El Escuadrón Imposible - Parte 7

Aureliano caminaba junto a Tirofijo por uno de los senderos del campamento. Las hojas secas crujían bajo sus botas. Durante los últimos días había nacido entre ambos una inesperada cercanía.

—Señor Aureliano, si me permite el atrevimiento... tengo que confesarle que soy un gran admirador suyo.

Aureliano lo miró de reojo.

—¿Cómo dice?

—Claro. Usted fue uno de los primeros revolucionarios que tuvo este país. Hay que tener mucho coraje para haberse levantado en armas contra esa oligarquía goda.

Aureliano esbozó una sonrisa.

—En ese entonces era insensato.

Tirofijo aminoró la marcha y lo miró con cierta sorpresa.

—No me diga que se arrepiente, coronel.

Aureliano continuó caminando.

—De haber peleado por lo que creía, no.

Aureliano se detuvo.

—Pero en mis tiempos siempre dejamos las guerras a medias, señor Marulanda. Firmamos un papel, enterramos unos cuantos muertos y esperamos hasta que la siguiente generación vuelva a tomar las armas por lo mismo.

Aureliano señaló con desprecio el movimiento del campamento.

—Incluso ahora los políticos hablan de paz, pero los enfrentamientos no han parado. Ustedes preparan una ofensiva. La misma mierda de siempre.

Tirofijo dejó escapar una risa seca.

—Entonces debería entender por qué no confío en esta paz.

Aureliano volvió la mirada hacia él.

Marulanda continuó caminando.

—Nosotros ya intentamos hacer política, coronel. Se creó un partido. Hubo concejales y congresistas. Gente que creyó que podía cambiar el fusil por la política.

Su expresión se endureció.

—¿Y sabe qué pasó?

Aureliano guardó silencio.

—Los fueron matando.

Tirofijo negó lentamente con la cabeza.

—Uno detrás de otro. Candidatos desarmados. Terminaron muertos.

Aureliano escuchaba con atención.

—Entonces ahora viene Pastrana, despeja cinco municipios, se sienta con nosotros y dice que quiere la paz. ¿Y yo qué hago, coronel? ¿Mando a mis hombres para la casa, entrego los fusiles y confío en que esta vez sí van a cumplir?

Tirofijo se detuvo.

—Yo llevo toda la vida en este monte, coronel. He visto gobiernos prometer reformas, amnistías y garantías. Cambia el presidente, cambian los ministros, cambian los discursos...

Tirofijo señaló con la cabeza a los hombres que se movían por el campamento.

—Sobrevivimos a Lleras Restrepo cuando apenas comenzábamos a organizarnos. Sobrevivimos a Turbay y a su Estatuto de Seguridad. Después llegó Betancur hablando de paz, firmamos una tregua y hasta intentamos hacer política.

Marulanda endureció el rostro.

Continuó caminando.

Aureliano lo escuchaba con atención.

—A este país pareciera que no le conviene estar en paz, coronel. Siempre hay alguien sacándole provecho a la guerra.

Tirofijo hizo una pausa.

—Mire lo que pasó con Samper. Cuando llegó, nosotros ya éramos fuertes. Cuando se fue, éramos mucho más. Más hombres, más armas, más frentes. Aprendimos a concentrar columnas y a golpear al Ejército donde antes habría sido impensable.

—¿Cuál es su causa, comandante? —preguntó Aureliano, interrumpiéndolo.

Tirofijo guardó silencio por un instante.

Marulanda lo miró con seriedad.

—Una Colombia donde el campesino tenga una vida digna. Donde no tenga que arrodillarse ante un terrateniente para alimentar a sus hijos. Donde la riqueza de este país no pertenezca siempre a las mismas familias.

Aureliano permaneció atento.

—Queremos que el campesino tenga tierra para trabajar, que sus hijos puedan estudiar, que haya médicos donde nunca ha llegado uno. Que pueda participar en política sin que después aparezca muerto en una carretera. Que Colombia deje de gobernarse desde Bogotá como si el resto del país no existiera.

Tirofijo señaló a los hombres que se movían entre las carpas.

—Mire a esos muchachos, coronel. Muchos no nacieron queriendo cargar un fusil. Nacieron pobres, en lugares donde el Estado nunca apareció para ofrecerles nada. El fusil llegó después.

Aureliano observó a los guerrilleros durante unos instantes.

Aquellas palabras le resultaban demasiado familiares.

Aureliano lo miró.

—Yo también empecé peleando por una causa.

Aureliano guardó silencio unos instantes. Luego volvió lentamente la mirada hacia Tirofijo.

—Y terminé peleando por el poder.

Tirofijo no dijo nada más. Se limitó a agradecerle la conversación al coronel y continuó su camino.

Sin embargo, las palabras de Aureliano se quedaron rondándole la cabeza.

En el fondo sabía que había algo de verdad en ellas. Después de tantos años de guerra, la causa campesina se había mezclado inevitablemente con la lucha por el poder.

Incluso aquella ofensiva era prueba de ello.

Mientras el país hablaba de paz y Pastrana apostaba por las negociaciones, las FARC preparaban uno de sus mayores golpes. No pretendían solamente ganar una batalla. Querían demostrar que podían poner al Estado contra las cuerdas y llegar a la mesa de negociación desde una posición de fuerza.

De repente, una nueva columna de hombres llegó al campamento.

Aureliano levantó la mirada y tuvo que hacer un esfuerzo para no reaccionar.

Entre los recién llegados reconoció a Maqroll y a Rosario, ambos vestidos con uniformes guerrilleros.

Maqroll caminaba junto a uno de los hombres de la columna, conversando con él como si fueran viejos camaradas. Incluso soltó una carcajada ante algo que el guerrillero acababa de decir.

Rosario, en cambio, permanecía callada. Llevaba varios trapos enrollados alrededor del antebrazo. Caminaba unos pasos detrás, con un fusil colgado y el rostro serio, acompañada por un hombre de evidente porte militar al que Aureliano reconoció de inmediato.

Al verlos sintió un enorme alivio.

El camino por la selva resultó tortuoso. Maqroll y su equipo avanzaron hacia Granada siguiendo el camino principal y, después de casi cinco horas de marcha, comenzaron a escuchar voces más adelante.

Maqroll levantó discretamente una mano.

Una tropa guerrillera apareció entre los árboles, avanzando en dirección contraria.

Rosario tensó ligeramente los dedos alrededor del fusil. Pantera mantuvo la vista al frente.

Maqroll, en cambio, les guiñó un ojo.

Siguió caminando como si nada.

—¡Camaradas! —saludó al encontrarse con ellos—. ¿De qué frente vienen?

Uno de los guerrilleros lo miró.

—Del cuarenta.

Maqroll soltó una sonrisa de alivio, bastante fingida.

—Nosotros llevamos dando vueltas por este hijueputa monte desde anoche. A este paso llegaremos cuando ya se haya acabado la guerra.

Algunos de los hombres rieron.

Maqroll ni siquiera titubeó.

—Vamos para Granada. Llevamos desde ayer caminando y esta condenada selva ya me tiene hablando con los árboles.

El guerrillero señaló hacia el camino.

—Van bien. Sigan derecho hasta el cruce y después agarran por la izquierda. Ahí se encontrarán con mi comandante.

Maqroll hizo una mueca de cansancio.

—Si no es mucha molestia, camarada, podríamos acompañarlos. Mis compañeros y yo no hemos probado bocado desde anoche y ya llevamos las cantimploras vacías.

Lo dijo con tal naturalidad que ninguno de los hombres encontró motivos para desconfiar. Después de ocho horas de marcha, el barro en las botas, el sudor y el cansancio de Rosario hacían el resto de la actuación por él.

El guerrillero miró a sus compañeros.

—Vengan con nosotros.

Maqroll ya tenía claro lo que debía hacer. Necesitaba ganarse la confianza de aquel pequeño grupo, caminar con ellos, ayudarlos y comportarse como uno más. Sabía que, si conseguía hacerse amigo de aquellos hombres antes de llegar a Granada, nadie tendría demasiadas razones para preguntarse quiénes eran él y sus compañeros.

Después de un rato llegaron a una quebrada y los guerrilleros decidieron detenerse.

Uno de ellos se arrodilló junto a la corriente para llenar las cantimploras. Otro se quitó las botas y comenzó a buscar peces entre las piedras del riachuelo.

Maqroll observó la escena.

Había llegado su hora de brillar.

—Así se le va a ir el día, camarada.

El guerrillero levantó la cabeza.

Maqroll dejó el fusil sobre una piedra y se remangó los pantalones.

Entró en la quebrada y durante unos segundos permaneció completamente inmóvil, observando la corriente. Luego hundió ambas manos entre unas piedras y, con una habilidad que sorprendió a todos, sacó un pequeño bagre que comenzó a retorcerse entre sus dedos.

Maqroll sonrió.

Al poco rato había conseguido varios bagres. Los guerrilleros comenzaron a bromear con él mientras improvisaban un lugar para preparar los peces.

Entonces un grito llegó desde la otra orilla.

—¡Ay, hijueputa!

Pantera se volvió inmediatamente.

Rosario estaba entre unas palmas, sujetándose el antebrazo.

—¿Qué pasó? —preguntó Pantera, acercándose.

—Esta mierda me atravesó.

Una larga espina de palma se había clavado en la parte exterior de su antebrazo. Rosario intentó sacarla de un tirón.

—¡No! —le gritó uno de los guerrilleros antes de que Rosario hiciera cualquier cosa—. Quieta, camarada.

El hombre se acercó y examinó la herida.

—Si la jala así se la puede partir adentro.

Rosario lo miró con evidente desconfianza.

—¿Y entonces, camarada?

El guerrillero examinó la espina.

—Toca sacarla despacio.

Pantera permaneció a su lado mientras el guerrillero sujetaba el brazo de Rosario y retiraba cuidadosamente la espina. Ella apretó los dientes y soltó una sarta de maldiciones hasta que finalmente la punta salió cubierta de sangre.

—¡Malparida mata! —exclamó Rosario.

Rosario miró la sangre que comenzaba a correrle por el antebrazo. Pantera la ayudó a vendarse la herida con varios trozos de tela.

Al caer la tarde, los hombres emprendieron nuevamente la marcha hacia el campamento de Granada. Cuando finalmente llegaron, el lugar hervía de actividad. Hombres armados iban y venían entre las carpas.

Maqroll recorrió el campamento con la mirada.

Entonces lo vio.

Aureliano Buendía caminaba tranquilamente entre los guerrilleros.

El Gaviero esbozó una sonrisa casi imperceptible.

Aureliano, Rosario, Maqroll y Pantera se encontraban por fin en el mismo lugar y, sin embargo, parecían estar más lejos que nunca. Una aproximación equivocada, una mirada demasiado prolongada o una conversación fuera de lugar podían echar por tierra todo el plan.

Maqroll necesitaba hablar con Aureliano y Aureliano tenía que contarle todo lo que había averiguado durante aquellos días en el campamento.

El contacto no podía ser directo.

Maqroll llevaba horas pensando en la mejor manera de acercarse al coronel sin despertar sospechas, pero Aureliano terminó adelantándose.

Aquella noche salió de su carpa de campaña. A pesar de la hora, el campamento seguía teniendo movimiento. Algunos hombres conversaban alrededor de las fogatas y los centinelas permanecían atentos en sus puestos.

Maqroll había conseguido tomar uno de esos turnos.

Aureliano lo vio desde la distancia.

No cambió el paso.

Se acercó como cualquier hombre que buscaba conversación durante una guardia nocturna.

—¿Tiene cigarrillos, camarada?

Maqroll volvió la mirada hacia él. No hubo sorpresa ni reconocimiento en su rostro. Seguían rodeados de demasiados ojos.

—Claro, camarada. Aquí tiene.

Sacó uno y se lo ofreció.

Aureliano se acercó para recibirlo. Durante aquel movimiento, sus dedos dejaron discretamente un pequeño papel doblado en la mano del Gaviero.

Maqroll lo hizo desaparecer en el bolsillo de su pantalón sin siquiera bajar la mirada.

Aureliano se llevó el cigarrillo a los labios. Le dio fuego.

La llama iluminó durante un instante los rostros de ambos.

Aureliano aspiró, dejó que la punta ardiera y se apartó con absoluta tranquilidad.

—Gracias, camarada.

—Con gusto.

El coronel continuó su camino.

Todo había durado apenas unos segundos.

Nada más.

Maqroll esperó hasta que Aureliano desapareció entre las carpas.

Ahora tenía que encontrar la manera de leer aquella nota sin despertar sospechas.

Escuadrón Imposible — Parte VII

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