El Escuadrón Imposible - Parte 6

Macondo, hacía mucho tiempo.

Aureliano Buendía contemplaba un viejo álbum de fotografías.

El tiempo finalmente había comenzado a parecer más poderoso que él. El cabello se le había llenado de canas, las manos le temblaban ligeramente y las arrugas habían terminado por conquistar aquel rostro que durante tantos años había permanecido impasible frente a guerras, fusilamientos y derrotas.

Pasaba lentamente las páginas del viejo álbum, contemplando fotografías de las vidas que había dejado atrás. En algunas vestía los colores liberales, rodeado de hombres jóvenes que sonreían sin sospechar que muchos de ellos no sobrevivirían a la guerra.

Se llevó una mano al rostro y sintió las arrugas bajo los dedos.

Qué lejos estaba aquel hombre.

Aureliano cerró el álbum.

Entonces miró hacia el pequeño taller.

Sobre la mesa descansaban sus herramientas, algunos alambres y varias láminas de oro.

Hacía años que fabricaba pescaditos.

Los hacía, los vendía y con las monedas que recibía compraba más oro para fabricar otros. Era una rutina absurda y circular que había terminado ocupando buena parte de su vejez.

Aquella noche terminó uno más.

Tomó el pequeño pez entre los dedos y contempló sus escamas doradas bajo la luz.

No había nada diferente en él.

A la mañana siguiente, Aureliano despertó antes del amanecer.

Algo estaba mal.

Se incorporó en la cama y permaneció inmóvil.

El dolor de la espalda había desaparecido.

Levantó las manos.

Ya no temblaban.

Caminó hasta el espejo.

El hombre que encontró al otro lado estaba mucho más joven.

Aureliano se acercó lentamente, incapaz de apartar los ojos de su reflejo. Se tocó el rostro y recorrió con los dedos las arrugas que habían desaparecido. No podía creer lo que veía.

Parecía un hombre de cincuenta años.

Por primera vez en muchos años, sonrió frente al espejo.

No entendía qué había ocurrido, pero tampoco le importó.

Se sintió afortunado de seguir siendo Aureliano Buendía.

Durante los siguientes diez años, Aureliano envejeció como cualquier otro hombre.

El tiempo volvió a hacer lentamente su trabajo. Regresaron las canas, las arrugas se hicieron más profundas y sus manos comenzaron otra vez a perder la firmeza que habían recuperado.

Aureliano continuó con su vida y también con su vieja costumbre de fabricar pescaditos de oro. Hizo muchos durante aquellos años, pero ninguno produjo el menor cambio.

Una tarde terminó un nuevo pescadito y lo dejó sobre la mesa del taller antes de acostarse.

A la mañana siguiente sintió algo que ya conocía.

El dolor de la espalda había desaparecido.

Caminó hasta el espejo.

Otra vez.

Las arrugas habían retrocedido y sus manos estaban firmes.

Aureliano permaneció frente al espejo durante largo rato.

La primera vez podía haber sido una casualidad, uno de esos acontecimientos inexplicables a los que Macondo lo había acostumbrado desde niño.

Pero dos veces ya eran un patrón.

Miró hacia el taller.

Allí estaba el pescadito que había terminado la noche anterior.

Entonces recordó el primero.

También había fabricado uno justo antes de rejuvenecer.

Aureliano entrecerró los ojos.

Por primera vez comenzó a sospechar que aquellos pequeños pescados de oro, que durante tantos años había fabricado sin otro propósito que mantener ocupadas las manos, escondían algo que jamás había comprendido.

Aquella misma tarde decidió llevar el descubrimiento más lejos. Si un pescadito podía devolverle varios años de vida, cuatro deberían rejuvenecerlo todavía más.

La posibilidad lo entusiasmó.

Trabajó durante horas hasta terminar cuatro pescaditos más. Antes de acostarse, los dejó alineados sobre la mesa y se fue a dormir imaginando que, al despertar, volvería a encontrarse con aquel Aureliano de veinte años. Joven. Aguerrido. Todavía convencido de que una guerra podía cambiar el mundo.

Durmió con una impaciencia que no sentía desde hacía décadas.

A la mañana siguiente corrió hacia el espejo.

Se quedó mirándose.

Seguía exactamente igual.

Aureliano frunció el ceño.

Miró los cuatro pescaditos sobre la mesa y después volvió a mirarse en el espejo.

Decidido a comprender el fenómeno, Aureliano comenzó a experimentar.

Esperó un año y fabricó otro pescadito.

Nada ocurrió.

Al año siguiente hizo otro.

Tampoco ocurrió nada.

Repitió el experimento año tras año. Fabricaba un nuevo pescadito y esperaba con cierta esperanza hasta la mañana siguiente para mirarse en el espejo.

Pero nada ocurría.

Su cuerpo continuaba envejeciendo con absoluta normalidad, como si aquellos pequeños peces de oro hubieran perdido para siempre su extraño poder.

La noche en que terminó el décimo pescadito, Aureliano se fue a dormir sin demasiadas expectativas. Habían pasado tantos años desde aquel primer milagro que comenzaba a sospechar que jamás volvería a repetirse.

Pero a la mañana siguiente ocurrió y al mirarse en el espejo había rejuvenecido.

Aureliano permaneció inmóvil frente al espejo.

De repente volvió su vista hacia los diez pescaditos alineados sobre la mesa.

Los contó una vez.

Luego otra.

Diez.

De repente comprendió lo que tenía frente a él y, por primera vez en muchos años, el corazón comenzó a latirle con verdadera emoción.

—Solo uno cada diez años —murmuró.

Maqroll, Aureliano Buendía y Rosario atravesando la selva

La noche había terminado de devorarse la selva.

Maqroll reunió a los hombres alrededor del radioperador. El soldado llevaba varios minutos arrodillado frente al equipo, moviendo lentamente el dial mientras una interminable sucesión de ruido blanco llenaba el pequeño claro.

—Nada —murmuró.

Maqroll miró su reloj.

—Intente otra vez.

El hombre cambió la frecuencia.

Rosario permanecía sentada junto a Pantera, limpiándose el barro de las manos con un pedazo de tela.

El radioperador levantó la cabeza.

—Nada.

Maqroll se arrodilló inmediatamente a su lado y tomó el transmisor.

—Ya me habían advertido que las comunicaciones eran complicadas.

Movió el selector e intentó nuevamente.

Un siseo prolongado respondió desde el aparato.

Maqroll esperó.

Solo estática.

Bajó lentamente el transmisor.

—Nada.

Maqroll extendió un mapa sobre el suelo y lo sujetó por las esquinas con varias piedras. Con una pequeña linterna iluminó la zona mientras Pantera se arrodillaba a su lado.

—Estamos aquí —dijo Maqroll, señalando un punto con el dedo—. Granada queda hacia el oeste.

Trazó con el dedo una ruta que evitaba los caminos principales.

—Nos moveremos por aquí. Si están concentrando hombres en Granada, cualquier acceso puede estar vigilado.

Apagó la linterna.

—Nos vamos.

La escuadra comenzó a moverse.

Durante más de una hora avanzaron entre la vegetación, siguiendo a Maqroll en completo silencio. La oscuridad hacía imposible distinguir algo más allá de unos cuantos metros, de modo que todos confiaban en la extraordinaria orientación del Gaviero.

Rosario, en cambio, comenzaba a sentir el peso de la marcha. Tenía la ropa empapada de sudor, las piernas cansadas y llevaba varios minutos observando cómo Maqroll avanzaba sin mostrar la menor intención de detenerse. Pantera caminaba cerca de ella y, de vez en cuando, le dedicaba alguna palabra de ánimo que Rosario respondía con una mirada cada vez menos amable.

Las horas pasaron.

Cuando las primeras luces de la madrugada comenzaron a filtrarse entre las copas de los árboles, la oscuridad cedió poco a poco y la selva recuperó sus formas.

Fue entonces cuando Maqroll se detuvo.

A lo lejos había distinguido movimiento.

Levantó una mano y todos se quedaron inmóviles.

—Esperen aquí.

Se internó solo entre la vegetación y desapareció.

Avanzó con cautela hasta encontrar un punto desde donde pudiera observar sin ser visto.

Entre la maleza alcanzó a distinguir varias siluetas.

Las contó.

Cuatro.

Los uniformes y los fusiles despejaron cualquier duda.

Eran guerrilleros.

Maqroll permaneció observándolos durante unos minutos. No dijo nada. Se limitó a estudiarlos.

Eran jóvenes. Estaban cansados, desorientados y, por la manera en que discutían entre ellos, era evidente que tampoco tenían muy claro qué hacer.

El Gaviero se fijó en sus uniformes, en sus armas, en la forma en que se trataban y hasta en quién parecía llevar la voz entre ellos.

Los había medido bien.

Entonces se le ocurrió una idea.

Regresó rápidamente sobre sus pasos hasta encontrar a los demás exactamente donde los había dejado, ocultos entre la vegetación.

—Hay cuatro guerrilleros no muy lejos de aquí —dijo en voz baja—. Están perdidos. Los vi consultando un mapa y llevan un buen rato discutiendo entre ellos. Por lo que alcancé a escuchar, también van hacia un encuentro para una ofensiva.

Pantera levantó la mirada.

—¿Y?

Maqroll señaló hacia Granada.

—Que acaban de ofrecernos una manera de llegar mucho más rápido.

Rosario frunció el ceño.

—¿Cuál?

—Necesitamos sus uniformes.

Pantera sonrió al comprender.

Maqroll miró al resto de los soldados.

—Pero solo nosotros tres. Una patrulla completa llamaría demasiado la atención y ustedes ya cumplieron su misión. Regresen al punto de comunicación y reporten al comando todo lo que vieron.

Uno de los hombres negó con la cabeza.

—Señor, no podemos dejarlos solos.

Maqroll le puso una mano sobre el hombro.

—No se preocupe, soldado. Encontraremos la manera de volver.

Maqroll señaló el camino por el que habían llegado.

—Aquí no debería haber tropas del Ejército. Cuantos menos seamos, mejor.

Después miró a Rosario y a Pantera.

—Nosotros tres vamos a entrar a Granada.

Rosario se acomodó el fusil.

Los tres se internaron en la selva siguiendo a Maqroll hasta dar nuevamente con el rastro de los cuatro guerrilleros.

No se acercaron de inmediato.

Los siguieron durante varios minutos, manteniendo siempre una distancia prudente y aprovechando la espesura para ocultarse. Las voces de los hombres aparecían y desaparecían entre los árboles. Seguían discutiendo por el camino correcto y consultando el mapa cada pocos minutos.

Maqroll esperaba.

Necesitaban que se separaran.

Finalmente ocurrió.

Uno de los guerrilleros entregó su fusil a un compañero y se apartó del grupo para orinar entre los árboles.

Maqroll miró a Rosario.

No tuvo que decirle nada.

Ella ya se estaba moviendo.

Se deslizó entre la vegetación hasta desaparecer entre las sombras. El guerrillero permanecía de espaldas, completamente ajeno a su presencia.

Rosario llegó hasta él sin hacer ruido.

Cuando el hombre percibió que había alguien detrás, ya era demasiado tarde.

Rosario lo sujetó y le hundió el cuchillo en la garganta.

No vaciló.

Lo sostuvo mientras perdía las fuerzas y después dejó que el cuerpo descendiera lentamente hasta el suelo.

Ni siquiera cambió de expresión.

Los hombres comenzaron a impacientarse por la demora de su camarada.

—¿Camarada? —gritó uno.

Dio un par de pasos en dirección a la maleza.

Maqroll entendió que se había acabado el tiempo.

El disparo quebró el silencio.

La bala alcanzó al guerrillero en la frente y lo derribó antes de que pudiera reaccionar.

Los otros dos buscaron sus armas.

Pantera salió de la vegetación como una sombra. Disparó contra el primero y se abalanzó inmediatamente sobre el último. El guerrillero apenas alcanzó a forcejear con él antes de que Pantera le clavara el cuchillo.

Todo terminó en cuestión de segundos.

Rosario apareció entre los árboles limpiando la hoja contra el pantalón.

Maqroll contempló los cuatro cuerpos.

—Pongámonos sus ropas. Y traten de no mancharlas más de sangre.

Rosario se acercó al guerrillero que había abatido y le quitó primero las botas pantaneras. Después revisó el uniforme con evidente disgusto.

Aun así comenzó a cambiarse.

Los rayos del sol atravesaban la humedad de la selva y se quebraban sobre la piel pálida de Rosario, todavía cubierta por una fina capa de sudor.

Por un instante pareció brillar entre aquel océano verde.

Maqroll reparó en ella apenas un momento antes de continuar acomodándose el uniforme.

Pantera, en cambio, se quedó mirándola.

Rosario lo descubrió.

—¿Qué mirás?

Pantera reaccionó como si acabaran de despertarlo.

—Nada.

—Entonces dejá de mirar tanta nada y cámbiese.

Maqroll soltó una carcajada sin levantar la vista.

Terminó de acomodarse el uniforme y se acercó a los dos.

—A partir de ahora somos guerrilleros de las FARC.

Su expresión se volvió seria.

—No hablen con nadie. No hagan preguntas. No se queden mirando a nadie más de la cuenta. Si alguien se acerca, déjenmelo a mí. Si nos descubren nos matan.

Maqroll consultó un momento el mapa.

—Ahora vámonos.

Escuadrón Imposible — Parte VI

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