El Escuadrón Imposible - Parte 10

Tres meses pasaron más rápido de lo que Aureliano hubiera imaginado.

Permaneció todo ese tiempo en el campamento, viendo llegar hombres, salir columnas y acumularse armas y provisiones mientras la ofensiva tomaba forma a su alrededor.

Tirofijo no participaría directamente en el ataque. Antes de marcharse había sido enfático con sus hombres. No quería que perdieran de vista al coronel.

Aureliano Buendía se había convertido en una presencia extraña dentro del campamento.

Al principio había sido simplemente el viejo que había llegado acompañando al gallero. Después comenzaron a circular historias sobre él. Que había peleado en guerras que nadie recordaba, que conocía el monte mejor que muchos guerrilleros.

Pero fue Tirofijo quien más estima terminó tomándole.

Había algo en Aureliano que le resultaba familiar.

Los dos habían comenzado sus guerras convencidos de que existían razones suficientes para tomarse las armas. Los dos habían pasado buena parte de sus vidas perseguidos por el Estado. Los dos habían visto morir amigos, compañeros y enemigos mientras los gobiernos cambiaban de nombre y las guerras continuaban.

Sobre todo, los dos eran sobrevivientes.

Quizá por eso Tirofijo disfrutaba sentarse a fumar con aquel viejo liberal.

Antes de abandonar el campamento, Tirofijo lo buscó personalmente.

—Coronel.

Aureliano levantó la mirada.

Tirofijo le extendió la mano.

—Espero encontrarlo aquí cuando regrese.

Aureliano estrechó su mano.

Tirofijo sonrió.

Se alejó acompañado por sus hombres.

Aureliano permaneció observándolo hasta que desapareció entre los árboles.

Tres meses.

Era exactamente el tiempo que había escrito en aquella nota.

La ofensiva estaba por comenzar.

Y Maqroll ya sabía dónde.

El Gaviero, Rosario y Pantera sortearon la selva durante días en su regreso hacia la unidad militar. Solo cuando estuvieron seguros de haber dejado atrás las líneas enemigas se permitieron detenerse.

Se quitaron parte de los camuflados guerrilleros y ocultaron cualquier distintivo que pudiera convertirlos en blancos para los soldados.

Rosario dejó caer la guerrera al suelo.

—Gracias a Dios. Ya estaba mamada de este olor a muerto.

Lograron llegar a una quebrada de aguas claras que descendía entre las piedras. Rosario no lo pensó dos veces. Dejó el fusil en la orilla, se quitó las botas y se metió al agua todavía vestida.

El frío la hizo estremecerse.

Se agachó y comenzó a frotarse los brazos, el cuello y el rostro. La sangre seca se desprendió lentamente de su piel y formó pequeños hilos rojizos que la corriente se llevó.

—Qué rico, hijueputa... esto sí es vida.

Maqroll se sentó sobre una piedra y llenó su cantimplora.

Pantera permaneció de pie, vigilando la selva.

Rosario lo miró desde el agua.

—¿Vos nunca descansás?

—Cuando lleguemos.

—Qué hombre tan aburrido.

Pantera sonrió apenas.

Por primera vez en varios días, nadie los perseguía.

Maqroll sacó del bolsillo la brújula, comprobó el rumbo y observó el cauce de la quebrada.

Todavía les quedaban varias horas de camino.

Rosario salió del agua y se sentó en una piedra junto a Pantera. Se exprimió el cabello y comenzó a secarse como pudo.

Pantera llevaba un rato mirándola.

—Oíste, Rosario... ¿qué les hiciste a esos hombres?

Ella continuó secándose.

—No te hagás la güevona. A los dos que se fueron con vos.

Rosario lo miró de reojo.

—Los maté.

—Esa parte ya la entendí.

—Entonces, ¿pa' qué preguntás?

Pantera guardó silencio unos segundos.

—Volviste bañada en sangre.

Rosario dejó de secarse.

Miró hacia la quebrada, donde los últimos rastros rojizos ya habían desaparecido con la corriente.

—Esos dos maricas creyeron que se habían ganado la lotería conmigo.

Rosario sonrió.

—Pero bueno... por lo menos tocaron el cielo antes de que los mandara pal infierno.

Escuadrón Imposible — Parte X

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