Desde la ruptura con su amante, Juan, y por consejo de Sofía, Luisa se había metido de lleno en el gimnasio. Necesitaba mantener la cabeza ocupada y aquella había resultado ser una buena forma de hacerlo.
Allí había comenzado a salir con uno de los entrenadores personales. Desde entonces, el hombre prácticamente se había puesto a su entera disposición. Le pagaba la membresía, diseñaba personalmente sus rutinas y le dedicaba todo el tiempo que podía dentro y fuera del gimnasio. Sus conocimientos, su experiencia y hasta sus horas libres parecían pertenecerle a Luisa.
Las rutinas eran intensas.
Tanto en lo físico como en lo personal.
A veces el entrenador aprovechaba las correcciones para acercarse más de lo necesario y no siempre disimulaba dónde colocaba las manos.
—Acá debes sacar un poco más los glúteos para no lesionarte —le explicó un día mientras Luisa hacía una sentadilla.
Luisa corrigió la postura y lo miró a través del espejo. Sabía perfectamente que aquella mano no tenía nada que ver con evitar una lesión.
Una mañana estaba terminando una serie de sentadillas cuando su teléfono comenzó a vibrar en las manos de su entrenador, que la estaba grabando.
El coach miró la pantalla.
—¿Juan HP?
Luisa ni siquiera dejó de entrenar. Hizo su última repetición y devolvió la barra a su sitio.
—Es el ex que te conté —dijo mientras tomaba la toalla y se secaba el sudor—. Notó la forma en que su entrenador la miraba y, en el fondo, disfrutó de aquella atención. —No me deja en paz —añadió—. Deja que suene; voy a hacer la otra de una.
Se acomodó nuevamente bajo la barra y comenzó a bajar el peso. La seguridad con la que controlaba cada movimiento dejaba claro que llevaba años entrenando.
Terminó la serie, respiró profundamente y devolvió la barra a su sitio.
El celular volvió a vibrar.
El entrenador miró la pantalla.
—Otra vez Juan HP. Creo que es urgente.
Luisa sonrió, le guiñó un ojo y tomó el celular.
Finalmente contestó.
—¿Aló?
La voz de Juan estalló al otro lado.
—¿Qué hiciste, Luisa?
Juan gritó tan fuerte que hasta el coach alcanzó a escucharlo.
—¿Qué te pasa? —respondió Luisa, todavía agitada por la serie y fingiendo molestia.
—Me han enviado fotos de nosotros. Fotos en las que nos estamos besando. Me están pidiendo dinero para no enviárselas a mi familia.
Luisa tuvo que contener la risa.
Sabía perfectamente que no se trataba solo de fotos de ellos besándose.
Guardó silencio durante unos segundos, haciendo un esfuerzo por mantener la seriedad antes de responder.
—Oye, ahora que lo mencionas, Juan... hace como un mes me hackearon la cuenta. Perdí todos mis contactos y mis fotos.
—¡Maldita sea, Luisa!...
—No es mi problema, Juan. Hoy en día hackean cuentas a cada rato.
Colgó.
En su oficina, X planeaba una interceptación.
Necesitaba saber qué se decía alrededor de Piraquive cuando nadie suponía que estaba siendo escuchado.
Para conseguirlo tendría que recurrir a uno de sus viejos contactos. Un hombre que trabajaba en el mismo edificio gubernamental donde el senador pasaba buena parte de sus días.
X tomó el teléfono y buscó un número que llevaba años sin marcar.
Hacía mucho tiempo que no hablaba con él.
Pero no pensaba pedirle un favor.
Tenía una propuesta difícil de rechazar.
Luisa llevaba varios días viviendo en casa de Sofía.
Después de terminar con Juan, Luisa había tenido que dejar el apartamento donde vivía. Juan se lo había arrendado y, durante toda la relación, se había encargado de pagar el arriendo. Cuando decidió volver con su esposa, también dejó de pagarlo.
Sofía le había ofrecido quedarse con ella mientras organizaba su vida. Luisa aceptó agradecida. En aquel momento necesitaba precisamente eso. Alguien que la apoyara y, sobre todo, le diera el valor necesario para superar a Juan.
Una noche, Sofía llegó a casa con una pequeña bolsa.
—Mira, Lu.
Sacó un celular nuevo y lo puso sobre la mesa.
—¿Lo compraste?
—Sí. ¿Y tú?
Luisa abrió su bolso y sacó una tarjeta con una SIM todavía dentro de su empaque.
—Aquí está.
Sofía la tomó y permaneció unos segundos mirándola.
—Todavía podemos olvidarnos de esto —dijo Luisa, sacando a Sofía de su trance.
Sofía volteó hacia ella.
—¿Tú quieres olvidarte?
Luisa dudó. La sonrisa desapareció de su rostro.
—No sé, Sofi... ¿Y si nos pillan?
Sofía volvió a mirar la SIM que tenía entre los dedos.
—Recuérdame de cuánto estamos hablando.
Luisa tomó el celular entre sus manos y miró la pantalla.
—Quinientos millones.
Sofía permaneció unos segundos en silencio.
Luego tomó la llave de la bandeja SIM y la introdujo en el pequeño orificio del teléfono.
La bandeja saltó.
Sofía la sacó con las uñas y la sostuvo frente a Luisa.
Luisa terminó de desprender la SIM de su empaque y le pasó la pequeña tarjeta, ya en el tamaño adecuado.
Sofía la acomodó en la bandeja.
Encajaba perfectamente.
La empujó de nuevo dentro del teléfono hasta escuchar el pequeño clic.
—Bueno, Lu. Estamos juntas en esto.
Encendieron el teléfono.
Crearon una cuenta nueva y reunieron en un espacio privado las fotografías, mensajes y videos que Luisa había conservado.
Durante varios minutos ninguna dijo demasiado.
Sofía observaba cómo aumentaba la cantidad de archivos.
Cuando terminaron, Luisa dejó el celular sobre la mesa.
—¿Y ahora?
Sofía contempló la pantalla encendida. Frente a ella estaba la carpeta que acababan de preparar con todo el material.
—Tú ya hiciste tu parte. Ahora déjamelo a mí, Lu.
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