Desde el primer día en el Meta, Rosario no pasó desapercibida entre los soldados de la patria.
Después de años encerrada entre rejas y rodeada casi exclusivamente de mujeres, había olvidado la sensación de entrar a un lugar y sentir que todas las miradas se volvían hacia ella.
Y, para qué negarlo, le gustaba.
Se sentía la mujer más hermosa del mundo.
Al terminar la cena se quedó conversando con un pequeño grupo de soldados cerca de las tiendas de campaña. Eran jóvenes, la mayoría apenas mayores que ella, y no tardaron demasiado en olvidarse de que aquella mujer había llegado acompañada por dos hombres extraños y bajo órdenes que nadie terminaba de comprender.
Rosario se sentó con ellos sobre unas cajas de madera.
—¿Y usted qué hace acá? —preguntó uno.
—Lo mismo que ustedes.
—¿Soldado regular?
Rosario soltó una carcajada.
—No, hombre. Meterme donde no me llaman.
Los soldados rieron.
Uno de ellos encendió un cigarrillo mientras otro sacaba de entre sus cosas una botella de whisky de contrabando que llevaba quién sabe cuánto tiempo escondida.
—¿Y esa belleza? —preguntó Rosario.
—Para las emergencias.
—Entonces destápela, pues, que yo soy una.
Volvieron a reír.
Consiguieron unos vasos de lata y comenzaron a servirse. El whisky pasó de mano en mano junto con los cigarrillos, mientras Rosario se acomodaba entre ellos como si los conociera de toda la vida.
Hacía mucho que no se sentía así.
Libre. Por aquella noche, Rosario Tijeras. La mujer más hermosa del mundo.
El Gaviero y Pantera permanecían arrodillados, completamente desarmados y rodeados por tres hombres.
—Estos dos hijueputas se están demorando mucho —dijo uno de los guerrilleros, mirando hacia la selva.
Otro soltó una carcajada.
—¿No vio cómo estaba esa paisita? Deben estar disfrutando.
Los tres rieron.
Pantera levantó lentamente la mirada. La idea no pareció hacerle ninguna gracia.
Maqroll, en cambio, dejó escapar una sonrisa.
—¿De qué se ríe? —preguntó uno.
El Gaviero negó con la cabeza.
—Nada, camarada.
De repente, una ráfaga quebró el silencio de la selva.
Uno de los tres guerrilleros cayó antes de alcanzar siquiera a levantar el fusil.
—¡¿Qué hijueput...?!
Una segunda ráfaga atravesó la vegetación.
El otro hombre se desplomó junto a Maqroll con tres agujeros humeantes en el pecho, mientras los fogonazos de un fusil destellaban entre el verde de los árboles.
El último guerrillero reaccionó y trató de buscar de dónde venían los disparos.
No alcanzó.
Otra ráfaga lo derribó.
Después llegó el silencio.
Maqroll y Pantera permanecieron arrodillados, intentando distinguir algo entre la maleza.
Las hojas comenzaron a moverse.
Rosario apareció entre ellas.
Tenía su cuerpo lleno de sangre, el cabello revuelto y sostenía un fusil humeante entre las manos.
Caminó hacia los hombres sin decir una palabra.
Uno de ellos todavía respiraba.
Rosario se detuvo frente a él.
Un disparo seco terminó con aquello.
—¡Basta! —exclamó Maqroll.
Rosario volvió la mirada hacia él.
El viejo se puso de pie.
—Estuviste estupenda, pero acabas de avisarle a media selva dónde estamos.
Rosario bajó el fusil.
—De nada.
No había tiempo para discutir.
Ahora tenían que desaparecer antes de que alguien llegara a averiguar quién había disparado.
Rosario trató de arreglarse lo mejor que pudo. Se acomodó el uniforme, se recogió el cabello y pasó las manos varias veces por la ropa, pero las manchas de sangre no desaparecían con tanta facilidad.
Pantera la observaba con evidente preocupación.
Rosario se dio cuenta.
—Relájate, Pantera —dijo con una sonrisa.
Extendió ligeramente los brazos mostrando las manchas ahora rosadas que cubrían su uniforme.
—Esta sangre no es mía.
Rosario, aquella noche de libertad en el Meta, fue un soldado colombiano más. Las copas comenzaban a hacer efecto y las carcajadas salían cada vez con mayor facilidad.
De repente se quedó mirando el vaso entre sus manos.
—Qué gonorrea la vida, parce —soltó.
Uno de los soldados no pudo dejar pasar el comentario.
—¿Qué pasó, paisita? Contate algo.
Rosario levantó la mirada.
—¿Qué quieren que les cuente?
—Lo que sea. ¿De dónde venís? ¿Qué hacías antes de terminar metida en este mierdero?
Rosario soltó una risita y tomó otro trago.
—Uy, no, parce... Esa historia está muy larga.
—Tenemos toda la noche.
Rosario miró alrededor. Los soldados esperaban atentos.
—Bueno... pero cuando termine no se me vayan a poner a llorar, pues.
Todos rieron.
Rosario también.
Comentarios
Sé el primero en comentar.