Aureliano volvió a encontrarse con el ministro.
—Supongo que recuerda nuestro acuerdo —dijo el coronel.
El ministro supo inmediatamente a qué se refería.
Hubo un silencio incómodo.
—Coronel... voy a serle franco. Eso no va a poder ser.
Aureliano no pareció sorprendido.
—Me dio su palabra.
—Y pensé sinceramente que podía conseguirlo. También pensé, para serle franco, que probablemente usted no regresaría de esa misión.
Aureliano lo miró fijamente.
El ministro evitó responder directamente.
—Recibirá el dinero acordado. Usted y los demás serán compensados generosamente. Después de lo que hicieron en el Meta, se lo han ganado.
Aureliano permaneció unos segundos contemplándolo.
No discutió.
No amenazó.
Ni siquiera volvió a mencionar el acuerdo.
Simplemente tomó su sombrero y se fue.
Pocos días después regresó a Aracataca.
No llevaba condecoraciones. Su nombre no apareció en ningún comunicado y nadie supo que había pasado los últimos meses caminando entre guerrilleros o combatiendo nuevamente en una guerra colombiana.
Tampoco le importaba.
Volvió a su taller.
Le hizo gracia comprobar que, después de tantos años, el Gobierno siempre encontraba alguna manera de incumplirle.
Rosario había vuelto a Medellín. La habían instalado en una casa segura y no tenía permitido alejarse más de diez metros. La cuadra permanecía vigilada día y noche, pero aquello no le impedía recibir las visitas de Pantera cada vez que salía de permiso.
Él nunca avisaba.
Simplemente aparecía en la puerta con unas cervezas bajo el brazo y alguna excusa para quedarse más tiempo del necesario.
Rosario siempre lo dejaba entrar.
Ninguno de los dos hablaba demasiado de lo ocurrido en el Meta. Habían tenido suficiente selva, sangre y muertos para varias vidas.
Preferían beber, fumar y dejar pasar las horas.
Maqroll regresó al lugar donde se había hospedado antes de partir. Esta vez encontró a Yorenis trabajando donde habitualmente lo hacía.
La negra volvió a sonreír apenas lo vio acercarse.
El Gaviero sacó del bolsillo un pequeño estuche y se lo entregó.
Yorenis lo abrió y encontró un par de aretes de diamantes.
—No quería que te llevaras una mala primera impresión de mí.
Yorenis levantó la mirada, encantada.
La hermosa morena cerró el estuche, lo tomó del brazo y decidió acompañarlo el resto de la tarde.
Después de más de tres meses de selva, guerrilleros, militares y una guerra, el Gaviero agradeció volver a ocuparse de asuntos mucho más sencillos.
FIN
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