Scammers - Parte III

La reunión llevaba más de dos horas.

Senadores, representantes a la Cámara y asesores del Gobierno ocupaban una larga mesa cubierta de documentos, proyecciones y tazas de café. En la pantalla del fondo aparecía una cifra que nadie había conseguido cuadrar.

El dinero que todavía faltaba.

—Ya tocamos bebidas azucaradas, gasolina y grandes patrimonios —dijo uno de los representantes—. Si seguimos apretando por ahí, nos van a crucificar en las próximas elecciones.

Una asesora cambió la diapositiva.

En la pantalla aparecieron varias cifras relacionadas con organizaciones religiosas. También había recortes de prensa que exhibían propiedades, millonarios ingresos y enormes movimientos de dinero de algunas de las iglesias más grandes del país, especialmente de congregaciones cristianas evangélicas.

Templos gigantescos, canales de televisión, colegios y propiedades aparecían uno tras otro en la presentación.

Algunas de aquellas iglesias habían acumulado una influencia enorme. Sus líderes llenaban auditorios, aparecían en televisión y podían orientar las decisiones de miles de fieles.

La siguiente fotografía mostró uno de los templos más grandes de la presentación.

Iglesia Cristo Rey. La iglesia del pastor y senador Miguel Piraquive.

Debajo apareció una fotografía del senador Miguel Piraquive predicando frente a una multitud.

—Y todo esto mientras disfrutan de beneficios tributarios que cualquier empresario mataría por tener —comentó uno de los representantes.

La siguiente diapositiva mostraba otro templo de Cristo Rey, esta vez en un municipio distinto del país. Estaba completamente lleno.

En el centro de la multitud, con una Biblia en la mano, volvía a aparecer Miguel Piraquive.

Sanabria se acomodó en su silla.

—He visto varias veces al senador Piraquive en esta presentación —comenzó Sanabria—. Y creo que precisamente él podría ayudarnos.

Algunos levantaron la mirada.

—Necesitamos que la gente entienda que esta reforma no busca quitarles dinero. Hablamos de recursos que pueden convertirse en subsidios, alimentación, educación y ayudas para las personas que realmente los necesitan. Piraquive tiene la influencia suficiente para ayudarnos a llevar ese mensaje a las iglesias y, sobre todo, para sentar a sus líderes a negociar.

Sanabria miró nuevamente la fotografía del templo abarrotado de gente.

—Es irónico, ¿no? —dijo después de contemplarla durante unos segundos—. ¿Cuánto cree que recogen en ofrendas solamente con la gente que aparece en esa foto? Y eso sin contar el diezmo. Pero cuando el país les pide una parte para ayudar a esa misma gente, entonces lo llaman persecución.

En la sala se hizo silencio.

Sanabria tomó el mouse conectado al proyector y dibujó un círculo alrededor de Piraquive.

—Si logramos convencerlo a él, no tendremos que convencerlos a todos.

Maqroll, Aureliano Buendía y Rosario atravesando la selva

En el centro de Bogotá, bajo uno de esos bares donde una botella costaba más que el salario de un mes, existía un sótano que no figuraba en los planos del edificio.

Arriba sonaban las copas, la música y las conversaciones de quienes podían permitirse no mirar el precio de la cuenta. Abajo, el negocio era otro. Por aquellas mesas habían pasado sicarios, traficantes, proxenetas y hombres de traje que jamás habrían admitido conocerlos. Allí no importaba de qué lado de la ley venía cada uno, sino cuánto dinero llevaba consigo y qué estaba dispuesto a hacer para conseguir más.

La doctora Sanabria se había ocultado detrás de unas gafas oscuras y un largo abrigo, y sentada frente a ella estaba X, un exagente de la DIPOL.

Había trabajado en inteligencia e investigaciones hasta que una operación que oficialmente nunca existió terminó con su carrera. Desde entonces vendía la experiencia de un hombre capaz de cualquier cosa.

La senadora dejó un sobre encima de la mesa.

—Adentro encontrará toda la información.

X ni siquiera lo miró.

—¿Quiere algo de tomar, senadora?

—Yo invito. ¿Qué desea?

—Me encanta el Johnnie Walker.

Sanabria levantó la mano y uno de los meseros se acercó. Ordenó el whisky y esperó a que volviera a alejarse.

Solo entonces X tomó el sobre.

Sacó algunos documentos, revisó un par de fotografías y finalmente leyó el nombre de la tarjeta.

Miguel Piraquive.

Levantó ligeramente las cejas.

—Este es gordo.

Volvió a mirar la fotografía.

—Gordísimo.

—Por eso el precio —respondió Sanabria.

X sonrió y guardó nuevamente los documentos.

—Comienzo a trabajar en seis meses.

Sanabria hizo una mueca de disgusto y se inclinó hacia él.

—Imposible. Tiene que ser mucho antes.

X levantó la mirada.

—Lo siento, senadora. Trabajo por demanda. Tengo otro cliente que va a pagarme el doble de lo que vale el suyo.

—Necesito esto ahora.

—Tranquila. Si me va bien, podrían ser cinco meses.

Sanabria lo miró fijamente.

X sonrió.

La senadora apretó el puño debajo de la mesa.

—Espere. Puedo conseguirle más.

Sanabria permaneció en silencio unos segundos. Miró el sobre, después a X y finalmente sacó el teléfono de su bolso.

—Deme un momento.

Se levantó de la mesa y caminó hasta el otro extremo del sótano. X la siguió con la mirada mientras marcaba un número.

En ese momento llegó el mesero con el whisky, sirvió dos vasos y se marchó.

X observó a Sanabria mientras hablaba por teléfono. La conversación duró poco.

La senadora regresó a la mesa, guardó el teléfono y volvió a sentarse.

—El triple.

Sanabria sacó una bolsa negra y la puso sobre la mesa.

—Quédese con esto. Esta semana le consignamos el resto.

X abrió la bolsa apenas lo suficiente para comprobar su contenido. Luego la cerró, tomó su vaso de whisky y se lo bebió de un trago.

Se puso de pie.

Sanabria hizo lo mismo.

X le extendió la mano.

—En ese caso, doctora...

Sanabria estrechó su mano.

X sonrió.

—Arranco hoy.

Scammers — Parte III

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