En el Senado hervía la división.
El Gobierno había encontrado varias trabas para sacar adelante los ajustes de la reforma tributaria, pero ninguna tan grande como la propuesta de gravar a las iglesias.
La oposición convirtió el asunto en una batalla política.
Entre las filas de la bancada del Gobierno se encontraba una senadora que había llegado a ocupar su curul más por sus contactos que por su experiencia. La doctora María del Pilar Sanabria.
No era una gran oradora ni una experta legislativa, pero conocía a la gente adecuada.
Y sabía cuándo llamarla.
Esa misma tarde se reunió discretamente con uno de sus contactos dentro de la Policía.
—Logré conseguirle una cita —le dijo el policía.
—Perfecto. ¿Le mencionó el precio?
El policía asintió.
Sanabria lo miró con curiosidad.
—¿Cómo se llama?
—X.
—¿X?
—Así lo va a conocer.
—¿Y no debería saber algo más?
El policía negó con la cabeza.
—No le conviene. Con tipos como X, doctora, mientras menos sepa, mejor.
El policía le entregó un papel doblado.
Sanabria lo abrió.
Solo había una dirección, una fecha y una hora.
No le resultó difícil a Luisa captar la atención del senador.
Para entonces llevaba suficiente tiempo trabajando a su lado como para conocer algunos de sus pequeños hábitos.
Descubrió que era diestro, que se acomodaba el reloj cuando estaba pensando y que, antes de responder una pregunta difícil, levantaba ligeramente la mirada, como si la respuesta estuviera escrita en algún lugar del techo.
También había aprendido a conocer al otro Piraquive.
El pastor.
Lo había acompañado a iglesias repletas, reuniones privadas, cenas con empresarios y eventos políticos donde decenas de personas hacían fila solamente para estrecharle la mano.
Había visto ancianas abrazarlo con fervor, hombres acercarse para pedirle consejo y familias enteras esperar pacientemente su turno para recibir una bendición.
Algunos le entregaban sus Biblias para que las firmara. Otros simplemente querían tocarlo, darle las gracias o contarle lo que Dios había hecho por ellos después de escuchar uno de sus sermones.
Luisa no dejaba pasar ningún detalle. Había aprendido cuáles eran sus trajes favoritos, cómo saludaba a sus seguidores, qué palabras repetía cuando predicaba y hasta qué gestos hacía cuando algo lo incomodaba.
Después de tantos eventos y reuniones a su lado, comenzaba a conocerlo mejor de lo que él imaginaba.
Y entre todas aquellas pequeñas cosas había descubierto una especialmente útil.
Al senador le atraían sus piernas.
Piraquive procuraba ser discreto. Nunca bajaba la mirada cuando existía la posibilidad de que Luisa pudiera sorprenderlo. Pero ella no necesitaba mirarlo directamente.
Hacía mucho tiempo había aprendido a servirse de los reflejos. Cualquier superficie brillante podía mostrarle hacia dónde miraba un hombre.
Una tarde, Luisa encontró el reflejo del senador en una de las ventanas de la calle.
Sus ojos recorrían lentamente su figura.
Luisa siguió caminando como si no hubiera notado nada. Por dentro, sin embargo, no podía dejar de reír.
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