El Escuadrón Imposible - Parte 4

Aracataca.

El humo de cigarrillo inundaba el antro.

Maqroll el Gaviero permanecía sentado frente a un hombre imposible.

Durante años había escuchado historias sobre él y el tiempo lo daba por muerto. Pero allí estaba.

Aureliano Buendía.

Delgado. El bigote todavía severo. El rostro de un hombre que no aparentaba mucho más de cincuenta años y unos ojos que parecían cargar más de un siglo.

Maqroll dio un sorbo a su ron y dejó el vaso sobre la mesa.

—Acepté este trabajo por pura curiosidad. Siempre he tenido la costumbre de recibir la vida como viene, igual que el mar. Uno nunca sabe qué va a traer la siguiente corriente.

Aureliano fumaba en silencio.

—Pero créame, coronel, cuando pusieron su expediente frente a mí, consiguieron algo que no ocurría desde hacía mucho tiempo.

—¿Qué cosa?

Maqroll sonrió.

—Sorprenderme.

Aureliano expulsó lentamente el humo.

—¿Y eso debería importarme?

—En absoluto. Pero yo era uno de esos imbéciles que empezaban a creer que ya lo habían visto todo.

Aureliano sostuvo su mirada unos segundos.

—¿Qué quiere?

Maqroll se acomodó en la silla.

—Que vuelva a Colombia.

Aureliano miró alrededor.

—Estoy en Colombia.

—Geográficamente, sí.

El coronel entrecerró los ojos.

Maqroll tomó nuevamente el vaso.

—Pero usted y yo sabemos que lleva mucho tiempo sin formar parte de ella.

Dejó que el silencio entre ambos se prolongara.

Maqroll sonrió.

Aureliano permaneció unos segundos contemplando el humo de su cigarrillo.

—Yo hice mi parte. Fui un idiota que creyó que Colombia podía arreglarse a punta de guerras. Vi morir amigos, hijos, enemigos... hombres que después de tantos años peleando ya ni siquiera recordaban por qué carajos habían tomado las armas.

Su voz había perdido cualquier rastro de orgullo. No hablaba como un coronel recordando sus campañas, sino como un hombre condenado a cargar con ellas.

Sus ojos se clavaron en Maqroll.

—¿Y sabe qué cambió? —continuó Aureliano.

Maqroll permaneció callado.

—Nada.

Aureliano se recostó en la silla.

—¿Atravesó medio país para pedirme que vuelva a pelear por él?

Maqroll hizo girar lentamente el ron dentro del vaso.

—Vine a preguntarle si está dispuesto a dejar que otros cometan los mismos errores que usted.

Aureliano no respondió.

Maqroll bebió.

—Porque mientras usted se escondía aquí, apareció otra generación de hombres convencidos de que puede arreglar Colombia a punta de fusil.

Aureliano levantó lentamente la mirada.

—Algo he escuchado. Dicen que vienen de las guerrillas liberales.

Aureliano dio una calada a su cigarrillo.

—Pero no son liberales.

Expulsó lentamente el humo.

—Nosotros peleábamos por una causa. Esos hombres hace tiempo descubrieron que la guerra también puede ser un negocio.

Maqroll se inclinó hacia él.

—Ayúdeme a detenerlos.

Aureliano sostuvo su mirada.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Aureliano observó el humo elevarse hacia el techo.

Apagó el cigarrillo.

—El que gobierna es godo, ¿cierto?

Maqroll sonrió.

—Conservador.

El coronel negó lentamente con la cabeza.

—Ciento sesenta años en este mundo y termino trabajando para un godo.

Maqroll se levantó de la mesa y extendió la mano.

Aureliano la observó durante un instante antes de ponerse de pie y estrechársela.

—Créame, coronel —dijo el Gaviero mientras estrechaba su mano—. Podría ser peor.

Aureliano sostuvo el apretón.

—Lo voy a pensar.

El Gallero no tardó en tomarle simpatía a Aureliano. El coronel sabía exactamente cómo mantenerlo interesado. Hablaba de gallos, discutía peleas y, de vez en cuando, le daba algún consejo sobre crianza y preparación que el otro escuchaba con atención.

Poco a poco, la desconfianza inicial fue desapareciendo.

Aureliano también había comenzado a alimentar cuidadosamente la historia que había preparado para infiltrarse. Le contó que trabajaba para un narcotraficante con bastante dinero y que recorría la región buscando buenos animales, apuestas y contactos.

Aquello despertó inmediatamente el interés del Gallero.

Sus hombres necesitaban dinero, y conseguir financiación se había convertido en una preocupación constante.

Después de varias copas, Aureliano y el Gallero abandonaron la gallera y se internaron en la selva.

Horas más tarde llegaron a un campamento oculto entre la vegetación. Era considerablemente más rudimentario que el del Ejército. Cambuches levantados con madera y lonas, hamacas colgadas entre los árboles, fogones improvisados y cajas de munición apiladas bajo plásticos para protegerlas de la humedad.

Varios hombres armados se movían entre las sombras. Algunos vestían prendas de camuflado; otros apenas llevaban prendas desgastadas.

Aureliano observó el lugar sin demostrar demasiado interés.

El Gallero, ya bastante animado por el alcohol, abrió los brazos.

—Bienvenido al Frente 26 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia —exclamó con orgullo.

Rosario y Maqroll se habían adaptado rápidamente a la rutina de la selva. Los hombres que los acompañaban eran soldados experimentados, disciplinados y acostumbrados a permanecer durante días enteros bajo la lluvia, el calor y los insectos.

Maqroll no tardó en ganarse su respeto. Los soldados admiraban la facilidad con la que el Gaviero se orientaba en el monte, encontraba caminos donde los demás apenas veían vegetación y parecía recordar cada río, quebrada y elevación después de haberlos visto una sola vez.

Nunca permanecían más de diez horas en el mismo lugar.

Levantaban un campamento, descansaban lo necesario y volvían a desaparecer entre la selva.

La vigilancia era permanente.

Aquella región era territorio del Bloque Oriental y se tenía conocimiento de la presencia de los frentes 7, 26, 27, 40 y 43 de las FARC.

Cualquier ruido podía anunciar una patrulla.

Cualquier luz durante la noche podía revelar su posición.

Rosario había comenzado a comprender que allí sobrevivir no dependía únicamente de saber disparar.

Dependía, sobre todo, de saber desaparecer.

Aquella tarde encontraron refugio junto a una quebrada. Los soldados aseguraron el perímetro antes de quitarse los morrales y acomodarse entre las raíces de los árboles.

Por primera vez en varias horas pudieron relajarse.

Algunos aprovecharon para llenar las cantimploras. Otros revisaban sus fusiles, se cambiaban las medias húmedas o comían directamente de las raciones de campaña.

El Pantera. Caleño, veterano de incontables operaciones y con fama de ser el más bravo de su escuadra. Era duro en el monte, experimentado en combate y de esos hombres que parecían ponerse de mejor humor cuanto peor se ponían las cosas.

Desde que Rosario se había unido al grupo, Pantera no había dejado de fijarse en ella y aquella pausa le ofreció la oportunidad que estaba esperando.

Se levantó de donde estaba y fue a sentarse junto a ella.

—Oíste, Rosario.

Ella continuó peleando con la lata.

—¿Qué hubo, Pantera?

—Te puedo hacer una pregunta.

Rosario finalmente consiguió abrir la lata.

—Hablá.

Pantera miró a los otros soldados. Dos de ellos ya habían comenzado a prestar atención.

—¿Verdad que vos besabas a tus víctimas antes de matarlas?

Rosario levantó lentamente la mirada.

—¿Vos dónde oíste eso?

Pantera se encogió de hombros.

—Por ahí se escuchan cosas.

Uno de los soldados soltó una carcajada desde el otro lado del improvisado campamento.

—Pues hablan mucho.

—Entonces, ¿es mentira?

Rosario lo miró durante unos segundos.

—¿Por qué? ¿Querés averiguarlo?

Los hombres estallaron en carcajadas.

Pantera levantó ambas manos.

—Me gustaría un beso suyo, pero no quiero que sea lo último que haga en mi vida.

Rosario sonrió y volvió a concentrarse en su lata de carne.

—Entonces portate bien, hombe.

Maqroll, Aureliano Buendía y Rosario atravesando la selva

Algunos soldados soltaron una carcajada.

Pantera iba a responder cuando Maqroll apareció entre la vegetación.

Venía caminando deprisa.

Demasiado deprisa.

La sonrisa desapareció del rostro de Rosario.

—Tenemos que movernos —dijo el Gaviero.

Uno de los soldados se incorporó.

—¿Qué pasó?

Maqroll recuperó el aliento.

—Hay gente acercándose.

—¿Cuántos?

—Muchos.

Pantera tomó su fusil.

—¿Muy lejos?

—No.

Maqroll señaló hacia la espesura.

—Escuché pasos dirigiéndose hacia nosotros.

Aquello bastó.

Los soldados abandonaron las bromas y comenzaron a recoger el campamento. Rosario dejó la lata en el suelo y tomó su fusil.

Entonces se escuchó un crujido entre los árboles.

Todos se quedaron inmóviles.

¡TATATÁ!

Una ráfaga atravesó la vegetación y arrancó pedazos de corteza de varios árboles cercanos.

—¡CONTACTO! —gritó Pantera.

El descanso terminó.

La selva se llenó de disparos.

Pantera permaneció agachado detrás de un tronco, escuchando con atención.

—¡Ya saben que estamos aquí! —gritó.

Los hombres recogieron únicamente lo indispensable y se internaron de lleno en la selva siguiendo a Maqroll.

El Gaviero había reconocido durante sus recorridos una zona que podía favorecerlos si el encuentro resultaba inevitable. Un terreno irregular, vegetación cerrada y árboles enormes que rompían cualquier línea de visión.

La tropa aceleró la marcha.

Rosario avanzaba detrás de Pantera, apartando ramas con el fusil mientras trataba de no perder de vista al hombre que marchaba delante de ella.

A sus espaldas continuaron escuchándose disparos aislados.

Cada vez más lejanos.

Nadie disminuyó el paso.

En medio de aquella selva, los tiros se habían convertido en un rumor aterrador que viajaba entre los árboles.

Maqroll levantó repentinamente el puño.

Todos se detuvieron.

Habían llegado.

Frente a ellos se extendía un terreno cubierto por árboles inmensos y vegetación espesa.

Pantera observó alrededor.

Rosario respiraba con dificultad. Las manos comenzaban a temblarle alrededor del fusil.

Pantera lo notó.

—¿Está asustada, Tijeras?

Rosario lo fulminó con la mirada.

—Callate, güevón.

Pantera sonrió.

Al menos seguía siendo ella.

Maqroll miró hacia las copas de los árboles.

Los disparos habían cesado por completo.

El Gaviero observó el terreno. A un costado, la vegetación formaba una maraña espesa entre árboles enormes y raíces que sobresalían del suelo.

—Nos quedamos aquí.

Pantera lo miró.

—¿No seguimos?

—No sabemos quién viene detrás de nosotros —respondió Maqroll—. Ya corrimos suficiente.

Señaló la espesura.

Los soldados desaparecieron entre la vegetación, separados unos de otros. Algunos se acomodaron detrás de los enormes troncos; otros se tendieron entre raíces, hojas y matorrales.

Rosario siguió a Pantera.

—Qué gonorrea, parce... ¿y entonces qué hacemos o qué?

El caleño apartó lentamente unas hojas frente a sus ojos.

—Ahora dejamos que pasen.

Rosario se acomodó detrás de un tronco.

—¿Y si nos ven?

Pantera posó un dedo sobre los labios rosados de Rosario.

—Quietecita, mi amor. En tu lugar.

Rosario apretó el fusil contra el pecho mientras Pantera acomodaba cuidadosamente varias hojas sobre su uniforme para ocultarla entre la vegetación.

—Qué hijueputa tranquilidad la suya.

Pantera terminó de cubrirle un hombro y volvió la mirada hacia la espesura.

—Por eso sigo vivo.

Durante varios minutos no ocurrió nada.

Solo el rumor distante de los chimpancés, el canto de las aves y el murmullo interminable de la selva.

Maqroll eligió uno de los árboles más frondosos y comenzó a trepar. Subió lentamente, procurando no sacudir demasiado las ramas, hasta alcanzar un punto desde donde podía observar buena parte del terreno.

Desde allí arriba, el mundo era distinto.

La espesura que a ras del suelo parecía impenetrable se abría por momentos entre las copas y le permitía distinguir movimientos a la distancia.

Después distinguió un pequeño grupo de hombres marchando con cautela.

Y otro más.

Varias masas de personas avanzaban entre la vegetación desde diferentes puntos.

Maqroll entrecerró los ojos.

Aquello era demasiado grande para ser una patrulla.

Desde su posición tenía una vista privilegiada del perímetro. Sería difícil que alguien se acercara sin que él lo advirtiera.

Miró hacia abajo y el equipo se había desvanecido en la selva.

Sonrió.

Aureliano descansaba en una silla de madera frente a uno de los cambuches. Había aceptado el aguardiente que le ofrecieron, aunque llevaba varios minutos con el mismo trago entre las manos.

El Gallero apareció cargando la botella.

—¿No le gustó?

Aureliano observó el vaso.

—He tomado cosas peores.

El Gallero soltó una carcajada y se sentó frente a él.

—Usted sí es un viejo raro.

El comandante se sirvió otro trago.

Durante unos minutos hablaron de gallos. El Gallero seguía obsesionado con entender cómo Aureliano había conseguido convertir a Arcadio en un animal capaz de derrotar al Palenque.

Finalmente cambió de tema.

—Ese patrón suyo... ¿Quién es?

Aureliano levantó los ojos.

—Uno de los de arriba.

—¿Y estaría interesado en invertir?

—Depende.

El Gallero sonrió. Se levantó y entró al cambuche. Regresó con un mapa doblado y lo extendió sobre una pequeña mesa.

—Mire.

Aureliano se acercó.

El Gallero señaló un punto.

—Puerto Lleras.

Aureliano no reaccionó.

—¿Qué tiene?

El dedo del Gallero descendió hasta una línea azul que atravesaba el mapa.

—El Ariari.

Recorrió el cauce con el índice.

—Por aquí se mueve gente, comida, combustible, mercancía.

Aureliano observó el mapa con aparente indiferencia.

—¿Quiere controlar Puerto Lleras?

El Gallero bebió.

—Vamos a sacar a la Policía, cerramos el paso a los paracos por este lado y ganamos espacio en todo el Ariari.

Aureliano dejó el vaso sobre la mesa.

—Para eso necesita más hombres de los que he visto aquí.

El Gallero sonrió.

No pasó mucho tiempo antes de que hombres provenientes de distintos frentes comenzaran a converger en la región. Llegaban en grupos separados, después de horas de marcha por la selva, cargando fusiles, morrales y provisiones.

Aquella tarde apareció la primera columna de hombres.

El Gallero se levantó de inmediato.

—Esos son del Frente Séptimo.

—¿Todos vienen a Granada? —preguntó Aureliano.

El Gallero negó con la cabeza.

—Granada es solamente un punto de encuentro. Nadie es tan güevón para juntar a todo el mundo en un mismo lugar.

Señaló diferentes puntos sobre el mapa.

—Los hombres se están reuniendo por toda la región.

Su dedo descendió siguiendo el Ariari.

—Cuando llegue el momento, todos tendrán el mismo destino.

Aureliano observó el punto marcado más al sur.

Puerto Lleras.

Escuadrón Imposible — Parte IV

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