Los medios hablaban de paz. Una paz a medias, pues las hostilidades no habían cesado por ninguno de los dos bandos. El gobierno de Andrés Pastrana había apostado por sentarse a negociar con las FARC y, como parte de aquel intento, desde noviembre del año anterior el Ejército había abandonado una extensa región del sur del país: más de cuarenta mil kilómetros cuadrados repartidos entre cinco municipios de Meta y Caquetá.
La llamaban zona de distensión.
Allí no debía haber presencia de la Fuerza Pública. San Vicente del Caguán se había convertido en el corazón de unas negociaciones que apenas comenzaban, mientras fuera de aquella zona la guerra seguía su curso. Guerrilla y Ejército continuaban moviendo hombres, preparando operaciones y contando muertos.
Colombia negociaba la paz mientras todavía hacía la guerra.
Maqroll permanecía atento cuando divisó movimiento por uno de los caminos cercanos a la zona segura. Entrecerró los ojos.
Contó aproximadamente ocho hombres.
Todos armados.
Al frente caminaba un hombre viejo.
—No hay rastro de ninguno, señor —dijo uno de los hombres que se acercaban.
Maqroll afinó el oído.
Rosario también había escuchado las voces. Se puso tensa de inmediato y clavó la mirada en Pantera. Él la sostuvo con ternura, pero, sobre todo, con calma.
—Yo digo que continuemos, camarada —dijo otra voz—. Puede que hayan sido compañeros.
—No, señor. Yo sé muy bien lo que vi —espetó otro—. Eran uniformes del Ejército.
Hubo unos segundos de silencio.
Entonces habló el viejo.
—Pues no vamos a perdernos la ofensiva por una patrulla. ¡A marchar, revolucionarios!
Los hombres continuaron el camino.
En la carpa de mando del campamento guerrillero de Granada, Aureliano desayunaba plátano cocido con yuca cuando apareció el Gallero.
—Viejo, todos aquí estamos muy agradecidos por el dinero que nos donaste. Hemos podido comprar mejores provisiones y, sobre todo, alimentar bien a las tropas. Los hombres con el estómago lleno son más eficaces.
Aureliano sonrió apenas, sin dejar de comer.
—Todavía no te perdono que hayas matado a Arcadio.
El Gallero soltó una carcajada y le puso una mano sobre la espalda.
—Escúchame, amigo. Te lo voy a reponer con diez mejores. Hazme caso. Cuando esta ofensiva termine, vamos a ser millonarios. —Le dio un par de palmadas—. Ya quiero verte en acción.
Aureliano siguió disfrutando tranquilamente de su desayuno.
—Yo ya tengo trabajo.
El Gallero hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—Será provisional. Por lo menos hasta que nos lleves a conocer a tu patrón.
Aureliano levantó lentamente la mirada.
—¿Seguro que quiere hacer negocios con él?
—Claro. Un hombre en su posición necesita corredores seguros para mover su mercancía, y nosotros podemos dárselos. —El Gallero tomó asiento frente a él—. Digamos que aporta una cuota razonable y nosotros garantizamos que su dinero y su mercancía lleguen a donde tengan que llegar sin contratiempos.
Aureliano continuó comiendo.
De repente, un gran alboroto estalló a la entrada del campamento. Decenas de hombres salieron de las carpas y se agolparon alrededor del camino. Algunos levantaban los fusiles mientras otros alzaban el puño.
—¡Viva la revolución!
—¡Viva!
—¡Vivan las FARC-EP!
—¡Vivan!
Aureliano dejó la yuca sobre el plato.
—Parece que llegó alguien importante.
El Gallero se puso de pie de inmediato y miró hacia la entrada. Volteó la cabeza hacia Aureliano con una sonrisa.
—Llegó Tirofijo.
La noche comenzó a caer sobre la selva. Maqroll barría los alrededores con los binoculares. Llevaban horas sin escuchar nada sospechoso. Ni voces, ni pasos, ni ramas quebrándose a la distancia.
Finalmente bajó los binoculares y silbó una breve secuencia.
Los soldados reconocieron la señal. Era hora de salir.
Pantera se volvió hacia Rosario y la encontró dormida. Su rostro blanco y sereno parecía el de una doncella de fantasía, completamente ajena a la guerra, ajena a la selva, ajena a este mundo.
No pudo contenerse.
Se inclinó y besó suavemente sus labios rosados.
Rosario abrió los ojos de golpe. Al reconocerlo, soltó una pequeña risa y lo apartó con la mano.
—Andá pa' allá, hombre, Pantera.
—Nos vamos —dijo él.
Rosario se incorporó todavía adormilada y miró hacia Maqroll, que se acercaba. Este reunió al equipo y les indicó que debían ponerse en marcha.
Caminaron hacia el este en medio de la oscuridad, abriéndose paso entre la vegetación sin encender una sola luz. Maqroll avanzó durante varios minutos hasta asegurarse de que se encontraban lo bastante lejos del camino y de cualquier oído indiscreto.
Finalmente se detuvo.
—Aquí.
El grupo frenó.
Habían llegado a una pequeña abertura entre los árboles, protegida por la espesura. Maqroll esperó a que todos se reunieran a su alrededor.
Era momento de hacer una breve planeación.
—Señores —dijo Maqroll—, los hombres con los que nos cruzamos hace unas horas iban hacia Granada. Si no me equivoco, se están preparando para algo grande.
Observó los rostros poco iluminados reunidos a su alrededor.
—Tenemos que reportarlo al centro de mando. Que estén prevenidos ante una posible ofensiva. Contactarlos es nuestra prioridad.
Pantera asintió.
—¿Y el cucho? —preguntó Rosario.
Maqroll guardó silencio unos segundos.
—Encontraremos una ruta alternativa hacia Granada. Necesitamos reunirnos con él o, por lo menos, averiguar en qué estado se encuentra.
Manuel Marulanda Vélez, alias Tirofijo, recibió al Gallero con un abrazo de camaradas. Después dirigió la mirada hacia el hombre que permanecía a su lado.
El Gallero hizo las presentaciones.
—Comandante, le presento a...
—Aureliano —interrumpió el coronel mientras se levantaba y le tendía la mano.
Tirofijo se la estrechó.
—Mucho gusto.
Aureliano sostuvo su mirada.
—Soy el gallero que acabó con el Palenque.
Marulanda mantuvo su mano entre la suya un instante más de lo necesario. Luego la soltó.
Lo examinó de arriba abajo.
Luego sonrió.
Tirofijo no apartó los ojos de Aureliano.
—Veo algo extraño en usted —dijo Marulanda—. ¿Por qué está aquí?
Antes de que Aureliano pudiera responder, el Gallero se adelantó.
—Me retó en la gallera con diez millones de pesos. Dice que trabaja como gallero para un narcotraficante.
Marulanda arqueó ligeramente una ceja.
—¿Quién?
Aureliano tomó la palabra.
—No se me permite decirlo. De todas formas, entregué mi dinero a sus hombres. Puede confiar en que mi patrón es afín a su causa revolucionaria.
Tirofijo esbozó una sonrisa.
—Pero esa causa lo dejó diez millones más pobre.
Aureliano miró de reojo al Gallero y lo señaló.
—Él todavía tiene una deuda conmigo. Mató a mi gallo y prometió reponérmelo con diez mejores. Así que aquí sigo.
Marulanda soltó una breve carcajada.
—¿Piensa recuperar diez millones con diez gallos?
—He recuperado mucho más con mucho menos.
El Gallero intervino, divertido.
—Este viejo no se va de aquí hasta que le paguemos hasta la última pluma.
Tirofijo volvió a mirar a Aureliano y sonrió.
El día continuó y el campamento fue transformándose poco a poco. Los hombres iban y venían entre las carpas cargando cajas, revisando fusiles, distribuyendo provisiones y recibiendo instrucciones. Todo indicaba que se preparaban para marchar.
Aureliano permaneció al margen. No hizo preguntas ni mostró demasiado interés por conocer los detalles de la operación. Se limitó a observar aquel movimiento con la tranquilidad de quien había visto ejércitos prepararse para la guerra demasiadas veces.
Al caer la tarde buscó un lugar apartado.
Se sentó sobre un tronco caído desde donde podía observar el campamento sin formar parte de él. Más allá de los hombres y las armas, la selva se extendía en todas direcciones, inmensa, húmeda, cubierta de aquel verde que parecía existir únicamente en Colombia.
Aureliano se quedó contemplándola.
Había pasado buena parte de su larga vida preguntándose por qué seguía en este mundo y, sin embargo, aquella tarde, por primera vez en muchos años, agradeció seguir vivo.
Al cabo de un rato escuchó pasos a sus espaldas.
No necesitó volverse.
Tirofijo apareció y, sin pedir permiso, tiró su maleta y se sentó a su lado.
Era un hombre bajo y robusto, cercano a los setenta años, con el rostro castigado por décadas de monte. Resultaba extraño verlo junto a Aureliano. Aunque el coronel llevaba cerca de ciento setenta años sobre la tierra, era Marulanda quien parecía el mayor de los dos.
Permanecieron en silencio durante unos momentos, contemplando el movimiento del campamento.
—El Gallero me contó que usted tiene contactos —dijo finalmente Tirofijo.
Aureliano mantuvo la mirada al frente.
—Conozco gente.
Tirofijo sonrió.
—Todos conocemos gente, coronel. Lo difícil es conocer a los que tienen plata.
Aureliano Buendía soltó una carcajada.
—Señor Marulanda, créame que si ustedes dejaran de secuestrar a los familiares de la gente con plata, quizá podrían conocer algunos.
A Tirofijo le hizo gracia el comentario.
—Señor Aureliano, eso es como quitarle un pelo a un jaguar. La oligarquía de este país nunca ha contribuido voluntariamente a nuestra causa, así que de vez en cuando toca convencerla de que aporte un poquito.
Tirofijo abrió su morral y sacó una pequeña caja de habanos.
—Mire, señor Aureliano.
Abrió la caja y se la ofreció.
—Cubanos.
Aureliano tomó uno y lo examinó entre los dedos. Hacía años que no tenía un habano semejante entre las manos.
Tirofijo acercó el encendedor y le dio fuego.
Aureliano aspiró lentamente. La brasa encendió la punta y el humo le llenó la boca.
—Gracias, comandante... —murmuró mientras expulsaba el humo—. Esto sí lo había extrañado.
Tirofijo sonrió.
—Sé que le gustan, Aureliano.
Se llevó otro habano a los labios y lo encendió. Dio un par de caladas antes de volver a mirarlo.
—A propósito... hay algo que llevo rato queriendo preguntarle.
Aureliano expulsó lentamente el humo.
—Pregunte.
—¿Usted no tendrá algo que ver con los Buendía de Macondo?
Aureliano ni se inmutó.
—José Arcadio Buendía era mi padre.
Tirofijo mantuvo el habano a medio camino de los labios.
—¿Su padre?
—Así es.
Marulanda lo observó durante unos segundos.
Por primera vez desde que se había sentado junto a él, lo examinó con verdadero detenimiento. Le recorrió el rostro, el cabello todavía oscuro, las manos, buscando alguna señal de que el hombre estuviera burlándose de él.
Aureliano dio otra calada.
Tirofijo esperó alguna explicación.
No llegó.
—¿Me está mamando gallo? —dijo finalmente, con un tono desafiante.
—No —respondió Buendía.
La seguridad de la respuesta desconcertó aún más a Tirofijo.
Marulanda permaneció mirándolo. Aquel hombre aparentaba poco más de cincuenta años y acababa de afirmar, con absoluta tranquilidad, que José Arcadio Buendía, un hombre que llevaba casi dos siglos muerto, había sido su padre.
Aureliano disfrutaba del puro sin mostrar la menor preocupación.
—¿Cuántos años tiene usted? —preguntó Tirofijo, ya un poco más calmado.
Aureliano dejó escapar el humo lentamente.
—He perdido la cuenta.
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