El ingreso de Sofía al mundo del crimen fue casi accidental y todo comenzó con Luisa.
Para entonces, las dos llevaban años siendo amigas. Se conocían desde mucho antes de que Sofía se convirtiera en abogada.
Sofía había elegido estudiar Derecho y se lo había tomado tan en serio como todo lo demás en su vida. Luisa, en cambio, había probado varios caminos sin terminar de encontrar el suyo.
Una noche, varios años antes de que el nombre de Miguel Piraquive significara algo para ellas, Sofía regresó tarde a casa después de sus prácticas en el juzgado. Preparó cualquier cosa para comer y se sentó frente al computador a revisar documentos, estudiar las leyes relacionadas con el caso que estaba apoyando y organizar algunas notas.
Llevaba un buen rato trabajando cuando sonó el timbre.
Miró la hora.
Eran casi las once de la noche.
El timbre volvió a sonar.
Sofía se levantó molesta y caminó hasta la puerta.
Miró por la mirilla.
Era Luisa.
Y estaba en un estado lamentable.
No llevaba maquillaje, tenía el cabello desordenado y los ojos hinchados de tanto llorar.
La molestia de Sofía desapareció de inmediato.
Abrió la puerta y la hizo pasar sin hacer preguntas. La llevó hasta la cocina, preparó una taza de chocolate caliente y la puso frente a ella.
Se sentaron junto a una pequeña barra que hacía las veces de mesa.
Luisa envolvió la taza con ambas manos, pero apenas bebió. El llanto no la dejaba.
—Se acabó todo —dijo entre sollozos.
Sofía permaneció en silencio, dejando que su amiga botara todo lo que llevaba por dentro.
—Hoy me dijo que ya no quería que siguiera siendo su amante. Que quería arreglar las cosas con su mujer —continuó Luisa, intentando hablar. Algunas palabras apenas lograban salir entre sus respiraciones entrecortadas.
Se secó las lágrimas con la manga.
—¿Y entonces en qué quedo yo? Todo este tiempo... Yo aprendí a quererlo, Sofi. Yo de verdad lo amo.
Sofía la observó con cierta pena. Nunca había entendido del todo aquella facilidad que tenía su amiga para enamorarse.
Ella era diferente. Entre la universidad, las prácticas y sus planes para convertirse en una gran abogada, apenas tenía tiempo para pensar en hombres.
Luisa, en cambio, se enamoraba con facilidad y casi siempre terminaba metiéndose en problemas que no necesitaba.
—Hoy creí que iba a ser otra de nuestras escapadas. Fuimos al mismo lugar de siempre, estuvimos juntos y después...
Luisa hizo una pausa. Le costaba incluso decirlo.
—Después de acostarse conmigo, me dijo que era la última vez.
Volvió a llorar.
Sofía la observó sin saber muy bien qué decir. Solo se le ocurrió aconsejarle lo mismo que ella se repetía todos los días.
—Tienes que ser fuerte.
Luisa soltó una risa amarga.
—No quiero ser fuerte, Sofi. Quiero que ese hijueputa sienta aunque sea un poquito de lo que estoy sintiendo yo.
Sofía bajó la mirada hacia su taza. La forma en que hablaba Luisa comenzaba a preocuparla. La conocía desde hacía años. Era enamoradiza, impulsiva y podía llorar durante días por un hombre, pero aquella rabia era diferente.
—Lu...
Luisa levantó la mirada.
—Tú no eres así. Te conozco. Siempre te enamoras, siempre sufres y después se te pasa. No pierdas la calma por este tipo.
—Esta vez es diferente.
Sofía suspiró.
—Eso también lo dices siempre.
Luisa se frotó las mejillas con fuerza, secándose las lágrimas casi con rabia. Respiró hondo. Cuando volvió a hablar, ya no había tristeza en su voz.
—Le voy a mandar todo a su mujer. Voy a contarles a sus hijos, publicarlo... No sé.
Apretó los dientes.
—Quiero joderle la vida.
Sofía frunció el ceño.
—¿Qué vas a mostrarles, Luisa? Por el amor de Dios.
—Pues todo.
Luisa sacó el celular.
—Todo lo que hicimos. Las fotos, los mensajes... Mira.
Abrió la galería y comenzó a deslizar el dedo por la pantalla.
Primero apareció una fotografía de los dos besándose en un parque.
Deslizó otra.
Una cena.
Otra.
Los dos abrazados dentro de un carro.
Otra.
Sofía dejó de mirar a Luisa y empezó a prestar verdadera atención al teléfono.
Había muchas.
Demasiadas.
—¿Tú guardaste todo esto?
—Sí.
Luisa siguió deslizando el dedo.
Sofía no podía creerlo. Con cada movimiento aparecía algo más comprometedor que lo anterior. Las fotografías inocentes fueron dando paso a imágenes mucho más íntimas y videos que dejaban pocas dudas sobre la relación que habían mantenido.
—¿Y tú quieres publicar todo esto?
—Quiero que se joda.
Sofía siguió mirando la pantalla.
Sabía bastante sobre aquel hombre gracias a todo lo que Luisa le había contado durante los últimos meses. Era uno de los directivos de una importante empresa tecnológica. Tenía dinero, una familia, una reputación y una posición favorable en la sociedad.
Demasiadas cosas que perder.
—Lu, podríamos hacer algo más interesante.
Luisa la miró con interés.
—¿Qué?
Sofía permaneció en silencio.
La idea apenas comenzaba a tomar forma y, mientras más la pensaba, más peligrosa le parecía.
—Este tipo tiene plata, Luisa. Mucha. Siento que podrías beneficiarte de todo esto y, de paso, darle un buen susto.
Luisa frunció el ceño.
—No entiendo.
Sofía levantó lentamente la mirada.
—Creo que podemos hacer que él mismo nos diga cuánto vale su secreto.
Era sábado por la mañana y el pastor Piraquive estaba en mitad de uno de sus sermones. Caminaba de un extremo al otro de la tarima, Biblia en mano, mientras cientos de fieles seguían cada uno de sus movimientos.
—¡Estamos siendo gobernados por el diablo!
Algunos gritos de aprobación se levantaron entre la congregación.
—¡Sí, hermanos! ¡El diablo camina por la Casa de Nariño! Se pasea por sus enormes salones, se sienta en sus oficinas y susurra al oído de quienes gobiernan este país.
Piraquive golpeó la Biblia contra la palma de su mano.
—Nos quieren decir cómo criar a nuestros hijos. Quieren que los niños se vuelvan homosexuales, que las niñas se vuelvan lesbianas. Quieren una sociedad donde nadie haga nada y sea el Estado el que le dé todo. ¡No! ¡No, hermanos! Ese es el camino de la mediocridad.
—¡Amén! —gritó alguien desde las primeras filas.
Piraquive señaló hacia la multitud.
—Escúchame, hermano. Escúchame, hermana. Dios, en su infinita sabiduría, nos dio manos para hacer, pies para caminar y boca para hablar. Nos dio voluntad para levantarnos y trabajar.
Se llevó una mano al pecho.
—¡Quieren ponernos impuestos! ¿Saben qué significa eso? Que su diezmo ya no irá solamente para Dios. ¡Ahora también quieren que una parte termine en las manos del Gobierno!
Algunas voces de protesta comenzaron a levantarse entre los fieles.
Piraquive señaló hacia el público.
—¡Pero escúchenme bien! Yo no necesito las limosnas de ningún Gobierno.
Levantó ambos brazos.
—¡Dios nos dio manos para trabajar, piernas para caminar y voluntad para salir adelante!
La congregación comenzó a aplaudir.
—¡Yo no necesito que ningún político me mantenga!
Alzó la voz por encima de los aplausos.
—¡Gracias a Dios!
—¡Amén! —rugió la multitud.
Piraquive cerró los ojos y levantó las manos todavía más.
—¡ALELUYA! —respondió la congregación.
Entre los cientos de rostros que lo observaban había uno que no rezaba.
El Agente X había comenzado a trabajar.
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