El Escuadrón Imposible - Parte 11

Meta hervía.

Puerto Lleras se había convertido en una zona de guerra.

Contra todo pronóstico, la estación de Policía y varios puntos estratégicos del pequeño municipio habían sido fortalecidos en secreto durante las semanas anteriores. Sacos de arena, posiciones de tiro y hombres adicionales permanecieron ocultos hasta que comenzó la ofensiva.

Cuando las primeras columnas guerrilleras entraron al pueblo, encontraron algo muy distinto de lo que esperaban.

Los policías respondieron desde sus posiciones con fusiles Galil. Desde otros puntos del municipio, soldados del Ejército abrieron fuego sobre las rutas de aproximación.

La sorpresa fue absoluta.

Una columna que avanzaba confiada hacia el pueblo quedó expuesta. Los disparos comenzaron a caer desde posiciones que, según la información que tenían, no debían existir.

Entonces aparecieron los lanzacohetes.

Las detonaciones sacudieron Puerto Lleras.

La columna de hombres se dispersó entre las casas y la vegetación mientras los hombres buscaban desesperadamente dónde cubrirse.

Era como si los hubieran estado esperando. Eso fue lo que comenzó a levantar sospechas entre los mandos guerrilleros. Alguien sabía que iban a venir. Cuándo y por dónde.

A kilómetros de allí, la noticia comenzó a correr entre las columnas del Bloque Oriental.

Y en algún lugar del Meta, cuando Tirofijo recibió el primer informe sobre el fracaso de la ofensiva, hubo un nombre que inevitablemente volvió a su cabeza.

Aureliano Buendía.

Permaneció en silencio.

No quería creerlo.

Durante aquellos tres meses le había tomado una estima sincera al viejo coronel. Había visto en él a otro sobreviviente, un hombre nacido de las viejas guerras liberales que, como él, había pasado buena parte de su vida enfrentándose al Estado.

Pero la coincidencia era difícil de ignorar.

Aureliano había llegado al campamento poco antes de que comenzaran los preparativos. Había visto hombres entrar y salir, había escuchado conversaciones y había tenido tiempo suficiente para comprender lo que estaban planeando.

Tirofijo apretó la mandíbula.

¿Sería capaz aquel viejo de traicionar una causa revolucionaria y venderse al mismo Estado contra el que había peleado toda su vida?

Algo dentro de él le decía que no.

Aureliano Buendía tomó parte en la ofensiva.

Marchó junto al Gallero y los demás hombres hacia Puerto Lleras como si durante aquellos tres meses se hubiera convertido realmente en uno de ellos.

Los guerrilleros que avanzaban esperando sorprender a una pequeña guarnición encontraron posiciones fortificadas, policías fuertemente armados y soldados que parecían conocer de antemano los lugares por donde intentarían entrar.

El combate se convirtió rápidamente en un caos.

Aureliano volvió a sentir el estruendo de los fusiles, los gritos de órdenes que nadie escuchaba y ese olor a pólvora que conocía desde mucho antes de que cualquiera de aquellos muchachos hubiera nacido.

La guerra seguía siendo la misma. Solo habían cambiado las armas.

Mientras avanzaba entre el humo, observó a los guerrilleros disparar sus fusiles automáticos y no pudo evitar pensar cuánto habría dado por tener uno de aquellos fusiles cubanos durante sus guerras.

En sus tiempos había tenido que conformarse con rifles que tardaban una eternidad en volver a disparar.

—¡Coronel! —gritó el Gallero—. ¡Por acá!

Aureliano lo siguió.

Avanzaron entre las casas buscando una posición desde donde continuar el ataque. Una explosión cercana sacudió la calle y los obligó a arrojarse al suelo.

Aureliano sintió la tierra caer sobre su espalda.

Cuando consiguió incorporarse, algunos de los hombres que avanzaban con ellos habían quedado tendidos entre el humo. Otros se levantaban aturdidos, con los uniformes chamuscados y el rostro cubierto de polvo y sangre.

El Gallero apenas los miró.

—¡Tenemos que seguir! —gritó.

Aureliano se incorporó lentamente.

El Gallero apenas alcanzó a voltear cuando el coronel desenfundó el revólver y le disparó a quemarropa en el pecho.

El impacto lo hizo retroceder, pero el hombre intentó reaccionar y llevó la mano hacia su arma.

Aureliano no se lo permitió.

Vació el tambor.

El Gallero cayó de espaldas y quedó tendido entre el polvo.

Aureliano se acercó.

El hombre todavía respiraba.

El coronel lo contempló en silencio.

—Por Arcadio.

Inmediatamente se dirigió hacia la estación de Policía.

Los disparos arreciaban a medida que se acercaba. Avanzó entre el humo y los escombros hasta distinguir la estación, convertida en uno de los principales puntos de resistencia del Estado.

Desde el interior, alguien disparaba sin descanso.

Aureliano reconoció a Rosario.

Así que si se acercaba de la forma equivocada, sería hombre muerto.

Aureliano se atrincheró detrás de un muro y esperó a que disminuyera la intensidad de los disparos. Cuando encontró un respiro, se quitó la camisa blanca, ahora amarillenta por el polvo, y con unas ramas improvisó una pequeña bandera.

La levantó por encima del muro.

Poco a poco, el humo comenzó a dispersarse.

Aureliano salió con cautela, sosteniendo la camisa en alto.

No alcanzó a dar muchos pasos.

—¡Quieto!

Dos soldados del Ejército le apuntaron inmediatamente con sus fusiles.

Aureliano se detuvo.

Entonces una voz conocida atravesó el estruendo.

—¡Esperen! ¡A ese cucho no me lo maten!

Los soldados voltearon y bajaron lentamente sus armas.

Aureliano cruzó hacia la estación y se encontró con Rosario.

—¿Dónde está el Gaviero?

Rosario sonrió.

—En el alto mando.

Aureliano frunció el ceño.

Rosario señaló con el fusil hacia el campo de batalla.

—Todo este mierdero que está viendo. Es plan de él.

Aureliano volvió la mirada hacia Puerto Lleras. Las tropas se movían entre posiciones preparadas, mientras a lo lejos las columnas guerrilleras comenzaban a retroceder.

Aureliano apenas podía creer que hubiera sobrevivido.

Cuando los últimos disparos comenzaron a apagarse, Puerto Lleras seguía en manos del Estado. La ofensiva había fracasado y las columnas guerrilleras que aún podían hacerlo comenzaron a replegarse hacia la selva.

Aureliano contempló el pueblo destruido.

La derrota en Puerto Lleras no terminaba allí.

El golpe había dejado a las FARC en una posición mucho más incómoda frente al Gobierno. La demostración de fuerza con la que esperaban llegar fortalecidas a la mesa de negociación había terminado mostrando exactamente lo contrario.

Habían apostado por las armas para negociar desde una posición de poder.

Y habían perdido.

Durante las semanas siguientes, las columnas guerrilleras comenzaron a retirarse de varios sectores rurales del Meta. El Ejército recuperó corredores y poblaciones donde durante años la presencia del Estado había sido un rumor.

En algunas casas abandonadas aparecieron depósitos de armas, municiones, uniformes y provisiones. Otros pobladores fueron interrogados por posibles vínculos con la guerrilla.

Poco a poco, los disparos comenzaron a escucharse con menor frecuencia por el Meta.

Pero la guerra no había terminado.

La victoria fue celebrada en Bogotá.

El brigadier estaba satisfecho. El Ministerio de Defensa presentó la operación como uno de los golpes más importantes contra la capacidad ofensiva de las FARC y el propio presidente reconoció públicamente a quienes habían dirigido la respuesta militar.

Pero hubo tres nombres que jamás aparecieron en los periódicos.

Maqroll el Gaviero.

Rosario Tijeras.

Aureliano Buendía.

Oficialmente, ninguno de ellos había estado allí.

Escuadrón Imposible — Parte XI

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