos.

Rosario miró al animal.

—¿Y este es bueno?

—Todavía no.

—¿Entonces?

Aureliano cerró la jaula.

—Lo será.

Tres semanas le tomó a Aureliano convertir aquel gallo en un contendiente digno de enfrentarse al Palenque. Durante ese tiempo, cada miembro del Escuadrón se preparó a su manera.

Rosario se había vuelto particularmente cercana a los soldados de la unidad de élite. Comía con ellos, participaba en sus entrenamientos y pasaba largas horas escuchando historias de patrullajes y combates. Al principio la habían recibido con cierta desconfianza; tres semanas después, puteaba, reía y jugaba cartas con ellos como si llevara años entre sus filas.

Maqroll, por su parte, había recorrido cuanto camino, trocha y sendero encontró alrededor de las poblaciones señaladas por Pedraza. Con ayuda de mapas militares y de sus propias anotaciones, había levantado lo mejor que pudo la topografía del perímetro. Entradas, salidas, ríos, caminos secundarios y posibles rutas de escape.

Aureliano hizo algo muy distinto.

Durante tres semanas casi todo su mundo se redujo a un gallo.

Cuando finalmente volvió a presentarlo ante los demás, aquel animal ya no parecía el mismo que había escogido entre las jaulas.

Rosario lo observó caminar alrededor de Aureliano, orgulloso, con el pecho erguido.

—Bueno, cucho... contá pues, ¿cómo lo nombraste?

Aureliano contempló al animal durante unos segundos.

—Arcadio.

Antes de que Rosario pudiera preguntarle algo más, el Pantera apareció cargando una maleta negra. La dejó caer frente a ellos con un golpe seco.

—Aquí tiene diez millones de pesos. Dinero incautado en una operación hace un par de meses. Úsenlo bien.

Rosario abrió los ojos.

—¿Diez millones?

Se agachó y abrió ligeramente la maleta. Los fajos de billetes estaban apretados unos contra otros.

—No jodás... ¿vos tenías toda esta plata acá guardada sin hacer nada?

El Pantera la miró divertido.

—Señorita, estamos en mitad de la selva.

Señaló con la cabeza la vegetación que rodeaba el campamento.

—Aquí este papel solo sirve para limpiarse el culo.

Rosario volvió a mirar los billetes.

—Pues cuando salgamos me avisa y yo le enseño un par de usos mejores.

Maqroll soltó una carcajada.

Aureliano cerró la maleta.

—No se emocione, señorita. La necesitamos completa.

Rosario hizo una mueca.

—Qué pesar.

Aureliano tomó la maleta con una mano y la jaula de Arcadio con la otra.

—El dinero vuelve estúpidos a los hombres.

Rosario miraba la maleta.

Maqroll sonrió.

Comenzaba a comprender el plan.

Durante una madrugada sin luna, los soldados dejaron a Aureliano en un camino apartado que conducía hacia Granada, Meta. Desde aquel punto le esperaban casi tres horas a pie.

La unidad de élite comenzó a dispersarse por la zona. Cada hombre conocía su posición y la ruta que debía cubrir. Maqroll y Rosario permanecerían con ellos, ocultos en el perímetro y atentos a cualquier señal del coronel.

Todos vestían de negro y llevaban el rostro parcialmente camuflado.

Todos excepto Aureliano.

El viejo coronel parecía dirigirse a cualquier cosa menos a una operación militar. Llevaba el revólver oculto bajo la ropa, una camisa blanca de manga corta, pantalones saltacharcos y unas alpargatas. En una mano cargaba la maleta con los diez millones de pesos y, en la otra, la jaula donde Arcadio permanecía inquieto.

Rosario se acercó antes de que partiera.

—Suerte, cucho. Estaremos por aquí.

Aureliano acomodó la jaula.

—No la necesito.

Rosario sonrió.

Maqroll observó el camino oscuro que desaparecía entre la vegetación.

—Tres horas solo, coronel. Nosotros no podremos acercarnos sin arruinar la operación.

—Lo sé.

—Si algo sale mal...

Aureliano comprobó el tambor de su revólver y volvió a guardarlo.

—Improvisaré.

Rosario soltó una pequeña carcajada.

Aureliano miró a Arcadio.

—Voy a Granada con un gallo, diez millones de pesos y ganas de apostar. No necesito una historia más complicada.

Maqroll sonrió.

—¿Y quién se supone que es usted?

Aureliano comenzó a caminar.

—Un gallero del montón.

Nadie dijo nada más.

La oscuridad se lo tragó lentamente hasta que solo quedó el sonido de la jaula alejándose por el camino.

El redondel explotaba de emoción.

Los hombres gritaban, agitaban billetes y golpeaban las tablas mientras los dos animales se enfrentaban en el centro de la arena.

Y, por primera vez en mucho tiempo, el Gallero tenía miedo.

Palenque estaba herido. Había perdido visión de un ojo y uno de sus costados comenzaba a pasarle factura. Cada vez se movía con mayor dificultad.

Arcadio, en cambio, no dejaba de presionarlo.

Embestía y retrocedía.

Esperaba.

Volvía a embestir.

Palenque intentaba responder, pero cada ataque parecía más lento que el anterior.

—¡Vamos, Palenque! —rugió el Gallero desde el borde del redondel—. ¡Vamos, carajo!

Aureliano permanecía inmóvil.

No gritaba.

No celebraba.

Ni siquiera parecía sorprendido.

Observaba a Arcadio con la misma expresión con la que alguna vez había observado avanzar a sus hombres en el campo de batalla.

El Gallero lo miró de reojo.

Aquel viejo empezaba a ponerlo nervioso.

Un estruendo de la multitud lo obligó a volver la vista.

Palenque acababa de retroceder.

El Gallero apretó los puños, tratando inútilmente de controlar el temblor que le recorría el cuerpo.

Aureliano, en cambio, sonrió.

Por primera vez en toda la pelea gritó.

—¡Es tuyo, Arcadio!

Arcadio se lanzó una última vez sobre Palenque.

Todo terminó en cuestión de segundos.

El campeón de la región quedó tendido sobre la arena.

Durante un instante hubo silencio.

Después, la gallera explotó.

Gritos. Apuestas. Carcajadas. Hombres reclamando dinero y otros maldiciendo mientras entregaban billetes.

Aureliano entró al redondel y caminó hacia Arcadio.

Había ganado.

El Gallero acababa de perder a su campeón y diez millones de pesos delante de todo el pueblo.

Aureliano se agachó para recoger a su gallo.

Entonces sonó un disparo.

¡BANG!

Arcadio se estremeció entre sus manos.

Aureliano alcanzó a sostenerlo antes de que cayera.

El ruido de la gallera murió de inmediato.

Lentamente, el coronel levantó la mirada.

El Gallero todavía sostenía el revólver.

Una delgada columna de humo escapaba del cañón.

Aureliano bajó los ojos hacia Arcadio.

El animal ya no se movía.

Algo desapareció de su rostro.

La sonrisa.

La satisfacción.

Todo.

Cuando volvió a mirar al Gallero, parecía nuevamente el hombre que había sobrevivido a treinta y dos guerras.

—¡Felicitaciones! —exclamó el Gallero—. Ha ganado bien.

Miró el cuerpo del Palenque y escupió a un lado.

—Lastimosamente resultó ser otro hijueputa animal común y corriente.

Entró al redondel.

Aureliano todavía sostenía a Arcadio entre las manos. No había intentado levantarse, aunque la otra mano comenzaba a buscar lentamente el revólver oculto bajo la camisa.

El Gallero lo notó.

—Quieto, viejo.

Aureliano detuvo la mano.

—Escuche, extraño. Yo no cargo diez millones encima. Si quiere cobrar lo que ganó, tendrá que acompañarme.

Se acercó un poco más.

—O puede quedarse con cinco y largarse ahora mismo. Quizá así alcance a seguir disfrutando de la vida.

Aureliano contempló por última vez a Arcadio.

—¿Sabe por qué perdió?

El Gallero sostuvo su mirada.

—Porque su gallo era mejor que el mío.

Aureliano soltó una carcajada.

—No.

El Gallero frunció el ceño.

—Quédese con el dinero —dijo Aureliano—. Sé cómo conseguir más.

El Gallero miró la maleta y después al viejo.

—¿Entonces para qué putas vino?

—A demostrar que podía ganarle.

—¿Eso era todo?

—Eso era todo.

El Gallero lo estudió en silencio. Había algo en aquel hombre que no terminaba de comprender. Diez millones de pesos descansaban a pocos pasos de sus pies y el viejo los despreciaba como si fueran papel.

—Está loco.

El Gallero soltó una carcajada.

—Me cae bien, viejo.

Aureliano comenzó a caminar hacia la salida.

—¡Espere!

El coronel se detuvo sin voltear.

—¿Qué?

El Gallero señaló hacia el fondo del establecimiento.

—Tómese un trago conmigo.

Aureliano permaneció inmóvil unos segundos.

Aquello era exactamente lo que había venido a buscar.

Escuadrón Imposible — Parte III

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