Scammers - Parte I

La prisión era dura. Sobre todo a la hora del almuerzo.

Sofía Santacruz era una abogada de prestigio. Tenía una maestría en Derecho Penal y una colección de títulos que respaldaban una carrera construida con inteligencia y ambición. Estaba acostumbrada a los buenos restaurantes, a los buenos tratos y a que su nombre abriera puertas. Era brillante. Elegante. Y, sobre todo, estaba acostumbrada a conseguir exactamente lo que quería.

Ahora estaba sentada, con la mirada perdida, frente a una bandeja de plástico con dos galletas duras, un arroz espeso y sin sal, y un pedazo de una supuesta carne.

Sofía clavó el tenedor en la carne.

No entró.

Miró la bandeja con desprecio.

De todas las humillaciones de la cárcel, aquella era una de las que peor llevaba.

—¿Qué pasó, gomela? —dijo una de las mujeres sentadas a la mesa—. ¿Le quedó grande comer?

Algunas soltaron una carcajada.

Sofía apartó la bandeja.

Intentó ignorarlas, pero de repente sintió que algo dentro de ella se quebraba.

Comenzó a llorar.

Sofía Santacruz tenía treinta y dos años.

La condena decía que debía cumplir quince años.

Quince años.

Esa era la cifra que seguía retumbando en su cabeza.

Cuando terminara, tendría cuarenta y siete.

Bajó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos.

Entonces lloró con más fuerza, pues ahí comprendió realmente lo que significaba perder quince años de su vida.

Maqroll, Aureliano Buendía y Rosario atravesando la selva

Dos años antes, en el edificio de la Corte Suprema se fraguaban muchas cosas.

El senador Miguel Piraquive era el segundo senador más votado del país. Líder natural de una corriente política tradicional, conservadora y, sobre todo, temerosa de Dios. Detrás de él había una maquinaria capaz de movilizar alcaldes, concejales y miles de votos.

Era de mañana y el senador estaba a punto de reunirse con dos mujeres.

La primera era Sofía Santacruz, su abogada. La segunda, Luisa Acuña, una joven que esperaba ser contratada como su nueva asistente.

Luisa estaba nerviosa.

—Cálmate —dijo Sofía.

—Es un senador de la República —respondió Luisa, nerviosa.

Sofía sonrió.

—Necesito que ese hombre termine entre tus piernas lo más pronto posible.

—Doctora...

Ambas rieron.

—Ya debe estar por llegar.

Sofía se acercó, le arregló ligeramente el cuello de la blusa y aprovechó para susurrarle al oído:

—Recuerda lo que practicamos. No me conoces y yo no te conozco.

Unos pasos comenzaron a escucharse en el pasillo.

Las dos se separaron inmediatamente.

Sofía tomó una carpeta del escritorio y Luisa acomodó la espalda en la silla.

Unos segundos después, la puerta se abrió.

Miguel Piraquive entró al despacho.

Sofía adoptó inmediatamente su expresión profesional.

—Aquí está, senador. Nuestra última candidata. Estuve entrevistándola mientras usted llegaba.

Piraquive dirigió la mirada hacia Luisa.

Ella se levantó y extendió la mano.

—Luisa Acuña.

El senador ignoró la mano y, con la familiaridad de quien estaba acostumbrado a saludar así, se acercó y le dio un beso en la mejilla.

La entrevista continuó con naturalidad.

Piraquive quiso saber dónde vivía, cómo se había enterado de la vacante y qué experiencia laboral tenía. Luisa respondió con tranquilidad. Sofía también intervino de vez en cuando con preguntas más formales como referencias laborales y disponibilidad.

Luisa se presentó como una mujer sencilla, responsable y, sobre todo, temerosa de Dios, que todavía vivía con sus padres.

Piraquive pareció interesado en aquella mujer que se mostraba tan honesta.

—¿Lee la Biblia? —preguntó de repente.

—Claro, señor. De hecho, siempre la traigo conmigo.

Luisa sacó una pequeña Biblia de su bolso. Entre sus páginas sobresalía una cinta roja.

Piraquive la tomó con curiosidad. Tiró suavemente de la cinta y dejó que la Biblia se abriera justo en la página marcada.

—El Evangelio de Mateo —dijo.

—Sí. Ya casi lo termino.

—¿Cuál es su parábola favorita?

Luisa pensó unos segundos.

—Bueno, de toda la sabiduría del buen Jesús, siempre me ha gustado la del día de la siega. Es aterradora, pero esperanzadora a la vez.

El pastor Piraquive sonrió.

—También es una de mis favoritas. ¿Qué religión practica?

—Mi familia es católica y crecí así, pero hace un tiempo renuncié. Ahora estoy asistiendo a una iglesia de avivamiento.

—Interesante —dijo Piraquive, asintiendo lentamente—. Si tiene la oportunidad, la espero algún día en la nuestra.

—Será un gusto, senador.

Piraquive cerró la Biblia, pero no se la devolvió todavía.

—Si no es mucha indiscreción, ¿puedo preguntarle por qué cambió de religión?

—Bueno, verá... desde lo que pasó con los niños comencé a tener mis dudas.

Piraquive negó lentamente con la cabeza.

—Ay, ay, ay, señorita Luisa... El diablo sabe esconderse hasta en el rincón más invisible de este mundo. Pero me alegra que aquello no la haya alejado de Dios.

Piraquive sonrió, complacido, y le devolvió la Biblia.

La entrevista terminó poco después.

Luisa se despidió con mucha cortesía de ambos y salió del despacho.

Piraquive esperó a que la puerta se cerrara.

Sofía permaneció sentada, como si todavía estuviera esperando su decisión.

El senador no necesitó pensarlo demasiado.

—Doctora Sofía, prepare los documentos. La quiero a ella.

Scammers — Parte I

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