Luis Fernando Ramírez Acuña, ministro de Defensa, recibió a los tres integrantes en su salón blanco. Rosario observaba el lugar con cierto asombro. No hacía mucho estaba encerrada en una prisión y ahora se encontraba sentada frente a uno de los hombres más poderosos del Gobierno.
—Señor Maqroll, se le acabó el tiempo del fichaje porque se nos adelantó el partido.
Como buen colombiano, el ministro no podía evitar las referencias al fútbol.
Maqroll siguió el juego.
—¿Cuándo comienza?
Rosario entornó los ojos. Aureliano, en cambio, mantuvo la mirada fija en el ministro.
Ramírez Acuña dejó escapar el aire y se inclinó sobre el escritorio.
—Meta está caliente. Mucho más de lo que esperábamos. Los últimos informes hablan de enfrentamientos en distintos puntos de la región y cada día aparecen movimientos nuevos.
Pegó un manotazo sobre la mesa.
—El brigadier general Francisco Pedraza está al frente de las operaciones y este mes ha tenido más problemas de los previstos. Sus hombres están cubriendo demasiado terreno, las comunicaciones son difíciles y cada vez recibe más reportes de movimientos guerrilleros en la zona.
El ministro señaló un punto sobre el mapa.
—Pedraza necesita apoyo ahora.
Maqroll observó el mapa.
—¿Qué clase de apoyo?
Ramírez Acuña levantó la mirada hacia los tres.
—Todo lo que ese equipo que usted formó sea capaz de hacer.
Se reclinó ligeramente en su silla.
—Usted escogió a sus hombres, Gaviero.
Hizo una breve pausa.
—Así que sorpréndame.
Maqroll sostuvo la mirada del ministro.
Rosario frunció el ceño.
Entonces Aureliano dejó escuchar su voz gruesa y severa.
—Yo no he aceptado formar parte de nada.
El ministro dirigió lentamente la mirada hacia él.
Aureliano se acomodó en el asiento.
—Yo fui liberal cuando ser liberal significaba levantarse contra un gobierno conservador con un fusil en la mano. Jamás voy a dejar que un godo me dé órdenes.
Ramírez Acuña lo observó con atención.
—Coronel, quiero que trabaje para el país.
Aureliano soltó una sonrisa seca.
—Todos los gobiernos dicen lo mismo.
Se inclinó ligeramente hacia delante.
—Y este particularmente me inspira poca confianza. Entregan territorio para hablar de paz mientras en el monte se siguen matando colombianos con colombianos. Se sientan frente a hombres armados, sonríen para las fotografías y después mandan soldados a combatirlos unos kilómetros más allá. Llaman paz a una tregua que ninguno de los dos parece dispuesto a respetar.
El ministro endureció el gesto.
El silencio se apoderó del salón.
Maqroll intervino antes de que aquello se convirtiera en una discusión.
—Coronel —intervino Maqroll—. Hay hombres peleando en el Meta que no tienen nada que ver con liberales o conservadores.
Maqroll se inclinó hacia él.
—Además, mírelo de otra manera. Después de tantos años este país está cambiando. Las ciudades crecen, llegan carreteras donde antes no había sino trochas, los colombianos estudian más. Este condenado país comienza a modernizarse.
Maqroll hizo una pausa.
—Liberales, conservadores, gente de derecha, gente de izquierda, todos dicen querer una sociedad más libre, con derechos y oportunidades. Por primera vez en mucho tiempo Colombia parece estar tomando forma.
Su voz perdió por un momento el tono despreocupado que lo caracterizaba.
—Quizá no podamos arreglar este país, coronel. Pero si esta paz tiene una posibilidad y nosotros podemos aportar algo para que funcione, por pequeño que sea, vale la pena intentarlo.
Maqroll sonrió ligeramente.
—Usted ya peleó treinta y dos guerras. A lo mejor esta vez puede ayudarnos a terminar una.
Aureliano permaneció callado.
—Quiero algo a cambio.
—¿Qué quiere, coronel? Aparte, por supuesto, de la suma que se le está ofreciendo, que sospecho no le vendría nada mal a un hombre como usted —dijo Ramírez Acuña.
Aureliano ni siquiera se inmutó ante la insinuación.
—Si cumplimos la misión, quiero hablar cara a cara con el presidente.
Ramírez Acuña arqueó una ceja.
El ministro lo observó durante unos segundos antes de extenderle la mano.
—Ayude a Maqroll y tendrá su reunión.
Aureliano miró aquella mano sin estrecharla todavía.
Finalmente la aceptó.
Maqroll esperó casi una hora.
Cuando finalmente terminó su turno, se alejó de las carpas con el pretexto de orinar y se internó unos cuantos metros entre los árboles.
Solo entonces sacó el papel.
Lo desdobló bajo la débil luz de la luna.
La letra de Aureliano ocupaba apenas unas líneas.
Puerto Lleras.
Tres meses.
Quieren tomarse el pueblo.
Regresen al comando.
Avísenles.
Prepárense.
No se preocupen por mí.
Maqroll leyó la nota dos veces.
Cambio de planes, pensó.
La dobló nuevamente y, después de asegurarse de que nadie lo observaba, abrió un pequeño agujero con la punta de la bota y la enterró bajo la tierra húmeda.
Maqroll sabía que intentar abandonar el campamento únicamente con Rosario y Pantera levantaría sospechas. Tres recién llegados desapareciendo juntos en mitad de los preparativos era exactamente el tipo de detalle que alguien podía recordar después.
La salida más sencilla era mezclarse con los demás.
Durante las siguientes horas prestó atención a los pequeños grupos que entraban y salían del campamento. Hombres enviados a buscar provisiones, reconocer caminos o llevar mensajes entre posiciones. Solo necesitaban encontrar uno que se alejara lo suficiente.
Después sería cuestión de acompañarlos.
Y esperar el momento adecuado para separarse.
A la mañana siguiente, Maqroll observó que un pequeño grupo se preparaba para salir del campamento en busca de alimentos y provisiones. No dejó pasar la oportunidad. Bastaron un par de comentarios y una mano ayudando a cargar los morrales para conseguir que él, Rosario y Pantera se sumaran a la partida.
Mientras avanzaban por la selva, Rosario notó que uno de los guerrilleros no dejaba de mirarla.
El guerrillero sonrió.
—Camarada, no la había visto nunca.
Rosario lo miró de reojo.
—Pues ya me viste.
El hombre frunció el ceño.
—No sabía que en el Séptimo hubiera paisitas.
Otro de los guerrilleros levantó la mirada y encaró a Rosario.
—Está muy guapa, camarada.
Rosario arqueó una ceja.
El hombre sonrió, pero no apartó los ojos de ella.
—Que una mujer como usted se recuerda fácil. Y yo no recuerdo haberla visto por acá.
Rosario sostuvo su mirada.
La sonrisa del guerrillero desapareció lentamente.
—¿Cómo se llama su comandante?
Esta vez nadie se rió.
Maqroll comenzó a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.
—¡Oigan a este! —exclamó Rosario, soltando una carcajada—. ¿Cómo así que quién es mi comandante, pues? ¡El mismo suyo!
Algunos rieron, pero no todos.
Otro guerrillero se metió en la conversación.
—No se haga la pendeja, camarada. Él le está preguntando quién la mandó para Granada.
Rosario dejó de sonreír.
—¿Y desde cuándo tengo que darle explicaciones a vos?
El guerrillero levantó el fusil y apuntó primero hacia Maqroll y después hacia Pantera.
—Desde que ninguno de nosotros recuerda haberlos visto a ustedes tres antes —respondió.
Las sonrisas desaparecieron.
Maqroll levantó lentamente las manos, procurando no hacer ningún movimiento que pudiera interpretarse como una amenaza. Pantera permaneció inmóvil.
El guerrillero miró a uno de sus compañeros.
—Vamos a hacer una cosa. Víctor, usted se viene conmigo y con la paisita.
Rosario dio un paso atrás.
—¿Y esta maricada qué es?
Señaló a Maqroll y a Pantera.
—Ustedes se quedan con estos dos. Pregúntenles quién es el comandante que los mandó para Granada.
Después volvió la mirada hacia Rosario.
—A la paisita nos la llevamos nosotros. Lo suficientemente lejos para que no pueda escuchar lo que respondan.
Rosario endureció el rostro.
El silencio se hizo pesado.
—Si los tres llegaron juntos —continuó el guerrillero—, los tres deberían decir el mismo nombre.
Maqroll comprendió inmediatamente el problema.
Así lo hicieron. Los separaron y les quitaron los fusiles y cualquier arma que pudieran llevar encima.
Los hombres ya estaban lo suficientemente lejos. Rosario había dejado de escuchar las voces de todos. Ahora solo percibía el murmullo de la quebrada, los insectos y aquella respiración interminable de la selva.
Miró a los dos guerrilleros.
—Qué hijueputa calor —protestó—. Si vamos a quedarnos acá, por lo menos déjenme ponerme cómoda, camaradas.
Sin esperar respuesta, comenzó a quitarse parte del uniforme empapado en sudor.
Los dos hombres intercambiaron una mirada. Llevaban demasiado tiempo metidos en el monte, alejados de las comodidades y placeres de cualquier vida ordinaria. La presencia de aquella mujer pálida, de cabello oscuro y figura llamativa bastó para que durante unos instantes olvidaran por qué la habían separado de los otros.
Rosario dejó aflorar su lado más seductor y, poco a poco, consiguió que los dos hombres se relajaran a su lado. La sospecha que minutos antes los había puesto en alerta comenzaba a desaparecer detrás de sonrisas y miradas cada vez menos prudentes.
—¿Saben qué, hombre, camaradas? —dijo Rosario, acomodándose—. Llevo como dos hijueputas meses caminando por estos montes, aguantando calor, barro, zancudos... y tengo unas ganas de echarme un polvo que ya ni les cuento.
Los dos hombres se miraron.
Rosario soltó una carcajada.
—Frescos. Ahorita les digo el nombre de mi comandante y dejamos tanto visaje.
Uno de ellos volvió a mirarla con desconfianza.
—Entonces dígalo.
Rosario se acercó un poco y bajó la voz, como si estuviera a punto de confiarles algo que jamás debería salir de allí.
—Bueno, les voy a contar para que dejen la maricada... pero esto se queda entre nosotros.
Los dos prestaron atención.
Rosario sonrió.
—Yo soy una de las hembritas de Marulanda.
Uno de los guerrilleros la miró sorprendido.
Los dos eran jóvenes. Demasiado jóvenes para disimular lo que les pasaba por la cabeza. Hacía apenas unos minutos la interrogaban con los fusiles en las manos; ahora intercambiaban miradas, tratando de averiguar cuál de los dos tenía alguna posibilidad con ella.
Rosario lo notó enseguida.
Se acercó al primero y le acomodó con suavidad el cuello del uniforme.
—¿Y ustedes siempre son así de desconfiados con las mujeres?
El muchacho sonrió.
Rosario dejó que sus dedos permanecieran un instante sobre su cuello y después volvió la mirada hacia el otro.
—¿Y vos qué? ¿No hablás?
Rosario se estiró con la pereza de una gata, consciente de que los dos guerrilleros no le quitaban los ojos de encima.
Sonrió.
—Bueno, papacitos... yo también estoy esperando mi turno.
Uno de ellos la miró con una inocencia que casi la hizo reír.
—¿Cuál turno?
Rosario se acercó un poco más. Cuando habló, bajó la voz hasta convertirla casi en una caricia.
—El que vos querás darme.
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